En un mundo donde la inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta omnipresente, el rol del docente universitario se está viendo severemante impactado. Durante siglos, el prestigio de nuestras universidades descansó en la capacidad de sus maestros para ser custodios y transmisores de información. El profesor era la fuente; el alumno, el recipiente. Hoy, esa arquitectura del conocimiento ha colapsado. En tiempos donde cualquier estudiante tiene en su bolsillo una inteligencia capaz de explicar e informarlo de todo, el rol del docente transmisor de conocimiento está en entredicho. Plataformas o herramientas basadas en IA pueden proporcionar información instantánea, resolver ecuaciones complejas o incluso generar ensayos completos. Quizá no estemos presenciando la desaparición de la figura del docente universitario, pero sin duda sí asistimos a su necesaria transformación. Maestros y maestras universitarios necesitan volver a su primer amor. A la escencia, al origen, a las raíces del quehacer educativo. Necesitan volver a Sócrates y reencontrarse con la función de mentoría en el aula de clases.

Sócrates, a diferencia de otros pensadores de su época, no escribió tratados ni fundó escuelas formales; su legado se preservó a través de los diálogos de su discípulo Platón. Era un hombre que vivía a contracorriente de la sociedad ateniense de su época, que cuestionaba las creencias establecidas para estimular el autodescubrimiento. Su método de trabajo, conocido como “maiéutica” o “arte de parir ideas”, se basaba en el diálogo interrogativo. Sócrates no impartía lecciones magistrales; formulaba preguntas incisivas para guiar a sus interlocutores hacia la verdad por sí mismos. Comenzaba asumiendo ignorancia (“solo sé que no sé nada”) y, mediante una serie de interrogantes lógicos, exponía contradicciones en las opiniones ajenas, fomentando la reflexión profunda. Afirmaba que un esclavo aún sin educación podría “recordar” verdades matemáticas a través de preguntas guiadas, porque estaba convencido que el conocimiento reside en el interior de cada persona y solo necesita ser extraído.

¿Por qué el método socrático debe caracterizar el rol de los docentes en la era de la IA? Simple y sencillamente porque la IA es un repositorio de datos, pero carece de juicio humano. Puede generar respuestas rápidas, pero no distingue matices éticos ni promueve el pensamiento autónomo. En el nuevo contexto digital, donde la información en las plataformas abunda y está al alcance de todos, y donde la desinformación prolifera, el alumnado requiere docentes que les guíen y les auxilien en la selección y evaluación de fuentes relevantes y a hacer las preguntas correctas: ¿Es esto verídico? ¿Cuáles son las implicaciones éticas? ¿Qué evidencia lo respalda?, etc. Los docentes necesitan transformar el aula en un espacio de diálogo activo, donde la IA se use como herramienta, no como sustituto. Por eso su rol ahora es mucho más

exigente y, a la vez, más humano. Ya no basta con calificar una respuesta correcta; ahora se debe evaluar la calidad del proceso mental del alumno. El maestro debe ser quien desafíe la respuesta de la IA, quien siembre la duda metódica y quien enseñe al estudiante a no ser un espectador pasivo de la tecnología. Además, el método socrático contrarresta la erosión de la IA al razonamiento lógico, al priorizar preguntas sobre respuestas. Más que memorizar fechas históricas (tarea que la IA hace en segundos), el docente debe preguntar: “¿Por qué ocurrió esta revolución? ¿Qué lecciones éticas nos deja para hoy?”. Asimismo, los docentes deben ser la brújula moral del alumnado, frente al contenido manipulador o sesgado. A la idea de Sócrates, deben guiar a los jóvenes a navegar dilemas como la privacidad en redes sociales o el uso ético de la IA.

En definitiva, la emergencia de la IA está redefiniendo la docencia universitaria. Reemplazará a los maestros que se limiten a repetir libros de texto, pero hará más indispensables a los que resuciten a Sócrates en las aulas promoviendo la curiosidad, el cuestionamiento y la generación del conocimiento de una manera activa y participativa. Poner de moda a este antiguo filósofo no solo es necesario, sino vital para fortalecer un aprendizaje que valore el pensamiento crítico, el diálogo y la reflexión por encima de la simple acumulación de datos. Resucitarlo puede ser el antídoto perfecto para una educación que se arriesga a volverse predecible y obsoleta.

Comentarios