Entre Rousseau y Maquiavelo

Paola Félix Díaz

A las y los mexicanos. El hombre es un animal político por naturaleza, concluyeron los clásicos al analizar el surgimiento y desarrollo de la sociedad, del poder público, de la política y de la democracia. Generar el bien al ciudadano, la realización del ser humano frente a sus semejantes y el actuar moral y ético de los políticos, debe ser el objetivo común.

La situación actual en México obliga a repensar a los clásicos para entender el papel de la ciudadanía, su contexto actual y las responsabilidades públicas y privadas que le son inherentes. Este ejercicio es obligado, no sólo para tener presentes las razones del surgimiento del Estado y sus instituciones, sino también para resignificar la relación de éste con la sociedad, reencauzar el rumbo de los gobiernos para el bien de los gobernados, así como reflexionar sobre el papel de la ciudadanía en los asuntos públicos.

La revisión constante de la teoría constitucional y política abre la posibilidad de mejores prácticas que permitan regular adecuadamente la vida en sociedad y, desde luego, de posibilitar que la propia sociedad se exprese y participe de la construcción de dichas prácticas, para dar paso a la gobernabilidad democrática como producto de los grandes consensos nacionales, en torno a sus legítimos intereses.

El pensamiento clásico es, en muchos sentidos, el pilar de nuestros ideales en tanto que nos concebimos como hombres y mujeres libres que, viven en un sistema democrático y bajo un sistema jurídico que impone límites a la barbarie. Sustraernos de ello, puede ser nuestro error o, peor aún: nuestra condena.

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ILUSTRACIÓN: ARMANDO ROMERO

Refiero lo anterior porque en fechas recientes, las y los mexicanos hemos sido testigos de cómo el encono prevalece en el ámbito político; cómo la diatriba ocupa el espacio en las redes sociales y los medios de comunicación; pero, sobre todo, vemos, escuchamos y sabemos que la injuria, la mentira e, incluso el odio disfrazado de heroicidad, se dirigen impunemente hacia quien ejerce legítimamente el poder público, sustentado en el ejercicio democrático del voto popular.

En su obra el filósofo y diplomático italiano, Nicolás Maquiavelo, desnudó la esencia del hombre e identificó su egoísmo y perversidad; su desmemoria por encima de los intereses fundamentales y, la búsqueda del poder por el poder mismo. Inmortalizó la frase “el fin justifica los medios”, la cual ha sido utilizada para disfrazar la ruindad.

Las premisas esgrimidas por el político italiano, en el ideario de muchos están más vigentes que nunca. No es casual la vileza que se percibe en quienes buscan recuperar el poder a cualquier costo. Tales conductas, mayoritariamente provienen de quienes se asumen como desplazados y afectados, cuando la única realidad es que sólo les arrebataron los privilegios y canonjías, cuyo origen era el recurso público y los negocios al margen de la ley. Ellos no reparan en el daño que causan a la sociedad cuando convierten la divergencia en amenaza y cuando con verdades a medias o mentiras completas dividen a la sociedad.

Nuestro país vive hoy bajo el asedio de ese comportamiento maquiavélico donde algunos actores políticos crean conjuras contra el poder institucional y presuntas manifestaciones nacionales de descontento. Se habla de insensibilidad o incapacidad, aunque en realidad se intenta ocultar el deseo de socavar a la democracia y la voluntad popular expresada en las urnas, con el fin de recuperar el poder.

Del pensamiento clásico también aprendemos de Rousseau, quien tenía la convicción de que el hombre debiera no necesitar engañar a nadie. El filósofo y político francés abogaba en sus postulados por la transformación de la sociedad, para evitar que el ser humano se vea obligado a hacer lo que no desea y, pueda hacer lo adecuado para lograr su felicidad individual y la de los demás.

Maquiavelo o Rousseau, ésa es la cuestión permanente en la que están implicados los políticos, gobernantes y líderes sociales, al igual que los grupos que componen ese gran mosaico de expresiones sociales, políticas y culturales que es México. No obstante, la ciudadanía no tendría que vivir ese dilema como propio, ya que, en su noción más amplia, el pueblo no es partícipe de los abusos del poder, sino víctima de éstos; de ahí que está llamado a asumir un verdadero liderazgo y no ceder la fuerza de su voz a los megáfonos de otros.

Es esencial transformar la crítica destructiva y sin fundamento en un consenso para el bien común; de comenzar a cimentar esa gran estructura de transformación que nos debemos como nación y como sociedad. Una transformación que debe ser gestada por cada ciudadana y ciudadano; por una sociedad comunicada, reflexiva y participativa, que no por los politiquillos desesperados; no por los intereses fácticos, no por los bots y no por los intereses electorales.

Entre la dominación como fin y el contrato social como camino para la justicia, está la sociedad con todo su peso; y es a la sociedad a quien finalmente les corresponde asumir cuál es su compromiso y responsabilidad de cara a su presente y a su destino.
 

Titular del Fondo Mixto de Promoción Turística de la CDMX; activista social  y exdiputada federal. @LaraPaola1
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