La aviación global se encuentra en una encrucijada existencial. Con la meta de alcanzar las "emisiones netas cero" para 2050, el Combustible Sostenible de Aviación (SAF, por sus siglas en inglés) ha pasado de ser una promesa de laboratorio a una "licencia para operar". Sin embargo, mientras Europa y Estados Unidos avanzan con mandatos estrictos e incentivos fiscales, América Latina parece estar atrapada en la sala de espera, mirando de reojo una oportunidad de miles de millones de dólares que corre el riesgo de esfumarse entre la burocracia y la falta de visión estratégica.

Nuestra región es, sobre el papel, una cantera natural del SAF. Poseemos una abundancia inigualable de biomasa, residuos agrícolas y un potencial de energía solar y eólica. Según datos de la IATA (Asociación de Transporte Aéreo Internacional), en 2025 la producción mundial de SAF alcanzó apenas 1.9 millones de toneladas, cubriendo apenas el 0.6% del consumo global. Para 2026, se estima un crecimiento modesto hacia las 2.4 millones de toneladas.

Aquí reside nuestra gran oportunidad: América Latina podría suministrar una parte sustancial de ese déficit. Brasil ya lleva la delantera con su ley de "Combustibles del Futuro" y proyectos de que buscan pasar de vuelos experimentales a suministros comerciales masivos. Sin embargo, en nuestro país, el panorama es agridulce, mientras que el sector aéreo contribuye con el 1.9% del PIB nacional, la infraestructura para producir SAF a escala industrial sigue siendo un espejismo.

El mayor obstáculo no es tecnológico, sino económico y regulatorio. El SAF es hoy entre 2 y 7 veces más caro que la turbosina fósil. Sin mecanismos de incentivos o mercados de carbono robustos, pedirle a las aerolíneas locales —que ya operan con márgenes estrechos— que asuman este sobrecosto es condenarlas a la falta de competitividad. Si no desarrollamos políticas públicas que incentiven no solo la producción, sino también el consumo interno y la logística de distribución, seremos meros espectadores de una industria que se descarboniza.

Hablemos de dinero, que es el lenguaje que acelera las transiciones. La firma de consultoría estratégica McKinsey & Company estima que el mercado global de SAF requerirá inversiones de entre $300,000 y $500,000 millones de dólares hacia 2050 para alcanzar las metas de emisiones netas cero. Para América Latina, la oportunidad de mercado no es solo la venta del combustible, sino la exportación de "créditos de carbono" y la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED). Si México lograra capturar apenas el 5% de la producción global proyectada para 2030, estaríamos hablando de una inyección económica superior a los $4,000 millones de dólares anuales en exportaciones de alto valor agregado. Es, literalmente, convertir biomasa en divisas.

El error más grave que podrían cometer los tomadores de decisiones en México es asumir que el mercado vendrá a nosotros por inercia; la falta de una normativa clara que defina qué se considera "SAF certificado" bajo los estándares CORSIA (Plan de compensación y reducción de carbono para la aviación internacional) mantiene a los inversionistas en la sombra. El vuelo hacia la sostenibilidad ya despegó; la pregunta es si México y la región seremos los pilotos de esta nueva economía o simplemente el combustible que otros usarán para llegar a su destino.

La ventana de oportunidad para que México lidere el mercado de SAF en América Latina tiene fecha de caducidad. Mientras los capitales globales migran hacia regiones con certidumbre técnica y marcos regulatorios audaces, nosotros seguimos en la pista de rodaje. La adopción acelerada de tecnologías como HEFA —que capitaliza la economía circular de residuos urbanos— o la ruta AtJ (Alcohol-to-Jet) —que transformaría nuestra histórica industria del etanol y agave en un motor de queroseno sintético— no es solo un capricho ambiental, es una urgencia de soberanía económica. Si no dejamos de ser exportadores de biomasa barata para convertirnos en productores de energía de alto valor, estaremos condenados a importar el futuro que pudimos haber refinado en casa. Es momento de decidir: ¿seremos los arquitectos del combustible sostenible del siglo XXI o dejaremos pasa la oportunidad?

@pablonecoechea

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