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Bailarines michoacanos llegan a Turquía boteando en las calles

Jóvenes bailarines, originarios de Michoacán, salieron a las calles a botear para reunir cerca de un millón de pesos y así cumplir su sueño de competir en un festival de danza folklórica en Turquía
Jóvenes bailarines llegan a Turquía boteando en las calles
07/12/2019
00:55
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Texto: Aline Espinosa 
Fotos: Cortesía 

Entre luces amarillas y pantallas que proyectan imágenes de paisajes, 16 bailarines mexicanos aparecen  en un escenario poco habitual para ellos: un teatro en la ciudad de Bursa, Turquía. Las mujeres impresionan con sus vestidos largos de distintos colores y los hombres con sus trajes de charro. Juntos comienzan un coro de zapateado al compás del “Son de la negra”, una de las piezas de mariachi más representativas de Jalisco.

Estos jóvenes son integrantes del grupo de danza folkórica Tumbi Uarhari. Todos ellos son originarios del modesto municipio de Taretan, Michoacán. Hasta ese momento solamente se habían presentado en parte de la República Mexicana y esta fue su primera exhibición en el extranjero.

“Meses de ensayo y arduo trabajo terminan en presentaciones de cinco minutos ante miles de personas y seis jueces. Buscábamos enamorar con nuestra música, baile, vestuario y personalidad y se logró.", dijo Ernesto Mejía Martínez coreógrafo y director del grupo  en entrevista con EL UNIVERSAL.

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La mirada de los espectadores, provenientes de Europa y Asia, se concentraba en no perder detalle de las distintas formaciones que los Tumbi mostraban. Algunos chiflaban junto a los bailarines, otros gritaban “¡eppa!” y marcaban el ritmo con lo pies. 

Durante el baile, las mujeres giraron como rehiletes mientras los hombres las seguían con un afán de cortejo. Al finalizar los primeros acordes de guitarra, los aplausos se hicieron presentes. 

Luego de tres presentaciones del 16 al 18 julio con piezas de Jalisco, Chihuahua y Nuevo León, los Tumbi fueron galardonados con mención honorífica al obtener el primer lugar de baile folklórico de entre 23 países más que participaron, como Venezuela, Italia, Argentina y otros en  el 33º Festival Internacional de Danza Folklórica en Turquía

Para los Tumbi esta oportunidad fue “cosa del destino” cuando el coreógrafo Iván Rodriguez, se acercó a ellos y les ofreció ser los representantes de México en Turquía debido a que su grupo no podía cubrir los gastos.

Al aceptar el reto   el grupo pasó por muchas dificultades. La principal fue la falta de apoyo económico de las autoridades de su municipio para solventar su viaje. Entonces decidieron botear  en las calles. Un recurso por el que han optado desde hace cuatro años.

La meta era juntar un millón 800 mil pesos, 45 mil por cada  integrante que haría el viaje a Turquía. En total, en los Tumbi, son 40 miembros (25 hombres y 20 mujeres). Todos ellos, incluidos familiares y amigos, se involucraron en la  venta de chocolates y organizaron para alcanzar el objetivo.

Sin embargo, por la escuela, el trabajo u otras cuestiones no todos  pudieron asistir y sólo reúnieron lo necesario para costear el viaje de 16 bailarines. A partir de ese momento, los Tumbi  se dedicaron exclusivamente a  ensayar sin cesar en el lugar que siempre ha sido su escuela: la plaza municipal del centro de Taretan, hasta que el momento de volar llegó. 

“Presentarnos en un escenario al otro lado del mundo por el cual luchamos, ver la reacción del público y escuchar sus aplausos hacen que al final las tardes bajo el sol boteando y todo el esfuerzo valga la pena”, declaró Paola Ibarra, una de las bailarinas que mostró su talento en Europa

En los tres años que Paola y sus compañeras Yunuen Rodríguez y Erika Valencia han sido miembros de los Tumbi,  entendieron que el folklore no se trata  sólo de bailes, sino que la constancia desarrolla  habilidades y que  el esfuerzo puede superar cualquier obstáculo para hacer los sueños realidad.

Por esta razón, consideran, su mayor fortaleza es el compañerismo que hay entre los integrantes del grupo. Eso los enseñó a encontrar formas para dar a conocer su trabajo en estados como Jalisco, Veracruz, Ciudad de México, San Luis Potosí y Morelos. 

De este modo se ganaron el reconocimiento del público y hoy son considerados como uno de los  mejores grupos de danza folklórica de Michoacán. “Todos somos amigos, no existe la competencia entre nosotros. Cuando entramos al grupo no sabíamos cómo maquillarnos y las compañeras eran quienes nos arreglaban y ahora hacemos lo mismo con las nuevas”, señalaron las bailarinas. 

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A las tres jóvenes, el amor por la danza les llegó por los ojos. Cada tarde, después de la escuela, pasaban largas horas viendo a los Tumbi bailar en la plaza municipal. Al ser muy chicas  y debido a que los ensayos terminan en la  noche sus padres no las dejaron participar hasta que cumplieran 15 años.

En sus secundarias, recordaron,  no enseñan más allá de la danza de los viejitos: baile tradicional folklórico de Michoacán. En cambio, ellas se imaginaban como los Tumbi portando vestidos coloridos, listones en su cabello y tacones en sus pies. “Los veía moverse y mi cuerpo respondía”, dijo Yunuen Rodríguez, entre risas. 

Una vez que tuvieron el permiso de sus papás, tomaron su falda tipo “Adelita” y se dirigieron con el director Ernesto Mejía, quien les explicó que el único requisito para entrar en el grupo es tener gusto por el baile, ya que la disciplina haría que habilidades como la postura del cuerpo o el manejo de la respiración llegarían a su tiempo. 

Primero las tres amigas aprendieron bailes como el Jarabe tapatío (Jalisco); luego Jarocho (Veracruz); Jarana (Yucatán), y por último Polcas (estados del norte), entre otros. Ni el cansancio ni sus obligaciones escolares las detuvieron para asistir cuatro veces a la semana a practicar cada coreografía. Así, sin darse cuenta, la danza se  convirtió en una parte muy importante de su vida.

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Inicia la tradición 

Tumbi Uarhari siginifica, en lengua purépecha, joven danzante. Comenzó en 2007 cuando seis amigos, entre  ellos Ernesto,  decidieron reunirse para practicar bailes regionales. El nombre lo eligieron con el fin de transmitir su pasión por la danza, recuperar una lengua tradicional de Michoacán y demostrar sus raíces a donde fueran.

En un inicio, se reunían en un salón  que el Centro de Bachillerato Agropecuario (CBTA 89) les presataba.  Así, durante cuatro horas cada día, practicaban para mejorar y sacar el estrés de sus cuerpos.  

Sin previo aviso, la escuela dejó de darles acceso al lugar y tuvieron que mudarse a la calle, donde la plaza municipal terminó siendo su refugio y su escenario de ensayo, a la vista de todo el pueblo de Taretan.

Una vez instalados ahí, junto con una bocina, la luz de los faroles y el sonido de sus pisadas los Tumbi comenzaron a llamar la atención de los vecinos y pronto el número de integrantes aumentó.

Con los años, Ernesto se convirtió en el director y coreógrafo. Opina que a la mayoría de los Tumbi les gustaría desarrollar una carrera profesional y académica en la danza, sin embargo, esta ilusión es lejana pues en Taretan no hay escuelas especializadas. 

Para hacerlo, explicó, los bailarines tendrían que trasladarse casi 42 kilómetros hasta Uruapan, un municipio vecino que “tiene una que otra escuela” o irse a vivir a la Ciudad de México y solventar colegiaturas que van desde 30 a 50 mil pesos por año, otra opción sería conseguir una beca.  

En ese sentido, agregó que la mayoría de los Tumbi no cuentan con un trabajo fijo. Algunos son estudiantes y sus padres se dedican a la siembra de caña de azúcar, por lo que no tienen un salario seguro con el que puedan apoyarlos. 

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Datos  de Taretan indican que la pricipal actividad economica a la que se dedican cerca del 16% de los 12 mil habitantes del municipio, se relacionn con  el cultivo, producción y molienda de este tallo. Gracias a ello, la ciudad se posiciona como el mayor vendedor de azúcar en Michoacán. 

“Por lo regular a los campesinos les pagan cinco mil pesos cada medio año. El resto del tiempo deben laboral como obreros o peones en una empresa azucarera”, señaló Paola Ibarra, quien agregó que su papá se dedica a este tipo de actividades en el campo.

Integrantes de los Tumbi consideran que su municipio destina más ayuda e instalaciones a los equipos de futbol y basquetbol que a la danza. Denuncian que, hace un año, el único centro cultural que hay en Taretan fue despojado de su biblioteca y de un museo que albergaba, que ahora se utilizan para dar pláticas sobre la Biblia.

“Creo que a todos  en el grupo les encantaría estudiar una carrera en danza pues es lo que nos encanta hacer y tener un salón donde pudiéramos acomodarnos sin temer por la lluvia o el sol”, resaltó Paola.
 

El costo del folklore

Tumbi Uarhari ha ganado más de 10 premios y reconocimientos de diferentes competencias en México. A pesar de las carencias siempre han buscado cumplir con todos sus compromisos a lo largo del país.

La  principal dinámica para financiar sus actividades y mantener activo el grupo  es salir  a las calles a recudar dinero bailando en los semáforos o vendiendo dulces y postres fuera de las escuelas. 

Con las ganancias que obtienen los Tumbi acuden a las mercerías, eligen rollos de tela según la tématica del baile que presentarán y las llevan con Ernesto, quien confecciona un traje para cada integrante, en el sótano de su casa con dos máquinas de coser. 

Por separado, cada integrante se dedica a elborar sus accesorios como aretes, collares anillos, pulseras, tocados y otros objetos indispensables para sus coreografías. “Siempre hemos solicitado apoyo y se nos niega o no responden, por eso decidimosque lo mejor es adquirir los recursos por nosotros mismos. A donde quiera que nos inviten, vamos. Juntos lo hacemos posible”, declaró el director del grupo.    

En ese sentido, la bailarina de la compañía “Estampas de México”, Valeria Aguilar Altamirano indicó que un traje de folklor puede llegar a costar 10 mil pesos y el precio varía si está hecho a mano o si lleva pedrería.  

A esto se le suma, el mantenimiento de los vestuarios, tintorería y bolsas especiales para guardar las prendas. Además del costo de los accesorios  y el calzado que llegan a valer hasta dos mil pesos.  

En su experiencia, dice, un estudiante  de danza gasta un total de 50 mil pesos por año en cuadernos, trajes, clases particulares y demás, sin contar la colegiatura. 
Si el alumno es foráneo la cantidad  aumenta considerablemente, ya que se debe añadir el pago  de renta, servicios, comida,  pasajes y otros gastos necesarios. 

En un futuro el deseo de los Tumbi es animar a más jóvenes a involucrarse en la danza folklórica; ser un ejemplo de que el compromiso es lo único que se necesita para cumplir un objetivo; y ser bailarines profesionales.

“Bailar y ver las expresiones del público siempre nos ha hecho sentir que hacemos algo importante y eso nos  reconforta y nos llena de más ganas de demostrar lo orgullosos que estamos de ser mexicanos”, concluyeron los bailarines.

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