Tristes guerras, tristes armas, tristes muertos

Omar Vidal

Al pueblo valiente de Ucrania

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Cuando sueño con la guerra, nunca sueño con guerras mundiales. Cuando sueño con la guerra, siempre sueño con guerras entre vecinos, entre hermanos y hermanas, guerras civiles.

Cuando sueño con la guerra, sueño con conflictos más íntimos. Sueño con las guerras a las que más temo: las de las revoluciones en Francia, Estados Unidos, México, Rusia, India y Cuba. Sueño con las guerras civiles en China o Vietnam, entre Tutsis y Hutus en Ruanda, en Yugoslavia, en Irán, en Siria, en Nicaragua, en Colombia.

Cuando sueño con la guerra, sueño con poemas sobre guerras intestinas–La Ilíada de Homero, la Guerra infame de Li Po, A todos vosotros…de Pablo Neruda y ¡Pax!... de Rubén Darío.

Cuando sueño con la guerra, sueño con el bombardeo de Guernica un 26 de abril, hace 85 años–representado en el doloroso retrato de Pablo Picasso de la Guerra Civil Española.

Es la misma guerra que cantó el poeta Miguel Hernández (asesinado por la dictadura franquista cuando apenas tenía 31 años): “Tristes guerras si no es amor la empresa. Tristes. Tristes. Tristes armas si no son las palabras. Tristes. Tristes. Tristes hombres si no mueren de amores. Tristes. Tristes”.

Sueño con bocas abiertas atormentadas y lenguas afiladas de hombres, mujeres, toros y caballos que se muerden ellos mismos mientras gritan de dolor. Sueño con una madre y su hijo muerto arrojados a una calle vacía.

Cuando sueño con la guerra, vivo la Guernica de Picasso. Sueño con los restos de brazos y antebrazos cercenados—con manos y piernas dislocadas y abandonadas que se aferran a la espada rota y a la flor indefensa pero viva.

Sueño con el agonizante caballo de la pintura y la mujer que agarra la lámpara con su mano derecha. Sueño con los descalzos y los caídos. Sueño con la paloma de la paz con el ala derrotada y el pico abierto.

Y sueño con la brutalidad y la oscuridad, con llamas e incendio, con la rodilla caída, con los pechos colmados de la mujer que no amamantará a ningún niño. Sueño con el resplandor de la luz de la bombilla solar que desde el cielo atisba todo—mientras en la distancia, la flecha acechante trepa.

Y es entonces cuando me despiertan las pesadillas de mis amadas Colombia y México siendo desgarradas por el dolor insoportable de los centenares de miles de muertos que la violencia rabiosa y nuestros malos gobernantes, los de hoy y los de ayer, nos hacen cargar sobre nuestros hombros compartidos.

Por eso, cuando sueño con la guerra, sueño con guerras fratricidas. Sueño con guerras civiles que desnudan, exacerban y reproducen los desafíos primitivos que atormentan a una sociedad desesperadamente urgida de paz: desafíos como la pobreza, la inequidad, los golpes de estado, la represión, la violencia, la miseria, la muerte y el rencor—un vómito nauseabundo que la polarización genera entre compatriotas.

A esas guerras les temo más. Esas guerras me espantan, me apesadumbran, me desvelan, me hacen temer por mis hijos y los suyos. Esas son las tristes guerras de tristes armas y tristes muertos de Miguel Hernández.

Cuando veo las imágenes desgarradoras del sufrimiento que la brutal invasión rusa ha infligido a Ucrania, me inundan recuerdos de mis primeras lecturas rusas sobre la guerra: Doctor Zhivago de Boris Pasternak y Un día en la vida de Iván Denísovich de Aleksandr Solzhenitsyn. “Un estado en guerra sólo sirve como excusa para la tiranía doméstica", escribió Solzhenitsyn en su libro El Archipiélago Gulag, palabras de 1958-1968 que hoy hacen eco de la realidad.

Y entonces, ya no puedo dormir. No puedo dejar de ver la sangre correr, las esposas pronto viudas que llorando huyen cargando en sus brazos huérfanos rotos—los huérfanos de padres vivos que toman un arma y se quedan a luchar y morir por su patria en Ucrania.

No puedo dejar de ver las ciudades bombardeadas y las casas en llamas, los niños y las mujeres embarazadas abandonados a su suerte en las calles. No puedo dejar de ver las caras desoladas de los millones de refugiados que abandonan la patria para salvar la vida, pero que dejan todo lo demás atrás.

Y entonces cierro los ojos y sueño despierto, deseando que Vladimir Putin y sus cómplices criminales de guerra se desvanezcan a medida que enmudecen las sirenas que anuncian los ataques aéreos sobre Kyiv.


Científico y ambientalista

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