Llegó sin avisar. «Vengo a grabar», le dijo a Thorvald Pazos cuando le abrió la puerta de su estudio, ese día en que se conocieron, en 1998 o 1999. «Me vas a traer una foto para portada», le contestó. «Ta’ bien», respondió. Al día siguiente regresó con una foto de espaldas a la cámara y los brazos bien abiertos: «Es que, ve, ahí está mi público, todos sentados en el portal. Quiero que se vea mi público», remató.

«No, para este primer trabajo necesitamos que tú salgas chingón en la portada», le respondió Thorvald, vikingo oaxaqueño y creador del santuario de melómanos Konexion Musical, en el centro de Oaxaca. «Ah, bueno. Necesito otra foto, ahorita vengo», replicó Rey Oh Beyve. «Y que rápido me trae su foto, chingona, con botas, sombrero, guitarra y su pie derecho sobre un banquito».

A partir de ese momento trabajaron juntos cuatro años para cumplir el propósito de vida que este músico de la calle, seguro de sí mismo como ninguno, se había predestinado. «Soy libre de todos los vicios y soy alguien en quien se puede confiar –así lo certifica Colin Powell, general de Estados Unidos–, sobre todo para la tarea que me he propuesto, mi razón de existir: grabar cien casetes para las mil canciones que he compuesto, de a diez por casete», sentenció ese primer día.

Rey Oh Beyve, indígena zapoteco de Atepec («el cerro donde abunda el agua») partiste a Oaxaca de Juárez para trazar dibujos infantiles de casitas y monitos hechos de palitos y pelitos saliendo a aprender música y volando papalotes –me contó José el día que nací hace muchos años. Poeta maldito, enigmático, bigotón, atrevido, dividido e irreverente, compadre y cómplice zapoteca de Baudelaire y Rimbaud. Bendito trovador y volcán seductor, el que en la música abortó su inquietud del ser y no ser.

Rey Oh Beyve, con tus guitarras heridas, magulladas, parchadas y destempladas de cuatro o tres cuerdas –a veces de dos–, dejaste huella dolorida en la mitad de las almas en pena que por las calles de  deambulan. Canciones con dos o tres acordes y versos machacones, pero ¡desafinado, nunca! Armonías reyecianas que con tu voz aguardientosa escudriñan un dolor errabundo, repetitivo, de calle, sin límites, sin medida: el dolor del abandono, del olvido y la fragmentación al borde del abismo.

Reynaldo Bernardo Jiménez Velasco. Pastor de chivas, mercader del plástico allá arriba por Volcanes. La estrella de «Café Caliente», «Oaxaca», «Lluvia», «El Niño», «El mercado 20 de Noviembre» y de 995 éxitos más. El cantante que vestía trajes casi todos negros y siempre brillosos que él mismo se mandaba a confeccionar. El del sombrero estampado con animal print, botas, cinturón y camisa con botones de plata. El compositor más rápido del mundo.

Rey Oh Beyve. El Soundtrack: una película de balazos, madrazos y canciones. Portada del vol. 7 (disco compacto), 2003. Crédito: Thorvald Pazos
Rey Oh Beyve. El Soundtrack: una película de balazos, madrazos y canciones. Portada del vol. 7 (disco compacto), 2003. Crédito: Thorvald Pazos

Rey Oh Beyve, la cantada te surgió en tu adultez. A todo le cantabas: a la vida difícil, al blues, al amor, a los desamores. «Que bárbaro, muchachos. Es como si hubiéramos tocado toda una vida», les aventaste a esos músicos profesionales después de tu primera sesión de grabación. Estrella de amores esporádicos, toda la banda te conoce. Cantineros, señoras en el mercado, cargadores, prostitutas y meseros te recuerdan. A todos ofrecías trabajo. Repartías. A costureras del mercado que te hacían la ropa, las mismas que te confeccionaron esas servilletas para las tortillas con tu rostro como sudario que dibujaste en tu autobiografía. Autobiografía que luego vendiste en las esquinas, junto con tus casetes y discos compactos

Rey Oh Beyve, cómo tocabas mientras bailabas ¡Ea!, tu grito de guerra, con el que, envalentonado y perdonavidas, te abalanzaste sobre las almas distraídas y al infierno de tus dominios las conducías para venderles tus discos, con o sin música –dicen las malas lenguas. Como Dantes cabizbajos y sumisos detrás del poeta Virgilio te seguían.

Enajenado, deambulando por las calles, el 2 de abril pregunté por ti a los que se atravesaban en mi camino. Nadie cuerdo te recuerda, eres del mundo de los locos y los bohemios. Aunque pocos se atreven a admitirlo, inconscientemente todos te conocen por los golpes de tu guitarra contra la pared con que anunciabas tu llegada.

Rey Oh Beyve. Cantautor de portadas psicodélicas en una esquina beoda, hasta una cerveza en tu honor después hicieron. Trovador de mil canciones, titán de las calles y de la abdicación sin sometimiento. No ha nacido teporocho quien pueda juzgarte. Viviste en un universo paralelo que creaste y al que incorporaste todo lo que te rodeaba, lo real y lo imaginario, lo que eras y lo que anhelabas ser.

Ahí estás, vociferando melodías sin par, en el mercado 20 de noviembre en el corazón de la ciudad. Te acabo de ver, con tu guitarra, pensativo, entre La Violeta (tienda de plásticos y vidrios) y la cantina en donde la madrugada del 15 de diciembre de 2015 amaneciste muerto, sólo y frío. En la banqueta, envuelto en una colcha o debajo de cartones, mirado de reojo por paseantes indiferentes.

Rey Oh Beyve, llegué diez años tarde, ya te habías muerto en la calle atropellado, borracho, dicen. ¿En dónde quedaron tus huesos? ¿Arrastraste contigo a todos los demonios que en vida te acecharon? ¿A dónde fueron tus canciones y tus letras exquisitamente repetitivas? ¿En dónde quedaron tus ropas hechas a la medida, y tus botas y tu sombrero? ¿Te moriste o, como fue tu vida, nos jugaste una broma y sigues por ahí componiendo tonadas a la velocidad de la luz?

A la intemperie, a tus dominios, a ese mercado que tu mito alimenta de viva voz llegué con mi amada al atardecer. Blanquita nos mandó directo al Comedor María Alejandra, que alimenta a Oaxaca desde 1965. Buscándote a ciegas, el vidrio de una puerta con el dedo índice accidentalmente atomicé –absurda evocación de la Creación de Adán de Michelangelo. Y por ese soplo divino de vida, doscientos pesos pagué.

¡Ah! Seguro que una canción habrías compuesto, tú, quien, mientras los demás hacemos como que vivimos, compones una canción cada treinta segundos. Por eso te presentabas como «el compositor más rápido del mundo», certificado por científicos de todas las latitudes: franceses, españoles, japoneses, norteamericanos y rusos. No ha nacido aquel que pueda inventar música y letras a tu velocidad, al momento. Eres el monarca de la improvisación.

Rey Oh Beyve, después de que moriste tus canciones acompañan a los de abajo, a los olvidados, a los músicos, a los pintores, a los locos, a los científicos reconvertidos, a los indeseables. A todos les cantas, pero sólo los más irracionales te ven y te escuchan y te celebran y te añoran. Benditos los que pudieron comprarte tus casetes originales y tus autobiografías con dibujos.

«Después de unos años y 4500 casetes vendidos (a treinta pesos cada uno), le digo: “vamos a empezar a hacer compactos, ¿no?”», recuerda Thorvald. «Ah, sí, quiero compactos», le responde resuelto. Pasa el tiempo. «¿En cuánto estás vendiendo los compactos?» «Ah, pues, en doscientos o ciento cincuenta pesos». «¿Qué? No, no, Beyve, pero ¡cómo! ¿Cómo vas a vender a eso? A cincuenta pesos están bien». «¿Cómo crees, Thorvald? Si los de Juan Gabriel cuestan ciento cincuenta».

Siete grabaciones hicieron Beyve y Thorvald juntos y quinientos discos compactos vendieron. El último, una compilación de muchos de sus éxitos, se grabó en agosto de 2003 como El Soundtrack: Una película de balazos, madrazos y canciones, que se les quedó en el tintero. «De manera natural nos encontramos y de manera natural nos dejamos de ver», con melancolía recuerda Thorvald.

Rey Oh Beyve. El Soundtrack: una película de balazos, madrazos y canciones. Contraportada del vol. 7, 2003 Crédito: Thorvald Pazos
Rey Oh Beyve. El Soundtrack: una película de balazos, madrazos y canciones. Contraportada del vol. 7, 2003 Crédito: Thorvald Pazos

Rey Oh Beyve eres el único artista capaz de auto piratearte. «Mira Thorvald, esos casetes piratas son para la gente que no entiende el arte». Huiste del genterío, como esa vez frente a la catedral, artista de medio tiempo en esa marcha política, cuando dejaste solo y triunfante a El Pifas, músico y compositor del Istmo de Tehuantepec. «Bueno, Thorvald, ¿sabes qué?, voy a escribir mi autobiografía». Llevabas en la mano un cuaderno donde habías dibujado tu vida, a tus abuelos, tus papás, tu trabajo como niño en las minas y túneles de Atepec, en la Sierra Norte. Y caminaste en el monte y conociste al diablo.

Supe de ti por Luis Zárate, el oropéndola. Rey Oh Beyve y Macedonio Alcalá y Álvaro Carrillo y Chuy Rasgado y José López Alavés y Francisco Toledo y Rufino Tamayo. Oaxaqueños inmortales. ¡Ea! «Camioncito, camioncito, run run run» «Esa hormiguita te va a picar» «Lluvia, lluvia, lluvia» «Oaxaca, Oaxaca, Oaxaca»

Posdata. Cuenta Thorvald que, estando en un callejón con Héctor Díaz, reconocido músico, compositor y arreglista oaxaqueño, llega Rey Oh Beyve. Los presenta y entablan este diálogo:

«Ah, dicen que eres compositor», señala Héctor.

«Si señor, y, este, ¿tú en cuánto tiempo compones una canción», responde Beyve.

«Híjole, no, pues fíjese, es que es depende, pues no lo sé, para una canción, tres horas”. «No hermano, no hermano. Yo soy el compositor más rápido del mundo, en treinta segundos compongo una canción. Dame un título».

Agradezco, especialmente, a Thorvald Pazos por su generosidad para contarme sobre Rey Oh Beyve, a Patricia quien descubrió la clave de este relato y a Luis Zárate, José Vázquez y a las personas que encontré en la calle.

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