Yo no olvido al año viejo

Omar Vidal

A mi madre
 
Primera confesión de fin de año. Muy a mi pesar, a mí me concibieron lejos de la mar, de sus medusas, sirenas, caracolas, caballitos marinos y cangrejas ermitañas. Nací en la cordillera oriental de los Andes colombianos, en donde también nació mi madre–tan lejos que no se alcanzaba a escuchar el vaivén perpetuo de las olas.  
 
En un pueblito fundado en 1556, cuya bandera tiene casi los mismos colores de la bandera mexicana, pero con franjas horizontales en lugar de verticales: el verde denota la tierra fértil; el blanco la paz, tranquilidad, pureza de su gente; y el guayaba la abundancia. Es una fantástica geografía de tierras altiplanas a las que siempre me remontan los paisajes de mi amada Michoacán–con decirles que Zitácuaro sólo está 40 metros más arriba que Moniquirá sobre el nivel de la mar.
 
A diferencia de la alegría indescriptible que me trae la Navidad, cuando se muere el año me embarga siempre una mezcla de tristeza, nostalgia, desazón. Recuerdo a los que se marcharon, a los que inexorablemente se desvanecen en mis recuerdos. A mi abuela, abuelo, tías, tíos, mi padre, mi hermano. A entrañables amigos indígenas y pescadores, marinos y marineros, científicos y empresarios. Y al maestro pintor ambientalista, el del bestiario de bichos raros y álbumes de zoología, el incondicional de los monos y los bichos, el hacedor de sueños y hermano del sol, la luna y las estrellas. La lista crece cada año. 
 
Y es cuando, en un intento desesperado, trato de agarrarme de lo bueno, lo feliz para llevármelo al año nuevo–mientras intento abandonar lo malo, lo triste para dejarlo en el año viejo. Esfuerzos fútiles de un ritual que, sin éxito, repito año tras año.  
 
Así ha sido desde niño y después como adolescente cuando los 31 de diciembre arribaba puntual a los bailes de fin de año. Iba a bailar al baile sin saber bailar–aunque confieso que con el paso de los años mucho han mejorado mis pasitos; cuando menos eso dice mi amada Patricia. Era cuando el honor, la vida entera dependía de que una chica aceptara la desesperada invitación a bailotear la canción que empezaba al unísono con las doce campanadas de la Basílica Nuestra Señora del Rosario de Moniquirá. Una invitación para la cual debía atravesar, solo, con el corazón en la mano, el salón inmenso con la certidumbre de escuchar el consabido “no, gracias".  
 
Aquella canción era “El año viejo”, ese himno patrio sacrosanto de los colombianos que, en la voz aguardentosa de Crescencio Salcedo, el compae mochila de la pata pela, dice así con entonado acento:
 
“Yo no olvido al año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas; 
ay yo no olvido no-no-no al año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas;
me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra;
ay me dejó una chivita y una burra muy negrita, una yegua muy blanquita y una buena suegra;
ay me dejó, me dejó, me dejó, me dejó cosas buenas, cosas muy bonitas”. 
 
Crescencio, juglar campesino que se pasó la mitad de la vida fabricando flautas de caña que emulaban el canto de los turpiales y la otra mitad caminando descalzo para mejor sentir el contacto de la Madre Tierra. El que dijo: “Nadie compone nada. Todo está compuesto con perfección. Uno lo que hace es descomponer”. Ese autodidacta que sigue cantando después de muerto, El gusto de las mujeres, La múcura, Mi cafetal, El año viejo, Se va el caimán…el que se fue para Barranquilla.  
 
Regresemos a ese salón de baile sólo por un instante, sumercé. Cuando todavía repiqueteaban las campanas el primero de enero, llorábamos y nos abrazábamos, pedíamos perdón por todo lo malo que habíamos hecho en trescientos sesenta y cinco días. Eso ocurrió muchas veces en mi Moniquirá, la pequeña, la idealizada, la del olor a guayaba, a bocadillo. La más dulce de Colombia. Ese pueblito viejo consentido de casas chiquiticas enclavado en la Colombia rural, en donde de la mano de Priscilla La Guajirita caminé de niño por calles desempedradas.  
 
El mismo lugar a donde llegó, de noche y mal herido, el sanguinario bandolero Efraín González, “el Siete Colores”–así apodado porque se transformaba a voluntad en arco iris para eludir a sus perseguidores. A quien me contó mi nona que escondió debajo de la cama para que no lo capturaran; aunque confieso que de niño probablemente me lo inventé. Ese Robin Hood criollo devoto de la Virgen de Chiquinquirá, que asoló Santander y Boyacá durante La Violencia colombiana–esa guerra ciega entre liberales y conservadores que en los años cincuenta mató a 300 mil colombianos, enlutó incontables viudas, dejó huérfanos por doquier. 
 
Hoy, a la distancia, mientras agoniza el año, recuerdo a esos miles de muertos. Como también recuerdo a los muertos de Felipe Calderón (121,035 asesinados), Enrique Peña Nieto (150,992 asesinados) y los que van de Andrés Manuel López Obrador (más de 70 mil asesinados y más de 115 mil muertos –según cifras oficiales– a causa de la pandemia y su desafortunado manejo).  
 
Adiós 2020, bienvenido 2021…pero no olvido al año viejo.

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