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Dedican su vida a enseñar a sordos

Desde hace 2 años, Andrea Guerra, es una de las 16 maestras que laboran en el Instituto para Problemas de Lenguaje en la Ciudad de México.
05/10/2019
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Texto: Michelle Coronel 
Fotos: Adrián Santiago

Andrea Guerra es una maestra oyente con especialidad en Lengua de Señas Mexicana y desde hace dos años pertenece al grupo de 16 docentes que laboran en el Instituto Pedagógico para Problemas de Lenguaje (IPPLIAP)

En el IPPLIAP, cuyas instalaciones han sido construidas en su mayoría gracias a donativos, los estudiantes no solo aprenden los conocimientos regulares de sus grados académicos, sino que también se les enseña a ser creativos y relacionarse con su entorno. 

Antes de iniciar las clases en el instituto, Andrea recorre los pasillos imaginando las aventuras que vivirá junto a sus diez alumnos. Esta escuela, ubicada en la Ciudad de México, atiende alrededor de 150 alumnos sordos de nivel preescolar, primaria y secundaria.

En los primeros grados de estudio, los niños cuentan con dos maestras, una de ellas es sorda, les da las bases para desarrollar la lengua de señas, misma que es su lengua materna y con la que se comunican.

La segunda maestra es oyente con conocimiento de lengua de señas y de la cual aprenden a escribir y leer en español para que al salir de la institución sean capaces de relacionarse con el medio y sean bilingües.
 
Las educadoras platican sobre lo que se verá en el ciclo escolar y, por medio de proyectos que se relacionan con la sociedad, educan a los niños sordos. Ellas resaltan que los estudiantes deben aprender la información primero en su lengua natal para después entenderlo en español y así comunicarse con todas las personas, de forma escrita.

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Para los padres representa un reto: “Sí es difícil, no es nuestra lengua materna, se me olvidan, es una cuestión de práctica”, dice el padre de Fernanda, una niña sorda de cuarto de primaria. Ellos también se esfuerzan por aprender a entenderlos, investigar formas de ayudarles o mejorar su interacción.

Antes del inicio de clases, a las familias se les realiza un estudio socioeconómico que determina el costo de las colegiaturas y pueden variar según las posibilidades de los padres o tutores.

Hay sordera de nacimiento, la cual se diagnostica con la prueba tamiz auditivo neonatal. En otros casos, los niños quedan afectados a lo largo de su desarrollo por alguna enfermedad, sobre todo de vías respiratorias. 

Andrea Guerra disfruta su profesión, a la cual decidió dedicarse desde niña, tras enterarse de que su primo había nacido con sordera, esto aunado a su vocación de servir y ayudar. Por ello decidió estudiar la licenciatura en educación especial y hacer un diplomado en Lengua de Señas Mexicana (LSM).

De acuerdo con el Inegi en todo el país hay al menos 40 intérpretes certificados en LSM. La mayoría de quienes conocen este lenguaje son familiares de los sordos, debido a que la SEP no tiene como forma obligatoria este tipo de conocimiento para  maestros. 

Con una sonrisa, Andrea cuenta: “Saber que voy a regresar a la escuela, a ver a mis alumnos, ver que lo que estamos viendo en el salón, lo llevan a su vida, es lo que me motiva”.

A ella le importa  que los niños aprendan y conozcan todo lo que los rodea, “(la institución) No es muy cara porque lo que pretendemos es que la educación llegue a todos”, es el objetivo que tiene el centro de estudios.

En él, los estudiantes aprenden los conocimientos académicos con las especificaciones que dicta la Secretaría de Educación Pública (SEP). La diferencia es que lo hacen a través la lengua de señas mexicana. El instituto tiene un huerto, donde los niños pueden relacionarse con la naturaleza para entender la importancia de salvaguardar el medio ambiente.

Además, tienen instalaciones deportivas y juegos al aire libre que disfrutan en la hora del recreo, una biblioteca con material visual para que puedan practicar su lecto-escritura en español.

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Andrea prepara sus clases apoyada de imágenes, videos y actividades que fomentan la creatividad, trata de hacer la información dinámica y visual para sus alumnos. La institución trabaja con proyectos, que se relacionan con hechos o situaciones sociales.

“El año pasado trabajamos con el tema de salvar a los animales en peligro de extinción y algo que vimos fue que los popotes afectan la vida de las tortugas. Entonces cuando estábamos en el recreo, regañaban a sus compañeros y les sugerían cortar el borde de su jugo para no tener que usarlos.”

Los pequeños que asisten a clases, conciben la institución como su segundo hogar, del que quedan grabadas memorias y recuerdos que los forjaron.

Uno de ellos es Daniel, quien forma parte del 20% de niños sordos que se reincorporaron en sus estudios dentro del Instituto. Al preguntar a Gaby, su mamá, sobre cómo se prepara para las clases, cuenta que ha pasado por 4 diferentes escuelas públicas como los Centros de Atención Multidisciplinaria (CAM), pero que ninguna ha estado a la altura del IPPLIAP, debido a que las maestras desconocen el uso de la lengua de señas. Estos Centros de Atención, están orientados a atender niños o jóvenes con algún impedimento para asistir a la escuela regular, pero la atención que ofrecen es  para cualquier tipo de discapacidad.

“En las escuelas (regulares) o lo CAMS, descuidan a los niños sordos, y luego las maestras me dicen que tienen cuarenta niños y no pueden preocuparse solo por mi hijo, así que a mi hijo le daban un libro y le decían haz lo que puedas, aquí en el IPPLIAP no pasa eso”, comenta una de las madres.

Al contactar a los Centros de Atención número 27 y 31, de la Ciudad de México, confirmaron las versiones de los padres y maestras del IPPLIAP

Mencionaron que los grupos no se centran en una discapacidad y  los docentes no cuentan con la preparación necesaria para enseñar a niños con sordera, pues no saben lengua de señas. 

Solamente el CAM 36, que se encuentra en la alcaldía de Coyoacán, mencionó que tiene docentes especializados en las distintas discapacidades, y que la mayoría de los profesores conoce la lengua de señas, sin embargo afirmaron que este aprendizaje no es por parte de la SEP, sino que los docentes se preparan por su cuenta para enseñar a los estudiantes del CAM.

Andrea Guerra dice que sus alumnos son atentos, con ganas de aprender y ve reflejado el sueño de su infancia, estar al frente del grupo, siempre en búsqueda de mejorar las condiciones de vida de niños que, como su primo, luchan cada día para que los sordos puedan tener las mismas oportunidades y recibir una educación universitaria de calidad y una vida digna.

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Es el caso de Diana González y Ángel Gutiérrez, de 20 y 19 años, respectivamente, ex alumnos del IPPLIAP,  que describen su experiencia como una llena de aventuras en los salones, de paseos a diferentes museos, actividades fuera del aula como cursos de natación y un entorno favorable para relacionarse con otras personas.
 
Esta pareja de egresados en educación bilingüe, ahora siendo estudiantes de preparatoria, recuerda con alegría su paso por la institución y con melancolía vuelven a mirar los anuarios que resguarda la biblioteca del IPPLIAP
 
Ahí ven las fotografías junto a sus compañeros, amigos y profesoras, a las que recuerdan con el mismo cariño, recorren los salones en los que tanto aprendieron y comparan cómo ha cambiado el lugar.  
 
En sus  primeros días de escuela eran un par de niños asustados, pero también  emocionados por ver que no eran los únicos sordos, que había más como ellos y se sorprendieron al ver cómo la mayoría de los pequeños y docentes se comunicaban por lengua de señas, algo que sin duda los impulsó a aprenderla cada vez más rápido.
 
Ambos han sido amigos desde que entraron a esta escuela, pero desde hace tres años son pareja, que sueña con poder estudiar Gastronomía, tienen muchas vivencias juntos y extrañan sus días de diversión en el plantel que, hasta la fecha, les encanta visitar.

El instituto, no solo brinda educación a niños sordos o con problemas de lenguaje, sino que también les permite relacionarse, sentir pertenencia y cariño por su escuela.

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