La adolescencia es una etapa de vida que no es homogénea biológicamente, en realidad el rango de edad (amplio y no determinante), es el único referente que permite identificarla e incluso definirla, sus expresiones están estrechamente relacionadas con el contexto emocional, social, económico y cultural en que haya transcurrido la infancia, así como el grado de igualdad, desigualdad, inclusión, exclusión, respeto y violencia que haya estado presente desde el nacimiento.

Como bien lo han apuntado diversos especialistas, la adolescencia está condicionada a los modelos de interacción familiar y a la asimilación de costumbres, principios y valores socioculturales; sin embargo, no es todo ni lo más importante, ya que, en términos psicoemocionales, está determinada por el vínculo, mismo que posibilita la construcción de la identidad personal.

El vínculo afectivo seguro es esencial para la salud psicoemocional, es el escudo o espacio de protección que permite, entre otros aspectos, reducir el estrés, la ansiedad y la depresión. Proporciona seguridad emocional, fortalece la autoestima, fomenta la resiliencia y brinda herramientas desde edades tempranas para gestionar mejor los problemas y retos inherentes a la vida.

A pesar de que la adolescencia forma parte natural del ciclo de vida, ha sido sumamente estigmatizada, considerándola como una fase de desobediencia, poca comunicación, escaso control de impulsos, etc., sin tomar en cuenta que es en esta etapa donde se resignifican las experiencias de la niñez. La manera en que cada adolescente vive y gestiona su adolescencia no es casualidad ni es producto de la reacción espontánea, sino que es la continuidad de lo que ha vivido, de las experiencias, emociones, sentimientos y sensaciones que le han acompañado durante su existencia.

Refiero lo anterior, porque en los últimos tiempos en casi todo el mundo y cada vez con mayor frecuencia, se han suscitado acontecimientos violentos en el ámbito escolar por parte de adolescentes, quienes han sido protagonistas de asesinatos con armas de fuego, cuyas víctimas son sus compañeras, compañeros y/o maestros y maestras. En este escenario, las preguntas obligadas son: ¿dónde está su madre y su padre?, ¿dónde está su familia?, ¿qué pasó en la vida de ese adolescente para que cometiera tales actos?

Resulta inobjetable que la familia y sus formas de educar resultan fundamentales en la construcción de la identidad personal y social de las y los adolescentes, es decir en la manera que ven, entienden y se relacionan con su entorno. A partir de la educación familiar es que toman su lugar en el mundo, se forman expectativas de las personas que les rodean y asimilan lo que las éstas esperan de ellas y ellos.

La familia es el primer grupo social de referencia, es ese espacio donde en primera instancia se deberían generar y satisfacer las necesidades de afecto, reconocimiento y aceptación.

La familia es una institución compleja y dinámica, que es impactada por la sociedad. Una sociedad que surgió de la propia familia. Y aunque por momentos pareciera que el binomio familia-sociedad nos conduce a un callejón sin salida, la realidad es que tenemos la obligación personal y social de repensarla. Las niñas, niños y adolescentes solo pueden asumir las consecuencias de su conducta y actos a partir de lo que sus padres les dijeron y modelaron con el ejemplo. Repensar a la familia es una tarea impostergable.

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