«Si no estás en la mesa, estás en el menú»
Mark Carney, primer ministro de Canadá
México abdicó de su liderazgo político regional y global. No hay otra manera de decirlo. Un liderazgo imperfecto que muchas veces fue candil de la calle y obscuridad de la casa, pero que contribuyó a forjar un nuevo orden en las relaciones entre las naciones antes y después de la Segunda Guerra Mundial.
Un liderazgo que, con subidas y bajadas, se fraguó durante muchas décadas en los ámbitos político, social, económico, salud y medio ambiente. Al que, de una manera u otra, contribuyeron todas las fuerzas políticas. Sin embargo, hoy México parece resignado a mirarse el ombligo ante un mundo que transita hacia un nuevo orden a una velocidad vertiginosa. Un orden cuyas reglas y arquitectura son todavía impredecibles, pero de cuyo diseño inicial nos hemos marginado por decisión propia.
Desde principios del siglo 20, con Francisco I. Madero, México propuso que la solución política de los problemas nacionales pasaba por una solución política de los problemas internacionales. Condenó invasiones y se unió a bloqueos económicos, como el de la Liga de las Naciones contra Italia por invadir a Etiopía en 1935. Rechazó el fascismo, condenando la anexión de Austria por la Alemania nazi en 1938 y, en 1939, reconociendo al gobierno polaco y al gobierno republicano español (los dos en el exilio), y reprochando la invasión soviética de Finlandia. México jugó un papel significativo en la política internacional en el marco de la ONU y en la Guerra Fría. Y con el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (1994) redefinió su relación con Estados Unidos.
Ese era el México que alzaba la voz, el anti intervencionista, el que ayudaba a solucionar conflictos a través de la negociación: el México que inspiró a millones de latinoamericanos.
En marcado contraste, hoy, después de cuatro años de la invasión rusa y los 500 mil-600 mil ucranianos muertos, heridos y desaparecidos (y los 1.2 millones de soldados rusos muertos), México se niega a condenar inequívocamente a Rusia y a su dictador Vladimir Putin. Mientras que, desde hace siete años, nuestro gobierno ha arremetido contra las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos.
Aduciendo una afinidad ideológica mal entendida y escudándose en un discurso acomodaticio sobre la “autodeterminación de los pueblos”, México sigue jugando el penoso papel de comparsa de regímenes autoritarios en América Latina. En Cuba, Venezuela y Nicaragua; pero también más recientemente en Honduras, Perú, Bolivia y Ecuador –abierta o subrepticiamente–, el gobierno mexicano ha condonado regímenes represivos o autoritarios que maltratan a sus pueblos. Y, al hacerlo, nos convertimos en cómplices de sus miserias.
Desde hace siete años, en particular, la política exterior mexicana nos ha relegado a «no estar en la mesa, sino a estar en el menú», parafraseando a Mark Carney, primer ministro de Canadá, en su discurso de enero pasado ante el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. La decisión del expresidente y la continuidad que le ha dado la presidenta a esa inexplicable política de no participar personalmente en reuniones de jefes de Estado y de gobierno –y en muchos otros foros internacionales clave, como las negociaciones para enfrentar el cambio climático–, han marginado a México de la agenda global. Nos autoexcluimos de jugar en las ligas mayores en temas políticos, económicos y ambientales, con costos inmensos: oportunidades desaprovechadas para forjar acuerdos, alianzas y agendas conjuntas que nos beneficien.
Hoy somos espectadores pasivos, casi irrelevantes, que desde una visión provinciana y aislacionista y con la consabida excusa de la no intervención (la Doctrina Estrada de 1930), estamos paralizados en momentos en que se están gestando reacomodos geopolíticos como parte de un nuevo orden mundial que tendrá implicaciones aún impredecibles. Y, para colmo, nuestras embajadas y consulados se han convertido en premios a políticos impresentables, ya sea por servicios al régimen en turno o para darles un retiro de parias intocables. ¿En dónde quedó el legendario servicio exterior mexicano?, muchos hoy nos preguntamos.
Tal vez lo más trágico sea que nos hemos transformado en ese oscuro objeto del deseo de la nueva “Doctrina Donroe”. De esa mezcla de la Doctrina Monroe de 1823 (“América para los americanos”) y las políticas intervencionistas de Donald Trump, que reafirman la influencia de Estados Unidos en América Latina mediante acciones militares directas que violan el derecho internacional. Mientras que ni vemos ni escuchamos a nuestros paisanos que residen al norte del río Bravo –con o sin papeles migratorios–, pero hipócritamente presumimos como un gran logro los 62 mil millones de dólares, o 3.5% del producto interno bruto nacional, que de ellos recibimos de remesas en 2025 (en comparación, Pemex aportó 3% del PIB).
A México le urge una política exterior inteligente que le permita ser un actor relevante en el diseño del nuevo orden mundial. Esto demanda liderazgo y la participación de todas las fuerzas políticas, de la iniciativa privada y de la sociedad en su conjunto. Una política con la que aprovechemos nuestra cercanía con Estados Unidos y seamos socios sin poner en riesgo nuestra soberanía; pero que también nos integre política y económicamente con América Latina y el resto del mundo. Por supuesto que no será fácil, pero la realidad nos ha demostrado que no podemos seguir ocultando la cabeza en la arena como los avestruces.

