Marte en la Tierra

Omar Vidal

Hoy, Mercurio, Júpiter y Saturno se alinean con la Luna. 
 
Las imágenes de Marte compartidas recientemente por la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) de Estados Unidos y la Administración Nacional del Espacio de China me llenaron de emoción, orgullo y esperanza. Nos demuestran, una vez más, que no hay preguntas demasiado difíciles, ni fronteras demasiado distantes para la ciencia y la tecnología. El colorido de sus paisajes y los sonidos del viento marciano me hicieron soñar con visitar ese planeta rojo parduzco algún día. No me importa que esté tan lejos, que parezca desértico, polvoriento, frío y que todos sus volcanes se hayan muerto.   
 
Los valles de Marte parecen mares surcados por olas pequeñas como rizos. Cordilleras y miríadas de cráteres con formas y bordes alucinantes. Marte, terrenos polvorientos, viscosos, serpentinos, con dunas achocolatadas moldeadas por vientos caprichosos durante miles de millones de años. El viento marciano tiene ecos planetarios. Es un cuerpo celeste acompañado por dos hermanos lunas gemelos—Phobos y Deimos—hijos de Marte, el dios de la guerra, y Afrodita, la diosa del amor.  
 
El Planeta Rojo está a 228 millones de kilómetros del Sol alrededor del cual gravita. A más del doble de la distancia entre nuestra Tierra Azul y esa estrella llena de gases calientes que mantiene a nuestro sistema solar unido, a sus planetas bajo control. Marte: el planeta en donde un año—el tiempo que tarda una órbita completa alrededor del Sol—dura dos años terrícolas. Marte, en donde yace el volcán muerto más grande del sistema solar.  
 
La noticia triste, por lo menos para nosotros, es que 96% de la atmósfera de Marte es dióxido de carbono; lo que implica que, muy probablemente, los humanos no podamos vivir allá jamás. Qué lástima. 
 
En parte por su parecido con Marte, algunas regiones de la Tierra han fascinado a los científicos por mucho tiempo. Regiones como la Antártida, Arizona, Hawái, el noroeste de México y el Desierto de Atacama en Chile. Uno de esos lugares, mi favorito, está en el Desierto Chihuahuense: el maravilloso Valle de Cuatrociénegas. El Chihuahuense es el desierto más grande de América del Norte y uno de los más biodiversos del mundo—junto al Desierto Sonorense en México y Arizona. El Desierto Chihuahuense se extiende más de 600 mil kilómetros cuadrados en los estados de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Durango, Zacatecas, San Luis Potosí, Arizona, Nuevo México y Texas. Es un desierto que no reconoce fronteras geopolíticas artificiales trazadas por los humanos.  
 
Esas imágenes marcianas de la NASA me transportaron a Cuatrociénegas, un valle incrustado en Coahuila a 740 metros sobre el nivel del mar, entre la Sierra Madre Oriental y la Sierra Madre Occidental. Un lugar mágico que parece más marciano que terrícola. En donde en un atardecer rojo caminé entre dunas blancas de sulfato de calcio hidratado, yeso bañado hace millones de años por el primitivo Mar de Tetis. No muy lejos de donde, años atrás, fueron encontradas las huellas de las mujeres y hombres que caminaron esta región hace más de 10 mil años. Tetis, ese mar arcaico que honra a la diosa, hermana y compañera de Oceanus; juntos engendraron incontables ríos y lagos.   
 
Estromatolitos silenciosos pululan en los centenares de pozas azules casi marcianas de Cuatrociénegas. Son formas primitivas de vida bacteriana que parecen arrecifes de alfombras bereberes marroquíes y que alguna vez dominaron los océanos. Son la evidencia fósil más antigua de vida microbiana, posiblemente los primeros organismos vivos que exhalaron oxígeno a nuestra atmósfera. Si no fuera por ellos, los animales, incluyéndonos a nosotros, tal vez nunca hubieran evolucionado en la Tierra. Los fósiles más antiguos de estromatolitos son de Australia y tienen 3,500 millones de años. Cuando eché un vistazo a las pozas llenas de estromatolitos de Cuatrociénegas me invadió el sentimiento sublime de estar mirando a otro mundo.  
 
No es casualidad que la NASA se haya enamorado a primera vista del Valle de Cuatrociénegas. Juntos, científicos mexicanos liderados por la Dra. Valeria Souza de la UNAM y la NASA, han estudiado la geología y la vida de este lugar durante dos décadas. Es el valle que mi amiga Valeria describe como "una máquina ecológica del tiempo, un oasis de microbios en el desierto, el ombligo del planeta, un mundo perdido". Cuatrociénegas es un lugar en la Tierra en donde podemos estudiar astrobiología—esa disciplina científica que investiga el origen y la evolución de la vida extraterrestre en el universo.  
 
A diferencia de Marte, en donde no parece existir la vida tal y como la conocemos, en Cuatrociénegas reina un extraordinario ensamblaje de diversidad biológica. El endemismo de especies en esas 84 mil hectáreas que forman el Área de Protección de Fauna y Flora de Cuatrociénegas sólo se compara con las Islas Galápagos. Predominan plantas como la lechuguilla, la cucharilla, la candelilla, la siempreviva, el ocotillo, el sangregado, el saladillo, el té mexicano y el mezquite. Hay también muchas especies de fauna y flora en peligro de extinción, como la biznaga partida amacollada, la carpa, la perca, la mojarra, el cachorrito, la tortuga de concha blanda negra, la culebra encapuchada mexicana, el castor, el puerco espín, el oso negro, el tlalcoyote y la zorra norteña.   
 
Hoy, el vehículo Perseverance explora en Marte un antiguo y gigantesco lago conocido como Jezero, que ahora está seco y polvoriento. Con cada vez menos y menos agua disponible a medida que agotamos los acuíferos que las alimentan, las pozas de Cuatrociénegas también se desvanecen poco a poco. 
  
Sabemos mucho sobre Marte, gracias a los meteoritos marcianos que han llegado a la Tierra, a nuestros telescopios y a las imágenes obtenidas por las naves espaciales que han visitado este planeta. Sabemos mucho más del fascinante Valle de Cuatrociénegas, gracias a las largas caminatas, colectas detalladas, experimentos y a las incontables noches en vela de científicos como Valeria Souza. Conservemos este mundo perdido para nosotros y para otros acompañantes con quienes tal vez algún día naveguemos en la inmensidad del universo.  

 

Científico y ambientalista. 
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