¿Negacionismo de facto?

Pablo Ramírez

Recientemente, en México hemos sido testigos de decisiones políticas en materia energética que resultan cuestionables, en medio de un contexto en el que la crisis climática es reconocida en todo el mundo como la amenaza más grande a la especie humana y en el que se reconoce la imperante necesidad de actuar al respecto1, anunciar el incremento del uso de carbón para generar electricidad podría considerarse un negacionismo climático de facto.

Y es que no puede entenderse de otra manera la regresión que el sector energético de nuestro país está experimentando, que traen de vuelta discusiones tan viejas y superadas como el mismo combustóleo y carbón que presentan como solución. Las razones ideológicas no bastan, el Estado sería perfectamente capaz de desarrollar un modelo energético basado en renovables, los recursos están, CFE Renovable existe, es cuestión de voluntad.

Que si las energías renovables no son confiables, que si son caras, que si necesitan un respaldo fósil enorme, todas esos cuestionamientos se han ido derrumbando poco a poco desde hace décadas, no es casualidad que países como la India, con una demanda energética enorme pero una situación económica no mejor que la nacional, tiene planes para generar 172 GW (la generación eléctrica total de México es aproximadamente 70 GW) de electricidad, donde claramente no están pensando respaldar cada uno de los watts generados ni con gas ni con carbón, para el año 2022. Tampoco es casualidad que las grandes compañías fósiles estén viendo su futuro en las fuentes renovables.

Esto es sumamente relevante, la transición energética se podrá retrasar, pero no la para nadie, lo que se tendría que estar discutiendo es quién se beneficiará de este nuevo modelo energético, lo que tendríamos que estar previniendo es que las energías renovables sean cooptadas por las mismas compañías que han construido el modelo fósil que es sumamente excluyente y depredador.

Por otro lado, las autoridades nos dicen que México usa muy poquito carbón, como si eso fuera un problema.

La quema de carbón es el factor antropogénico que más contribuye al cambio climático. Casi la mitad de las emisiones de gases efecto invernadero (GEI) son originadas por el uso energético del carbón (IEA, 2019), y que si bien en México, el carbón contribuye solamente con el 10% del total de electricidad generada, representa una cuarta parte de las emisiones de GEI del sistema eléctrico de acuerdo al PRODESEN 20192. Por otro lado, es responsable de una enorme cantidad de emisiones de dióxido de azufre que ponen a nuestro país en el cuarto lugar mundial y con tres de los puntos críticos de emisiones en el mundo: el yacimiento petrolero Cantarell, la central carbonífera de Petacalco y la termoeléctrica de Tula3. No es un problema menor.

Cabe recordar que México tiene compromisos internacionales y en las leyes nacionales para disminuir sus emisiones de gases efecto invernadero en 22% para el 2030 y particularmente 51% de carbono negro para el mismo año, metas que resultarán imposibles de cumplir de continuar con este modelo altamente contaminante.

La reciente pandemia ha puesto en evidencia la necesidad de proteger la salud de las personas y los ecosistemas, ya que su origen tiene que ver con su acelerada degradación de los mismos, producto de una interacción equivocada entre los seres humanos y su medio ambiente. Quemar carbón para alimentar un modelo voraz de consumo de energía es la estrategia equivocada.


Pablo Ramírez es especialista en Energía y cambio climático en Greenpeace México
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