A EL UNIVERSAL, en su 107 aniversario.

Confieso que nunca he podido entender a las olas, y mucho menos entender a los vientos, las selvas, las aguas –a esa inseparable tetralogía de lo natural.

Vientos misteriosos y aguas borrascosas, polares, subterráneas que se evaporan y en gotas microscópicas caen como lluvia. Lágrimas que alimentan selvas incomprendidas, líricas, monzónicas, irrenunciables. Aguas recónditas que en sistemas circulatorios escurren como olas por las entrañas de la Tierra, aguas que sudan nuestros cuerpos y los de los demás seres vivos.

Las olas y el viento

Puerto Escondido, Oaxaca. (Copyright Omar Vidal)
Puerto Escondido, Oaxaca. (Copyright Omar Vidal)

Vientos, olas, unión libre matemáticamente perfecta de existencias alejadas de donde fueron paridas. Olas, vientos que regresan transformados y jamás serán los mismos. Amores moleculares que suben y bajan, crispan la atmósfera, las orillas, la inmensidad planetaria, la selva multicolor. Selvas secas, húmedas, sensuales, altas, bajas, montanas, frondosas, revolucionarias selvas climáticas que paralizan la luz solar, que sacian su sed lamiendo agua planetaria.

Olas fluidodinámicas de vientos que perturban equilibrios prístinos. Aguas cósmicas origen del Universo, cálidas, densas, estelares, periféricas. Las de la Vía Láctea, el Sol, Marte, Mercurio, Venus, Júpiter, Saturno. Nuestras sólidas, líquidas, gaseosas aguas terrestres. Nuestras saladas, ancianas aguas oceánicas en donde la vida germinó.

Olas, vientos, amores acuáticos volátiles, transitorios, tsunámicos, incondicionales. Selvas que tragan dióxido de carbono y escupen oxígeno. Junglas impenetrables que humildes nos vuelven en la inmensidad biológica planetaria. Bosques húmedos nublados con hojas anchas caducas que cobijan suelos ácidos someros, en donde torrencialmente llora el cielo para dar sentido a nuestra existencia líquida.

Oleaje que avasalla, no reposa. Vientos, olas flotadoras, olas liberadas, vientos obligados, olas y vientos litorales, crispados, espumosos, meridionales, africanos, asiáticos, latinoamericanos. Olas que sólo responden al impulso de la voluntad y pasión de sus vientos.

Vientos inasibles, indomables, trémulos, de longitudes de onda larga y vaivenes cósmicos. Olas líquidas, deformes, serpentinas, cadenciosas, origen de resacas que colisionan con barcos piratas a la deriva. Olas arrugadas, oscilantes, capilares que ensortijan a sus vientos. Yin y yang lunar, mareal, meteorológico, celestial. Aguas hidrotermales, cuencas y acuíferos, ríos, lagos, charquitos, humedales, cenotes, deltas y esteros que esculpen paisajes en este Planeta Azul al que, neciamente, insistimos en llamar Tierra.

Porque gracias a todas esas olas aguas vientos selvas estamos hoy aquí. Tetralogía de lo natural.

Selva que te quiero selva

Río Amazonas, Colombia. (Copyright  Visión Amazonía)
Río Amazonas, Colombia. (Copyright Visión Amazonía)

Selva libertaria. Verde que te quiero verde de Federico García Lorca. Selva sagrada de Yo soy aquel de Rubén Darío, selva de Tres nocturnos de la selva en la ciudad de José Emilio Pacheco, selva macondiana de Gabriel García Márquez y de Pablo Neruda el que con arrebatados versos de amor fecundó toda selva virgen. Aguas bautismales sopladas por Eolo para purificar nuestra existencia santa. Selva bendita símbolo del inconsciente colectivo, la hondura, lo inexplorado, selva que apacigua nuestra obsesiva piromanía de lo natural.

Ley de la selva, selva de tigres. De símbolos y sombras de El otro tigre de Jorge Luis Borges y del tigre y la pantera que acechan y cuidan a Mowgli en el Libro de la selva de Rudyard Kipling. Selva del caucho y minas de oro de la Orinoquía venezolana y la Canaima amarga de Rómulo Gallegos. Selva del tigre de reluciente incendio de William Blake y brujos amazónicos que leen las estrellas con o sin ayahuasca. Selva de nuestro amado Tigre perruno que junto a los suyos hasta la eternidad descansa en casa entre yacas y aguacates.

Olas alborotadas, vientos salvajes que con rumbo predestinado empujan trotamundos a conquistar ciudades o dunas. Olas frenéticas que sólo atrapadas en lagos pueden deambular sin rumbo, sin alardear no saber a dónde ir. Selva empapada de amantes nocturnos que anhelantes se fugan para ser devorados en La vorágine de José Eustasio Rivera –una de las novelas favoritas de mi madre, sólo después de María de Jorge Isaacs y la Montaña mágica de Thomas Mann.

Vientos, olas rojas primitivas, cráteres, ríos océanos marcianos, olas lentas, titánicas, labradas por la presión atmosférica y la eterna fuerza de los vientos que con amor arrabalero le bufan al agua. Selva de morichales venezolanos repletos de palmas moriches, de lazos de plata y esmeraldas rizos como cayucos en selvas anidadas por erizos de Lope de Vega –a quien, Pedro Pablo, mi profesor de literatura, nos forzaba a leer a tierna edad.

Ártico, Pacífico, Atlántico, Índico, Antártico, todos los mares. Aguas dulces que dormitan en los polos, aguas libres que surcan depósitos subterráneos, ríos, suelos, atmósferas. Vientos, olas sonoras que resbalan bajo barcos hundidos, pangas arrecifales y remos en cualquier manglar, vientos de olas, vientos de valles de crestas bullentes y estratovolcanes humeantes que –como el Popocatépetl– de cuando en cuando nos asustan.

Olas superficiales, volátiles, vientos submarinos, abisales.

Papagayos parlantes que mecen el pecho germinal del bardo druida con la selva por diosa y por querida en El son del corazón de Ramón Pérez Velarde. Selva de ni a las palomas de tu selva diste en Ten piedad de mí de Jorge Isaacs. Selva jardín del Edén de Sumaumeiras, orquídeas, ollas de mono, palos de rosa, palmas librepensadoras, chuchuhuasa.

Aguas corrientes, comunes, adhesivas, capilares, geométricas, cristalinas no lineales. Caprichosas, alucinantes aguas incoloras que a nada huelen, a nada saben. Aguas desconocidas que ebullen, se rebelan, absorben nuestro calor, regulan nuestro clima, repelen campos magnéticos, sosiegan nuestras tristezas. Olas que perseveran por la energía de ventarrones que las presionan enloqueciendo sus menudos cuerpos sensuales. Menos los tsunamis que sólo existen porque la tierra retiembla.

Selvas fotosintéticas asediadas, quemadas, taladas, sufridas, lloradas, violadas cada día. Todas nuestras benditas selvas, mancilladas por el macho en turno.

Selvas Maya y Lacandona agraviadas por la ignorancia y la soberbia. Selvas centroamericanas acorraladas, selvas amazónicas perseguidas, selvas hostigadas del Pantanal, Yungas, Gran Chaco, Mata Atlántica. Selvas africanas acosadas en la Cuenca del Congo, selvas sacrificadas de Asia Pacífico. Basales, aluviales, nimbosilvas, riparias, de vientos alisios, selvas magallánicas. Exuberantes, marañosas, medicinales, misteriosas selvas ecuatoriales. Isotérmicas, multicromáticas, selvas caducifolias abandonadas por sus hojas cuando para de llover.

El silencio del agua

Provincia del Cabo oriental, Sudáfrica (Copyright Angus Burns WWF SA)
Provincia del Cabo oriental, Sudáfrica (Copyright Angus Burns WWF SA)


Aguas congeladas del Monte Everest, aguas ardientes de la Fosa de las Marianas, aguas sonoras en las que enamoradas leviatanes cortejan a las estrellas cantándole al infinito en fa sostenido.

Aguas que limpian, lubrican, nivelan electrolitos controlando nuestra presión sanguínea, amortiguando nuestros órganos, protegiéndonos del frío. Aguas que reímos, aguas que nos lloran cuando nacemos y morimos, que humedecen nuestros ojos, bocas, pasajes nasales ayudándonos a respirar. Olas, aguas caribeñas del Mar de Cortés, el Pacífico Norte, el Atlántico Sur, el Océano Índico, el Mar del Norte y el Golfo Pérsico. Olas y vientos lusitanos, noruegos, mediterráneos, australes, de archipiélagos indonesios unidos en la diversidad.

Aguas de tardes amazónicas y lacandonas diluvianas, amaneceres adriáticos desnudos en Roving con Pista y Pisto. Ancianas brisas de Cuatrociénegas, las islas Tiburón, Gorgona, San Pedro Nolasco, Galápagos, Australia, Madagascar, Lamu. Amor del viajero en Buenaventura y Juanchaco con Chucho y Huguito. Olas, vientos colombianos mexicanos, de cualquier lado. Agua, ente etéreo que no muere, se transforma, precipitándose, evaporándose, transpirándose, llorándose, bebiéndose. Aguas que regresan a la mar. Las mismas aguas que sacian nuestra sed brutal.

Selvas que desde un cielo azul y copas de árboles gigantes vigilan su piso tapizado de helechos, musgos, hongos para trepar triunfantes como lianas germinadas a ras de suelo. Selvas bacterianas, protozoarias, artrópodas, anfibias, reptilianas, pajareras, mamíferas. Selvas iluminadas en tinieblas, selvas oscuras, selvas que avasallan dominios desérticos.

Vientos, olas oscilatorias que irradian energía. Olas, vientos que rompen en mil pedazos liliputienses. Hasta que la resaca natural les consume y regresan para fundirse instantáneamente antes de reiniciar esa ondulante senda y continuar soplando y oleando. Selvas freáticas en donde la biodiversidad terrestre a diario nace y muere. Selvas hogar de pueblos indígenas, sus legítimos dueños, nuestros pasados, nuestros futuros.

Selva que te quiero selva. Morada de caobas, caucho, kapok, guanábana, canela, dipterocarpos y el angelim vermelho de 88 metros de altura, diez metros de circunferencia y la mitad de un milenio de edad. Hogar de mariposas, gorilas, tapires, tigres, delfines rosados, jaguares, caimanes, perezosos, cacatúas, ranas, orangutanes, hormigas, aluxes y el cuscús ursino de la isla de Célebes.

Olas profundas, olas mareomotrices. Vientos superficiales, vientos eólicos. Olas, vientos, marejadas, ciclones. Todos son vientos presentes, todas son olas ausentes. Olas que acarician la orilla desgreñándose entrelazadas con los vientos hasta desvanecerse en cualquier mar.

Vientos, olas de pleamares y bajamares nacidas de la atracción gravitatoria de la Luna y el Sol. Olas difractarias, refractarias, meditabundas, sombras geométricas que se desvían, se escurren por diminutas rendijas temporales. Olas chicas que edifican, olas colosales que destruyen. Vientos, todos los vientos de nuestros tiempos. Selvas negras coloreadas, selvas sonoras silenciosas, sinfonías de biomasa femenina. Selvas incondicionales que nos alimentan, nos arropan, nos sanan. Selvas madres de todos.

Olas que mueren en playas remotas de puertos escondidos dejando los recados que en otros mares sus vientos al oído les confiaron.

Aguas, vientos, selvas, olas amazónicas en donde comprendí qué significa la biodiversidad y la comunidad río, en donde la alucinógena ayahuasca perfeccionó a las afrodisíacas cumaceba y huacapú. Sobrecaminadas aguas secas del delta semimuerto del río Colorado. Aguas cenicientas del río Ganges en cuya orilla, Varanasi, reencontré un portal a la vida y a la tragedia humana.

Aguas colombianas gloriosas del río Suárez, las que de niño me salvaron de una muerte silenciosa y después de haber resucitado aprendiendo a leer a mano las heladas lápidas de un cementerio en Moniquirá –ese pueblito viejo consentido de calles pequeñitas que me vio nacer.

Mis olas, sus vientos, sus selvas, mis aguas.

Varanasi, Río Ganges, India (Copyright Omar Vidal)
Varanasi, Río Ganges, India (Copyright Omar Vidal)


Omar Vidal es autor de “Ensayos sobre naturaleza y una canción marina-crónica del viaje de un colombiano por México”, publicado en junio de 2023 por Grañén Porrúa Grupo Editorial.



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