Julieta del Río
La discusión sobre el llamado “Plan B” dejó más que un simple resultado legislativo: dejó sensaciones, lecturas políticas y, sobre todo, suspicacias que vale la pena analizar con detenimiento. Más aún, dejó al descubierto tensiones internas que ya no pueden ocultarse detrás de la disciplina partidista.
Empecemos por el principio. La iniciativa original fue rechazada en su totalidad. La suma de aliados y oposición simplemente no dio para que avanzara. Sin embargo, lo que más llamó la atención no fue el resultado en sí, sino la reacción (o mejor dicho, la falta de reacción) de quienes integran el partido que hoy encabeza la Presidenta Claudia Sheinbaum. No vimos indignación, tampoco tristeza ni señales claras de inconformidad. Un silencio que dice mucho. Y en política, el silencio rara vez es neutral: suele ser cálculo o fractura.
Después vino el llamado Plan B. Ahí sí, todo avanzó. Se aprobó prácticamente en una cámara y después de la Semana Santa se presume que irá a la otra; ahora sí, los aliados salieron a respaldar a la Presidenta. Pero, siendo francos, ya no era lo mismo. Es como ese “sí” que llega después de un “no”: pierde fuerza, pierde legitimidad. Ya no cuenta igual. No es respaldo: es corrección tardía.
Y aquí está el punto clave: lo que realmente se rechazó fue la revocación de mandato. Mientras se aprobaban otros temas —como la injerencia en legislaturas locales o regidurías—, la revocación simplemente no pasó. Y eso no es menor. La ley establece que debería realizarse en el cuarto año, pero la Presidenta buscaba adelantarla a 2027. Mover esa pieza implicaba alterar el ritmo político del sexenio.
¿Por qué? Esa es la pregunta de fondo.
Y no es una interpretación aislada. Fue la propia Presidenta quien, en una de sus conferencias, manifestó abiertamente su inconformidad por el rechazo a la revocación de mandato. De su propia voz escuchamos que no había pretexto suficiente y que los argumentos presentados no le resultaban satisfactorios. Insistió en el tema, dejando ver que no era un asunto menor en su agenda. No era una reforma más: era una señal de control político.
Esto abre otra lectura: quizá lo que buscaba era que la revocación coincidiera con la mitad de su sexenio para, en caso de obtener un respaldo amplio, tomar control total de su gobierno, marcar una ruptura clara con el pasado y dejar atrás esa línea delgada que aún la limita en la toma de decisiones. Un punto de inflexión para consolidar liderazgo propio.
Sin embargo, lo que hemos visto en el proceso revela otra cosa: una fractura interna cada vez más evidente. Y hay que decirlo con todas sus letras: también una línea machista dentro de su propio movimiento. Una resistencia que no siempre es ideológica, sino de poder.
Hoy vemos a diputadas, diputados, senadoras y senadores que ya no actúan como en el pasado, cuando la disciplina era absoluta y quien se desviaba era inmediatamente corregido. Ahora desafían, cuestionan y, en muchos casos, ignoran las indicaciones de la Presidenta, quien no solo es jefa de Estado, sino también líder de su movimiento. La verticalidad se erosionó.
Para rematar, aparece el expresidente haciendo llamados públicos, y de inmediato hay legisladores que justifican su actuar diciendo que “así lo pidió el Presidente”. Desde ahí empezamos mal. Ya no es el presidente. Hay una Presidenta en funciones, una mujer al frente del país, y aun así persiste el reflejo de mirar hacia atrás. El poder formal cambió; las lealtades, no necesariamente.
Las señales son claras: hay división interna. Por un lado, los leales al expresidente; por otro, quienes realmente respaldan a la Presidenta, que, hay que decirlo, parecen ser menos de los que debería. Y esa diferencia numérica también es política.
Y esto no solo se refleja en la revocación. También lo vimos cuando la Presidenta fue clara al pronunciarse contra el nepotismo, al señalar que familiares —hijos, hijas, sobrinos, cuñadas— no deberían acceder a cargos por vínculos de sangre o afinidad. ¿Qué ocurrió? De inmediato salieron voces —principalmente masculinas— a matizar, a “explicar”, a suavizar sus palabras. Traducir, en política, muchas veces es una forma de desobedecer.
Cabe preguntarse: ¿eso habría pasado en el pasado con el expresidente? Difícilmente.
Ahí es donde el problema de fondo vuelve a aparecer: el machismo sigue presente, incluso más marcado dentro de su propio movimiento. Sigue pesando, sigue incomodando, sigue marcando límites no escritos. No es un tema discursivo: es una práctica de poder.
Esto cobra aún más relevancia rumbo a la sucesión de 2027. Ya hay gobernadores y figuras políticas que presumen tener “la bendición” del expresidente, como si el movimiento les perteneciera por haberlo fundado. Pero la Presidenta también tiene sus propias cartas, sus propios perfiles, construidos desde cuando ella misma competía como aspirante. Dos proyectos dentro de uno mismo.
El reto para ella es doble. Por un lado, ejercer plenamente las facultades que le otorga la Constitución. Por otro, imponerse dentro de su propio movimiento, donde aún hay resistencias claras a su liderazgo. Gobernar hacia afuera y disputar hacia adentro.
Y sí, también está el desafío de fondo: romper con esa inercia machista que se resiste a aceptar que una mujer puede ordenar, dirigir y marcar la línea política.
La revocación de mandato, en este contexto, deja de ser solo un mecanismo democrático y se convierte en una pieza estratégica. Tal vez lo que buscaba la Presidenta era justamente eso: redefinir el tablero, tomar distancia del pasado y ganar tiempo para consolidar su proyecto.
Pero el mayor obstáculo podría no estar afuera. El fuego amigo, como suele suceder, está adentro. Y suele ser el más difícil de contener.
Veremos si logra deshacerse de esas ataduras, empoderarse plenamente como la mujer que es y tomar el control total de su gobierno. De lo contrario, las sombras del pasado seguirán marcando su camino. Porque en política, lo que no se rompe, se hereda.
Las señales están ahí. Solo hay que querer verlas.
Y justo para concluir el mes de la mujer en el ámbito laboral público o privado, y hasta está para mandar en un Gobierno, sigue siendo un tema complejo que necesita avanzar en el tema de igualdad. Pero más que discursos, lo que hoy está en juego es quién ejerce realmente el poder.
Excomisionada del INAI.

