En esta era de la posverdad, en la que cada quien elige el fragmento de realidad que quiere ver y creer, es probable que solo hayas visto destrozos y pintas en las marchas por el Día Internacional de la Mujer.

Más allá de lo que el algoritmo lleve a tu pantalla, si revisas detenidamente lo que pasa en las calles o conversas con quienes acudimos a marchar, descubrirás que la enorme mayoría de quienes nos manifestamos lo hacemos de forma pacífica. Lo que predomina es el amor, la solidaridad, la indignación compartida y la empatía profunda. Por eso acuden niñas, abuelas, mujeres con discapacidad y hasta bebés, porque es una marcha donde nos cuidamos y abrazamos unas a otras.

La atención mediática suele concentrarse en las expresiones violentas. Pocos destacan que se trata de una minoría; casi nadie cuestiona si se trata de grupos infiltrados para desvirtuar al movimiento de las mujeres. Casi siempre logran su objetivo: millones de personas asocian al 8M con vandalismo y dejan de ver lo profundo y urgente detrás de la protesta de tantas.

Propongo poner por unos instantes el foco en lo que motiva esas movilizaciones. Según la ONU, 840 millones de mujeres han sufrido violencia física o sexual. Estamos hablando de una de cada tres a nivel mundial. Las más de las veces la agresión proviene del esposo o compañero, pero hay más de 260 millones de mujeres víctimas de violencia sexual fuera de la pareja.

Marchamos porque la enorme mayoría de esos agresores son cobijados por la impunidad. Y es que el acceso a la justicia es muy desigual. De acuerdo a ONU Mujeres, los costos legales, el cuidado de hijos o la falta de ingresos deja fuera del sistema judicial a muchas víctimas.

Lamentablemente los avances para reducir este problema han sido mínimos. Y es que los esfuerzos han sido mínimos también. De toda la ayuda internacional para el desarrollo en 2022, solamente el 0.2 % se destinó a programas para prevenir la violencia contra las mujeres.

De hecho, factores como el cambio climático y los conflictos bélicos han acentuado los retos en muchas latitudes. Las mujeres, por ejemplo, representan al 80 por ciento de las personas desplazadas por el clima. En contextos de crisis humanitarias por razones bélicas, quedan aun más expuestas a agresiones sexuales y de todo tipo.

En México el panorama es desolador. La cantidad de feminicidios excede por mucho el promedio global. Detrás de las cifras hay nombres, historias y familias.

Este 8 de marzo llega con el duelo de los estudiantes morelenses por el asesinato de dos de sus compañeras. Kimberly Joselín Ramos y Karol Toledo tenían solo 18 años. Sus casos son la dolorosa muestra de que no solo en el régimen talibán estudiar te puede costar la vida.

Marchamos por cada mujer asesinada, violentada o desaparecida; alzamos la voz por aquellas que han sido silenciadas. Aun con todo ese dolor a cuestas, la movilización es mayoritariamente pacífica.

Caminamos juntas, nos abrazamos, compartimos motivos y nos aliamos. La mayoría no golpeamos ni destruimos. Por eso justamente no nos ves. Las cámaras solo captan y difunden lo que cada medio decide que veas. Ojalá que este año elijas ver a los millones de mujeres que no creemos que la violencia se puede erradicar con más violencia. Ojalá que esto cambie tu percepción del movimiento; que esta vez ni el algoritmo ni nada nos aleje. Ojalá que te conviertas en un aliado de todas.

@PaolaRojas

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