En las universidades hemos sido testigos de un cambio radical en las aulas desde la llegada de ChatGPT. Recuerdo la primera ocasión que un un estudiante me mostró un trabajo que había realizado con la ayuda de ese software gratuito. Me sorprendió la calidad del contenido y la forma en que la IA había ayudado a estructurar el texto. Fue en ese momento que entendí, como la mayoría de colegas, que la educación estaba a punto de cambiar para siempre. La primera reacción de las Universidades frente a esta nueva realidad fue el repliegue: prohibir, bloquear, sospechar. Sin embargo, en medio del ruido, surgió la voz de Ethan Mollick, profesor de Wharton y autor del ya imprescindible libro "Co-Intelligence: Living and Working with AI" (2024), quien propuso una visión que ha transformado el paradigma de la educación superior: la Inteligencia Artificial no es un buscador de Google mejorado, ni una calculadora de palabras; es, en esencia, un asistente digital. El debate ya no es sobre cómo "domar" la herramienta a través de comandos o prompts mágicos, sino que el desafío es mucho más profundo: no estamos aprendiendo a dar órdenes a una máquina; estamos aprendiendo a delegar y colaborar con una entidad no humana.

Mollick afirma que en el pasado, la educación se centraba en enseñar a los estudiantes a interactuar con la tecnología a través de comandos y códigos. Sin embargo, con el avance de la IA, esta forma de aprendizaje se ha vuelto obsoleta. En su lugar, estamos entrando en una era de "co-inteligencia", donde la colaboración entre humanos y máquinas es la clave para el éxito: una relación simbiótica donde la IA no es un martillo que golpea un clavo, sino un "pasante brillante pero propenso a errores" que se sienta a nuestra mesa. Mollick, describe la IA como un "pasante" que puede realizar tareas complejas y ayudarnos a mejorar nuestra productividad. Imaginemos a un pasante extremadamente culto, que ha leído toda la biblioteca de la universidad, que trabaja 24 horas al día y que nunca se cansa. Pero es, también, un pasante que no tiene sentido común, que a veces inventa datos para complacernos y que no entiende las consecuencias éticas de lo que escribe. ¿Qué haríamos en una empresa con un pasante así? No lo despediríamos, porque su potencial es infinito, pero tampoco le daríamos las llaves del negocio sin supervisión. Lo guiaríamos. Si la IA puede hacer el trabajo de un estudiante de segundo año, nuestra obligación es convertir a ese estudiante en alguien que sepa dirigir, corregir y dar propósito a la máquina. La educación ya no trata de acumular saber, sino de aprender a orquestar inteligencias.

La universidad no puede ser un espectador de esta revolución. Esto significa que el valor ya no reside en saber qué botones apretar, sino en saber qué dirección tomar. La educación debe transitar de la instrucción técnica a la formación de una capacidad crítica de delegación. La educación debe enfocarse en enseñar a los estudiantes a colaborar con la IA. Los estudiantes necesitan desarrollar habilidades como la creatividad, la crítica y la resolución de problemas para trabajar con la IA: reconocer que la IA es excelente en tareas complejas (redactar un ensayo, analizar datos) pero puede fallar en lógicas simples, por lo que el estudiante debe aprender a identificar dónde termina la competencia de la máquina y dónde empieza la suya. La universidad debe rediseñar currículos hacia la resolución de problemas reales. Fomentar una ética de la responsabilidad ("Tú eres el dueño del resultado final, no el algoritmo"). La IA es excelente generando, pero el humano debe ser el responsable ético. Delegar no es abdicar.

Mas allá de la propensión al plagio, la principal preocupación es la atrofia cognitiva. Si delegamos el pensamiento crítico, la escritura creativa y el análisis profundo de forma indiscriminada, corremos el riesgo de convertir a nuestros estudiantes en meros "supervisores de procesos". El desafío del siglo XXI no es aprender a usar la tecnología, sino aprender a no dejar de ser humanos mientras la usamos. Si la IA tiene todas las respuestas, nuestra misión como Universidad es más urgente que nunca: enseñar a hacer las preguntas correctas. El desafío es diseñar lo que los expertos llaman "dificultades deseables". Debemos integrar la IA en el aula de modo que obligue al estudiante a pensar más, no menos. El reto también es pedagógico: ¿Cómo evaluamos el proceso de pensamiento y no solo el producto final que la IA puede generar en segundos? Termino con esta reflexión: ¿Qué queda de nuestra identidad profesional cuando la máquina puede hacer el 80% de nuestro trabajo técnico? La respuesta está en ese 20% restante: la intuición, la ética, el propósito y la capacidad de conectar ideas con el corazón humano. Nuestra misión ya no es solo transmitir conocimiento; es formar seres humanos capaces de liderar a las inteligencias que ellos mismos han creado. La cointeligencia es, en última instancia, un llamado a ser más profundamente humanos.

Presidente de la Asociación Mexicana de Educación Continua y a Distancia AC

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