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Mexicano busca alejar a niños del crimen organizado

Pedro Ortiz perdió a su padre a causa del crimen, ahora ayuda a combatir la violencia educando a niños y con talleres de autoempleo en zonas marginadas.
Mexicano aleja a niños del crimen organizado
24/08/2019
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Texto: Iván Cruz
Fotos: Cortesía

Hace un año, el papá de Pedro Pablo Ortiz fue asesinado por el crimen organizado. Pero él no buscó venganza, lo que hizo fue tomar cuadernos y lápices para educar a niños marginados. “La enseñanza—señala—es la mejor forma de combatir la violencia”.

Antes de la muerte de su padre, toda la familia trabajaba en un mercado de Acapulco, en donde atendían un pequeño local de carne. Sin embargo, un grupo de extorsionadores los amenazó para cobrarles derecho de piso:

“Nosotros no teníamos el dinero que pedían y por tanto nos fuimos a vivir a Los Cabos. Pero ahí lamentablemente no encontramos la manera de subsistir, entonces mi papá decidió regresar a Acapulco y a los seis meses lo asesinaron en su negocio del mercado por no pagar la cantidad que estos sujetos querían”, recuerda el joven.

Este incidente le causó una enorme tristeza a Pedro, quien para ese momento ya era consciente de los estragos que causaba la inseguridad. De hecho, formaba parte de un grupo de jóvenes que buscaba la pacificación de su localidad a través de la labor social en las zonas rurales del puerto.

La historia de su interés y trabajo en campo comienza en 2017, Pedro tenía 17 años y ya dedicaba su tiempo libre a dar talleres en las comunidades más pobres. Junto con otros amigos integraba el colectivo ‘Nueva Mayoría Jóvenes’, con el cual apostaba a combatir la violencia con educación:

“Me tocó ver cómo muchos de mis amigos y conocidos terminaron trabajando en el narcotráfico por la falta de oportunidades en el puerto. Por eso hicimos el grupo y armamos talleres para enseñar a personas de  áreas rurales a reparar aparatos de aire acondicionado; manicura; cortar el pelo; albañilería y otras formas de autoemplearse.

En cuestiones académicas yo ayudaba a los niños con sus tareas para que no abandonaran la escuela. También organizamos jornadas de salud, llevamos dentistas, pipas de agua y otras actividades más”.
 

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Además de su preocupación por el bienestar social, Pablo menciona que siempre fue aplicado en clases y al terminar la preparatoria  se animó a buscar una beca para continuar sus estudios universitarios, debido a que su familia no contaba con los recursos necesarios para costear una colegiatura. 

Buscando opciones en internet, encontró que, con su trabajo en la comunidad, podía enviar una solicitud para integrarse al programa ‘Líderes del Mañana’ del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey:

“Toda mi vida había estudiado en escuelas públicas y en mi estado hay un rezago académico. Cuando vi los precios de las universidades privadas me desanimé, pero investigué más sobre esta beca que cubría toda la colegiatura y me postulé”, señala el chico.

El 25 de mayo de 2018 Pedro recibió la noticia de que fue aceptado en el Tec de Monterrey, aunque la felicidad le duró muy poco a él y a su familia, porque ese mismo día fue cuando a su padre lo asesinaron en el mercado. 

Los criminales que lo extorsionaban pedían un millón de pesos para dejarlo trabajar, mismos que el señor Ortiz no pudo pagar.
 

La violencia que invadió Acapulco

El papá de Pedro es una de las tantas víctimas que llevaron a Acapulco a colocarse en el segundo puesto de las cinco ciudades más inseguras de todo el mundo en 2018, de acuerdo con un estudio elaborado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal de México.

En ese material aparece Tijuana, Baja California, como la ciudad más violenta del planeta, con un promedio de 138.26 homicidios por cada 100 mil habitantes. Inmediatamente después está Acapulco, Guerrero, con una tasa de 110.50 asesinatos con respecto a dicho número de pobladores. 

Le siguen las ciudades de Caracas, en Venezuela con 99.98; Cd. Victoria, Tamaulipas con 86.01 y Cd. Juárez, Chihuahua con 85.56. 

A su vez, cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), institución que contabiliza todos los crímenes denunciados en México, indican que de enero de 2015 a julio de 2019 se han cometido 12 mil 359 homicidios en el estado de Guerrero.

En cuanto a las extorsiones en la entidad, motivo por el cual asesinaron al papá de Pedro, los datos indican que aumentaron 43% en los primeros siete meses  de 2019 con respecto al año anterior. 

Los registros del SESNSP entre enero y julio de 2019 contemplan un total de 152 casos de extorsión, mientras que en el mismo periodo de 2018 hubo 106. 

Sin embargo, estas cifras corresponden sólo a casos denunciados, por lo que el número real puede ser mucho mayor.

En 2016 la extinta Procuraduría General de la República, hoy Fiscalía General de la República, emitió un estudio de inteligencia que evidenció la disputa entre tres grupos criminales por el territorio de las playas de Guerrero.

‘Los Rojos’, ‘Los Ardillos’ y ‘El Cártel Independiente de Acapulco’, fueron los grupos señalados en ese momento y de acuerdo con informes más recientes, se menciona que también operan en la zona miembros de ‘Los Granados’, ‘La Familia Michoacana’, ‘Guerreros Unidos’, ‘La Empresa’ y el ‘Cártel Jalisco Nueva Generación’.

En medio de este ambiente de violencia, la familia Ortiz, integrada ahora  por Pedro, su madre y tres hermanos, tuvo que aprender a sobrevivir y salir adelante.

Aunque la pérdida de la figura paterna fue un duro golpe para este joven de 20 años, él decidió continuar con sus metas y se mudó a Monterrey para tomar la beca y estudiar ahí la universidad, ahora con un nuevo reto en mente. 

En este viaje lo acompaña su hermano menor, quien también obtuvo un financiamiento para estudiar la preparatoria ahí.

 

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Boxeo con niños agresivos

Pedro y su hermano llegaron a Nuevo León a mediados de agosto de 2018 y en ese mismo mes comenzaron sus respectivos estudios en el Tec de Monterrey. 

Para conservar la beca, además de mantener buenas calificaciones, tiene como requisito primordial continuar con sus proyectos de labor social. 

Por la enorme distancia entre su escuela y Acapulco, tuvo que dejar atrás el grupo de ‘Nueva Mayoría Jóvenes’ y enfocarse en iniciar otro proyecto de manera separada. 

Encontró que cerca de su universidad había una casa hogar para menores en situaciones vulnerables y no dudó en ofrecer su ayuda a estos chicos.

 

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“Estando acá en Monterrey, mi  hermano y yo decidimos apoyar al Refugio 121. En este lugar hay niños de escasos recursos o que sufrieron de algún problema de violencia. Nosotros nos damos a la tarea de ayudarles en lo que refiere a la escuela. Les enseñamos cosas de matemáticas, español, biología, química y física. Esto principalmente para reforzar los temas que no entienden, ellos nos dicen qué es lo que más se les dificulta comprender, luego  nosotros lo investigamos y preparamos una clase, así tratamos de evitar que abandonen los estudios”, explica Pedro.

Quienes viven esta casa son chicos que fueron maltratados en sus hogares o cuyos padres piden que los acepten porque no tienen la manera de alimentarlos o enviarlos a la escuela.

Moisés Salinas, director de Refugio 121 detalla que en el albergue “ingresan menores que son resguardados en capullos o centros del DIF de Nuevo León, ellos los canalizan con nosotros y aquí se les da techo, alimento, ropa, educación y otras actividades extracurriculares. A los papás también se les da atención psicológica para que los niños puedan regresar a casa en un mejor ambiente”.

 La manera en la que  Refugio 121 se mantiene es por donaciones de  empresas privadas y algunos programas de gobierno. Cada semestre también reciben apoyos de voluntarios, como Pedro y su hermano, para brindar mejor atención al desarrollo de los niños.

Entre los chicos a los que los hermanos de Acapulco comenzaron a dar clases hay uno en particular que llamó su atención por lo complicado de su carácter, su nombre es Luilli y actualmente tiene 15 años. La historia de cómo se integró a la casa hogar los conmovió.

Primero ingresó a esta institución un niño que se llama Iván. Él había estado en capullos del DIF muchos años y cuando lo trasladaron aquí nos enteramos de que tenía un hermano: Luilli. Entonces nos dimos a la tarea de buscarlo y cuando lo encontramos vimos que también era maltratado”, declaró al respecto Moisés Salinas.

Debido a la violencia de su hogar, Luilli solía vagabundear por las calles y escapaba de su casa en repetidas ocasiones. En una de esas salidas buscó a un familiar lejano, quien reportó la situación ante el DIF. Luego de resguardar al menor las autoridades determinaron que la mejor solución para mantenerlo estable era llevarlo al refugio para que viviera junto con Iván.

Así los hermanos se reencontraron, pero a los pocos días Luilli demostró ser un chico complicado y tenía constantes problemas  en clases y con otros niños. Su rendimiento académico no era muy bueno y estuvo a punto de ser expulsado por agredir a sus compañeros.

 

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Pedro puso su atención en él y en otro menor llamado Miguel. A los dos les  ayudó a regularizarse con sus tareas. Sin embargo, eran poco abiertos a sus recomendaciones y enseñanzas, por lo que consideró entonces que con algunas clases de boxeo podría ganarse su confianza.

“Primero hicimos un acercamiento con ellos, les explicamos a los chicos que nosotros también venimos de un área violenta y que comprendemos muy bien lo que es que tu vida se vea mermada por esa situación. En Acapulco, mi hermano y yo practicamos boxeo. Por eso compramos guantes y manoplas para llevarlos con los niños y los entrenamos para que ellos pudieran liberar toda esa energía, rencor y frustración de manera sana”, comentó Pedro.

Luilli terminó la secundaria, su conducta mejoró y este semestre se reintegró a su hogar. En entrevista para EL UNIVERSAL dijo que “el profe me ayudó en matemáticas y física, me gustaban los entrenamientos. Lo más complicado fueron los ejercicios de resistencia en los brazos, pero era bueno que nos enseñara a boxear”. 

 

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La visión de un México moderno en el futuro

Además de su objetivo de contrarrestar la violencia, Pedro Pablo aspira a convertirse en un profesional del mundo empresarial. En el Tecnológico estudia la licenciatura en Negocios Internacionales y cree firmemente que el desarrollo económico del país es una ruta hacia la pacificación.

Me gustaría ayudar a crear un México más global para tener una presencia fuerte en el exterior. Que la gente se de cuenta de que podemos salir adelante con  inversión e impulso a la industria nacional. Guerrero, por ejemplo, tiene un gran potencial, es cuestión de avanzar en ese camino”, asegura.

Anhela que una vez concluida su preparación  pueda crear un negocio propio. También quiere fundar una nueva asociación enfocada en la rehabilitación de personas que hayan estado en prisión y un albergue para víctimas de violencia.

“Se trataría de hacer una organización no gubernamental para rescatar a todos estos jóvenes y darles una segunda oportunidad de reintegrarse a la sociedad y salir adelante. Creo que estos son mis mayores retos y es ahí a donde dirijo mi futuro”, concluyó.