Tres discursos ante la incertidumbre del Covid-19

Paul Mil Hernández

Incertidumbre es la palabra adecuada que describe el ánimo social en los tiempos que corren. Cuando existe incertidumbre, existe un caldo de cultivo para la aparición de discursos. Aunque los problemas públicos tienen voceros autorizados, la imprecisión, las contradicciones y la soberbia van minando la credibilidad. El espacio narrativo que desperdician las autoridades lo ocupan otros agentes, sean las creencias sociales, los adversarios políticos u expertos con mayor tino en sus análisis. 

    La urgencia de respuestas preventivas o paliativas ante el Covid-19 desató todo tipo de recomendaciones, algunas visiblemente perniciosas para la salud, otras simplemente polémicas y sospechosas desde la perspectiva científica. Las nanopartículas de cítricos de la Secretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero pueden inscribirse en esta segunda categoría. Asimismo, otro nivel discursivo se relaciona con la pregunta: ¿a quién escuchamos? Y no es una pregunta gratuita. Para ejercer el liderazgo frente a una pandemia de esta magnitud, el respaldo popular –o la fuerza moral- nunca suplirán la suficiencia técnica. 

    El foro “Integración Social y Económica de América Latina en el marco del Covid-19”, organizado en junio por la Universidad de Panamá, convocó a 16 personalidades de América y España, como José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente español y Eduardo Flores Castro, Rector de la Universidad de Panamá. Allí, Harriet Turner, representante de la Federación Mundial de Clubes, Centros y Asociaciones Unesco señaló: “Hoy tenemos una opción, que he probado; es un tratamiento preventivo con base en inductores de células madre. Es de mucha ayuda en la prevención del Covid-19. En mi organización apoyamos al creador de la patente”.

    Al respecto, cuestioné a Harriet Turner.  

    La Organización Panamericana de la Salud señala en un informe que “estas terapias con fines terapéuticos se encuentran en su mayoría en fase experimental, y son pocas las que han sido aprobadas para su uso clínico, debido entre otras cosas a la falta de evidencia suficiente acerca de su seguridad y eficacia”. En América, dice el organismo, proliferan terapias basadas en la manipulación de células, en centros creados en lugares con poca regulación, y, en muchos casos, no solo no aportan ningún valor al sistema de salud, sino que conllevan riesgos clínicos a los pacientes que los reciben. ¿No te parece que la difusión de estas terapias es irresponsable, en tanto genera expectativas erróneas dentro de la población?

    Coincido en que todos debemos ser responsables en las declaraciones que realizamos, particularmente quienes ejercemos la representación de instituciones públicas o privadas. La información falsa o imprecisa es tanto o más peligrosa que muchas enfermedades; debido a ellas, las personas pueden adoptar conductas que atentan contra su integridad. En eso coincido plenamente. Sin embargo, también creo que la emergencia impuesta por el Covid-19 nos obligó a buscar alternativas, a no permanecer inmóviles esperando que alguien más resolviera el problema. Diversas instituciones a nivel mundial emprendieron experimentos, profilácticos y paliativos, con mayor o menor éxito, con más o menos rigor.

    Nosotros hemos apostado por un proyecto mexicano de carácter preventivo. El tratamiento está regulado y patentado. Nosotros no lo creamos; cubrimos el costo del tratamiento para quienes deciden tomarlo. Por supuesto que apostamos por él porque creemos en él. Me atrevo a recomendar un tratamiento que yo misma tomé. Desde mi experiencia, y a juzgar por el testimonio de quienes lo han tomado, los resultados han sido bastante positivos hasta el momento.  

    Ahora bien, y esto debe quedar muy claro, en ningún momento animamos a la población a relajar las medidas básicas de prevención: lavado de manos, distanciamiento social y uso de mascarilla. Ningún tratamiento es más trascendente ahora que la prevención. Aun cuando el mundo tenga lista una vacuna contra el Covid-19, en primera instancia las dosis serán insuficientes para llegar a toda la población. Estamos en la antesala de negociaciones y tensiones muy fuertes a nivel internacional, debido a que los gobiernos lucharán por hacerse de las primeras vacunas. ¿A quiénes llegarán primero? Seguramente a los países más poderosos. Pero incluso ahí, los gobiernos deberán decidir qué sectores poblacionales tendrán prioridad. ¿Serán los adultos mayores? ¿Las personas en condiciones de pobreza? El tema es más difícil de lo que parece. Por ello, nuestra mejor alternativa es la prevención: distanciamiento, mascarilla e higiene.    

    Salvo ejemplares excepciones, los gobiernos del mundo han entregado resultados pobres en el manejo de la pandemia. En América, Estados Unidos, Brasil y México destacan no sólo por las elevadas cifras de muertes y contagios, sino por la tendencia de sus mandatarios a subestimar la enfermedad. ¿Consideras que las organizaciones civiles deberían suplir ese vacío de liderazgo? ¿Los ciudadanos deberíamos escucharlos más a ustedes y menos a las autoridades?

    Esa idea puede resultar muy seductora para algunos líderes civiles, ¿no es así? Pero existen por lo menos dos razones para responderte que no. La primera razón es de carácter político-legal. Quien recibió el mandato democrático por parte de la sociedad para ejercer el poder es el gobierno. El gobierno es el encargado de diseñar e instrumentar las políticas públicas en todos los rubros, incluido el de la salud. Y la segunda razón es de carácter financiero. El gobierno recauda y administra el fruto de la cooperación social: los impuestos. Ninguna organización civil tiene la capacidad económica que tiene el gobierno. Nosotros nos limitamos a escuchar propuestas de la sociedad y de los gobiernos, y colaboramos en lo que podemos.  Los ciudadanos se acercan a nosotros solicitando ayuda, y son libres de hacerlo. Tratamos de ayudar hasta donde nos es posible, pero esta actividad es voluntaria, altruista, no producto de ningún mandato político-legal.

    Existe un tercer nivel discursivo que me gustaría abordar, y es sobre el fracaso o éxito de la cultura. Si por el lado de los gobiernos la gestión ha sido penosa, por parte de los ciudadanos la conducta no ha sido mejor. En Japón, Corea del Sur, pero especialmente en Taiwán, donde hubo resultados formidables, a la prolijidad del gobierno se sumó la diligencia de la población. Las mascarillas son de uso generalizado, parece existir mayor consciencia colectiva. ¿Tenemos en occidente una cultura más egoísta, incluso menos limpia, que termina por condenarnos?  

    Vería muy injusto condenar a la cultura y lanzarla a la hoguera sin mayor consideración. La cultura occidental, especialmente la cultura mexicana, tiene tantas manifestaciones ricas, benignas, de las cuales nos sentimos orgullosos. Tal vez la pregunta sería: ¿qué rasgos del discurso cultural necesitamos modificar? La respuesta a ello nos permitirá enfocarnos en el aspecto concreto que debe ser cambiado, respetando el frondoso bosque que significa la cultura.

    ¿Realmente nuestra cultura es egoísta, poco solidaria? Cuando observamos la movilización ciudadana en el contexto de los sismos de 1985 y 2017, por mencionar solo dos casos, el egoísmo no parece ser el concepto más preciso para describirnos. Es verdad, las concentraciones multitudinarias fueron clave en la propagación del Covid-19. Pero, ¿qué tipo de concentraciones fueron esas? Padres que celebraron los quince años de una hija; hijos que llevaron comida, regalos y serenata a sus madres el 10 de mayo. Nuestra cultura nos dicta que el amor y la solidaridad no se expresan distanciándonos, perdiendo contacto, sino visitando, abrazando, conviviendo. 

    El Covid-19 nos impuso una lógica que contradice lo que entendemos como amor y consideración. “Si amas, aléjate”, así podríamos sintetizarlo. Y eso es algo que no se aprende de un día para otro. Son medidas que debemos integrar a nuestra cultura. Así la fortalecemos. Para ello es necesario el ejemplo de los líderes civiles y políticos, de los padres de familia, de los adultos hacia los niños. Es una pedagogía del autocuidado que primero debemos aprender, interiorizar, para luego enseñarla. Estoy convencida de que, a la adaptación biológica sumaremos la adaptación cultural. La clave está en no desesperarnos. Juntos saldremos adelante.

 

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