Vecinos distantes

Omar Vidal

Una alianza entre México y EU enviaría un poderoso mensaje de esperanza. Un mensaje de que aun vecinos tan distantes pueden sumar esfuerzos por el bien común

“Probablemente en ninguna otra parte del mundo dos países tan diferentes como México y Estados Unidos vivan uno al lado del otro”. Alan Riding, Vecinos Distantes, 1985


Por Omar Vidal y Richard Brusca

En la historia moderna de México y Estados Unidos, es difícil imaginar dos presidentes más distintos queAndrés Manuel López Obrador y Joseph R. Biden.Su visión del presente y futuro de sus países no puede ser más opuesta. Basta examinar sus agendas y prioridades.
 
Tal vez una de las pocas cosas que los dos presidentes tienen en común es su perseverancia: los dos hicieron campaña por la presidencia y fueron elegidos en su tercer intento. Sin embargo, difieren en el fondo y en las formas. En tres décadas de trayectoria política, el presidente López Obrador ha sido una figura polarizante, de discurso divisivo. En 50 años de servicio público, como senador y vicepresidente (de Barak Obama), el presidente Biden ha demostrado ser un político sensible, empático y conciliador de habilidades suaves.

No obstante, las diferentes fortalezas y desafíos de nuestros países, hay temas fundamentales en los que los dos presidentes difieren, total o parcialmente, y que definirán qué tipo de relación tendrán nuestros países en los cuatro años restantes de sus administraciones. Migración, narcotráfico, comercio, papel del sector privado, responsabilidad internacional y el papel de las instituciones independientes, especialmente aquellas que son contrapeso a los excesos gubernamentales, como los organismos autónomos, las organizaciones sociales y los medios de comunicación.

Las discrepancias entre los dos presidentes son tal vez más pronunciadas en cómo abordan tres temas: la pandemia del Covid-19 y la subsecuente crisis económica, la ciencia y la transparencia, y el medio ambiente y el cambio climático.
 
En medio de la peor pandemia que la humanidad ha sufrido en un siglo, la pérdida de vidas humanas y el impacto en los sistemas financieros de Estados Unidos y México han sido devastadores. De los 3.25 millones de muertos por Covid-19 en el mundo, casi 600 mil han sido en Estados Unidos y 218 mil en México–aunque el gobierno recientemente admitió que hasta marzo pasado 321 mil mexicanas y mexicanos habían fallecido; algunas estimaciones independientes colocan las muertes por coronavirus en medio millón. 

Distanciándose de la incompetente y vergonzosa manera en que su antecesor manejó la pandemia, el presidente Biden aumentó las pruebas de coronavirus, promovió el uso de cubrebocas y tomó decisiones con base en evidencia científica. En los primeros 100 días de su administración, se aplicaron 220 millones de vacunas. Hoy, 70% de los estadounidenses mayores de 65 años han sido vacunados, más de la mitad de los adultos han recibido al menos la primera dosis y cualquiera mayor de 16 años puede vacunarse. Su gobierno apoyó económicamente a estados, municipios, pequeños negocios y familias en todo el país–de hecho, 85% de los hogares recibieron dinero en efectivo y a los negocios pequeños les ofrecieron préstamos para abrir, evitando despedir empleados.

En contraste, la situación en México no podría ser más diferente, ni más trágica. Desde el inicio el gobierno minimizó la pandemia, se ignoró mucha de la evidencia científica sobre su gravedad, no se aumentó sustancialmente el número de pruebas del virus y se desincentivó el uso de cubrebocas. Los apoyos económicos a los más necesitados y pequeñas empresas han sido insuficientes para enfrentar la magnitud de la crisis. Hasta el 3 de mayo, sólo 12 millones de mexicanas y mexicanos habían sido vacunados y sólo se habían administrado 13 millones de vacunas, contando primeras y segundas dosis.

La administración Biden refrendó su compromiso de escuchar a la ciencia y asegurar que las decisiones de políticas públicas sobre salud, medio ambiente, cambio climático, etc. sean comunicadas a la población por profesionales confiables. Se comprometió a fomentar la confianza, la transparencia y la rendición de cuentas en las acciones gubernamentales. El presidente propuso triplicar la inversión en la ciencia en el presupuesto federal 2022, aumentándola del 0.7% del PIB a cerca del 2%. No es suficiente, pero es un primer paso. Ya veremos si cumple sus promesas.

En México no se le ha dado a la ciencia la prioridad que amerita. Entre los 109 fideicomisos que se extinguieron en 2020 había varios para apoyar la cooperación internacional científica y tecnológica, la innovación tecnológica, los desastres naturales, el cambio climático y la investigación científica y ambiental para la educación. El Presupuesto de Egresos de la Federación para ciencia, tecnología e innovación en 2021 es de $102 mil 720 millones (sólo 0.38% del producto interno bruto). Al Consejo nacional de ciencia y tecnología (Conacyt) se le asignaron $26 mil 573 millones; una institución que durante 50 años fue responsable de muchos de los principales avances científicos del país, pero que hoy ha perdido la confianza de una gran parte de la comunidad científica y languidece, aislada y politizada.
 
En medio ambiente, el presidente Biden ordenó detener los permisos para explotar petróleo y gas en tierras públicas, y creó una oficina de justicia ambiental en la Casa Blanca. Se comprometió a proteger 30% de las tierras y los mares costeros de su país para 2030. El 22 de abril, en la Cumbre de líderes sobre cambio climático, en Washington, DC, el presidente también se comprometió a reducir 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero de su país para 2030–más del doble del compromiso estadounidense en el Acuerdo de París de 2015.

Propuso también al Congreso invertir 1.7 billones de dólares para enfrentar el calentamiento global y fortalecer la justicia ambiental en los próximos diez años, y 2 billones de dólares en infraestructura para apoyar la transición de combustibles fósiles a energías limpias; junto con la promesa de crear centenares de miles de empleos verdes. Ya veremos si el presidente Biden cumple sus promesas y si los empresarios mexicanos alzan la mano y aprovechan la oportunidad para invertir en México en energías renovables y en el futuro del país.

Después de dos años queda claro que el medio ambiente no es prioridad para la administración del presidente López Obrador. Las principales agencias ambientales federales (Conabio, Conanp, Conafor, Conagua, Inecc, Profepa) han sido prácticamente desmanteladas; lo que se corrobora por los exiguos recursos que se les destinó en 2021. Mientras que al cuestionado programa Sembrando Vida (cuya meta es reforestar un millón de hectáreas) se le asignaron $24 mil 537 millones, a la Conanp (responsable de conservar la biodiversidad y los servicios ambientales en 91 millones de hectáreas terrestres y marinas en todo el país) se le entregaron $866 millones: no importó que la mayoría de la asombrosa riqueza natural y los servicios ambientales de México estuvieran, precisamente, en las áreas que la Conanp tiene la responsabilidad de supervisar y cuidar. Se han privilegiados megaproyectos cuestionados por los enormes daños ambientales y sociales que ocasionarán: el Tren Maya (que recibirá $36 mil 288 millones) y la Refinería de Dos Bocas en Tabasco ($45 mil 50 millones).

De hecho, 11.6% del presupuesto aprobado por la Cámara de Diputados en 2021 se destinará a producir hidrocarburos y sólo 1.1% a atender la mitigación y adaptación al cambio climático–aunque 75% de éstos serán para transportar gas natural, lo que genera gases que calientan a México y el planeta. Si nada cambia, México incumplirá sus compromisos en el Acuerdo de París: reducir 22% los gases de efecto invernadero y 51% de carbón negro, alcanzar un pico de emisiones en 2026 y disminuirlas a partir de ese momento, y generar 35% de su energía de fuentes limpias para 2024 y 43% para 2030.

Aun siendo tan optimistas como somos, sabemos que el tiempo no está de nuestro lado. Pero todavía se puede corregir el rumbo. En las elecciones del 6 de junio los mexicanos decidirán qué tipo de país quieren, y podrían votar por aquellas candidatas y candidatos que se comprometan a cuidar nuestros inmensos recursos naturales—para su beneficio, el de sus hijos, el de todos.
 
Por lo pronto, hoy, optamos por confiar en que los presidentes López Obrador y Biden superarán sus diferencias, cuando menos aquellas sobre medio ambiente, cambio climático y el papel crucial que la ciencia, los científicos y los ambientalistas desempeñan en buscar la prosperidad de nuestros dos países.

Hoy, cuando la humanidad enfrenta desafíos sin precedentes que impactan nuestra salud, economía y estructuras sociales y políticas, una alianza sólida entre México y Estados Unidos enviaría un poderoso mensaje de esperanza a sus ciudadanos y al mundo. Un mensaje de que, aun siendo vecinos tan distantes, podemos sumar esfuerzos por el bien común.
 

Científicos y ambientalistas

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