Rosa Covarrubias
El deporte y la política siempre van de la mano. Conflictos de interés, construcción de imagen pública, dirigentes de pantalón largo que se paran el cuello cuando algo sale bien y que, cuando la situación simplemente va mal, prefieren esconderse.
La muerte del ayatolá Ali Khamenei significó libertad para algunas mujeres de ese país. Pero, sin duda, quienes se llevaron los reflectores fueron las futbolistas de la selección que participaban en la Copa Asiática femenil, torneo que reparte boletos para Mundial de Brasil 2027.
Al comienzo del torneo estalló la guerra. Jugadoras y cuerpo técnico evitaron pronunciarse sobre lo que ocurría en su país. Sin embargo, en el partido frente a Corea del Sur ocurrió algo distinto.
Las futbolistas, junto a su entrenadora Marziyeh Jafari, levantaron la voz de una forma inusual: el silencio.
Con las manos en la espalda se negaron a entonar el himno de la República Islámica en el estadio Gold Coast Stadium, en Queensland.
¿Qué tan poderoso puede ser el silencio en un partido de futbol en plena era digital?
El impacto fue inmediato. Todo el equipo recibió amenazas por parte de simpatizantes del régimen. La FIFPRO (Federación Internacional de Asociaciones de Futbolistas Profesionales) intervino ante la FIFA para solicitar garantías de seguridad y apoyo para que las jugadoras pudieran regresar a casa sanas y salvas.
Siete futbolistas solicitaron asilo en Australia. Finalmente, solo cinco decidieron quedarse en el país oceánico.
Mientras tanto, la incertidumbre también rodea al otro futbol, el varonil. Con el boleto ya asegurado para la 2026 FIFA World Cup, que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá, persisten las dudas sobre si la selección iraní participará o no en el torneo.
En primera instancia, el ministro del Deporte iraní puso en duda la presencia del equipo por razones evidentes: hoy no existen garantías claras para que eso ocurra.
La FIFA, encabezada por Gianni Infantino, emitió un mensaje escueto a través de la cuenta de X de su presidente. En él se mencionó una reunión con Donald Trump, quien aseguró que la selección iraní tendría garantizada su entrada a territorio estadounidense.
Un día después, el presidente de Estados Unidos publicó en su cuenta de Truth Social:
“La selección nacional de fútbol de Irán es bienvenida al Mundial, pero realmente no creo que sea apropiado que estén allí, por su propia seguridad”.
La respuesta de la selección iraní llegó a través de Instagram:
“Nadie puede excluir a la selección nacional de Irán de la Copa del Mundo. El Mundial es un acontecimiento histórico e internacional y su órgano rector es la FIFA, no un individuo ni un país”.
Pese al discurso del gobierno iraní, todavía no existe una postura oficial por parte de la Federación de Futbol de Irán ni de la FIFA. Desde Teherán incluso se ha planteado la posibilidad de solicitar que a Estados Unidos se le retire la sede mundialista, algo que hoy luce muy lejano, sobre todo por la cercanía política entre Infantino y el mandatario estadounidense.
El impacto del conflicto en Medio Oriente no se limita al futbol iraní. La Finalissima entre España y Argentina, que se jugaría en Doha a finales de marzo, fue cancelada ante la imposibilidad de encontrar una nueva fecha o sede.
En el automovilismo la situación tampoco es distinta. La Federación Internacional de Automovilismo canceló los Grandes Premios de Bahréin y Arabia Saudita ante la falta de condiciones de seguridad para el traslado de equipos y pilotos.
El impacto de una guerra no se mide únicamente en territorios o acuerdos diplomáticos. También se refleja en estadios vacíos, carreras canceladas, deportistas viviendo bajo la incertidumbre y selecciones que no saben si podrán competir.
El deporte, que tantas veces se vende como un espacio neutral, vuelve a demostrar que es un espejo del mundo. Y cuando el mundo entra en conflicto, inevitablemente el juego también cambia.

