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Destino de una vocación... y yo (X)

Paulina Lavista

Llegado el día de la grabación, mi padre, desvelado, acompañado del señor Contreras, salía temprano hacia los estudios de grabación con batuta, cronógrafo, partitura y partichelas en mano

Continúo con los apuntes biográficos sobre mi padre, el compositor especialista en música de cine, Raúl Lavista, a 40 años de su partida al viaje sin retorno ocurrido el 19 de octubre de 1980.

Para mi padre, según sus declaraciones en entrevistas, “la música para cine no debe notarse particularmente, debe fluir acorde al argumento, tono, narración y atmósfera de la película”.

¿Cómo se hacía la música para cine?

Una vez grabados los play-back, el compositor de la denominada música de fondo o acompañamiento esperaba a que la película fuera completamente terminada en su corte final con diálogos, entonces citaba el director al editor sincrónico y al compositor para determinar en dónde era necesaria la música. El editor sincrónico iba marcando las indicaciones y entregaba, junto con un break-down (o sea un guión desglosado de la película), una cosa que llamaban LAS MEDIDAS; entonces, cuando llegaban, Raúl Lavista avisaba a la familia y amigos: “¡¡Estoy en capilla!! ,ya llegaron las ¡MEDIDAS! tengo una película encima, Helen, háblale al señor Contreras (su copista) que venga a partir de mañana”, y así empezaba toda una gran revolución.

Generalmente, los productores le daban cerca de tres semanas para componer la música y fecha para la grabación. Había que apurarse.

Se empezaba por ayudar a mi papá a hacer los “formattos” en el papel pautado, donde se escribirá la música, del lado izquierdo se escriben las claves (sol o re) y se apunta los instrumentos: violines, violas, cellos, fagot, clarinete, salterio, trombones, trompetas, timbales, etc. Había que hacer muchas páginas y era tedioso. Mi padre ponía un ejemplo del acomodo y orden de los instrumento que había escogido y el copista, mi madre y yo, a veces, hacíamos muchas páginas del “formattos”, mientras que mi padre salía al jardín a caminar en silencio para pensar.

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Tenía mi papá unas libretas grandes empastadas donde apuntaba el título de la película y copiaba las medidas. Toma I, María y Pedro se besan, duración… 8”; toma XI, Pedro cabalga y lo persiguen…1´.30”.

Es decir que la música, nota a nota, la escribía con un cronógrafo, y cada parte era a veces de 10 segundos, otras de un minuto. Tenía que imaginar cada fragmento de música para determinada situación que había que sincronizar con la escena.

Durante dos semanas, día y noche, sentado frente a su piano y su escritorio, se escuchaban salir de su estudio los intervalos musicales característicos del compositor. Al fondo de su estudio, el señor Contreras iba copiando de la partitura original que escribía Raúl las “partichelas” para cada instrumento. Antes de que aparecieran las copiadoras Xerox (ca.1970), lo más latoso para el copista era copiar la música de los 16 violines que tocan al unísono. Cuando se acercaba el día de la grabación, mi papá estaba agotado, sin embargo se tomaba el tiempo para hablar con Venus Rey, el líder de los filarmónicos, para pedirle y a veces exigirle ciertos instrumentistas como el mtro. Luyando, un gran timbalista, o Gildardo Mojica como flautista o a Luisa Durón para el clavecín, esto para garantizar una buena interpretación de su música. Llegado el día de la grabación, mi padre, desvelado, acompañado del señor Contreras, salía temprano hacia los estudios de grabación con batuta, cronógrafo, partitura y partichelas en mano, como un soldado, para dirigir y grabar su música durante ocho horas. ¡Misión cumplida, mi general! (Continuará)

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