Mágica Oaxaca

Omar Vidal

Cuenta la leyenda que un pastor encontró un lirio en el hoy San Agustín de las Juntas, cerca del aeropuerto de Oaxaca. Excavando la flor de raíz descubrió la cabeza decapitada de la princesa zapoteca Donají. Esta hermosa cabeza real es hoy el escudo de la capital del estado

Tierra mágica habitada por gente mágica en donde se entrelazan las geografías de la lengua y la biodiversidad, envolviéndose y nutriéndose la una en la otra por milenios. Evolucionando juntas mientras comparten los mismos espacios y los mismos desafíos–animados e inanimados–que enfrentamos hoy para salvar este planeta azul. Una comunión humanos-naturaleza tan estrecha que los zapotecas, la Gente de las Nubes, creían que descendían de las rocas, los árboles y los jaguares. No tengo la menor duda de que así fue.

Esta tierra es Oaxaca, la hija cósmica de una enredada historia geológica que esculpió símbolos arquetípicos en su topografía y en la mente de su gente, moldeando ilimitadas gamas de paisajes desde la costa Pacífica, pasando por selvas secas, matorrales y bosques templados de pino y encino, y ascender victoriosa por los bosques de niebla hasta alcanzar el Cerro Nube, a 3,720 metros sobre el nivel del mar.

Es la tierra de la princesa mixteca Tres Pedernal, la encarnación de los valores de las mujeres indígenas del México antiguo. Tierra en donde reposan Los Chimalapas (“jícara de oro” en lengua zoque)–ese imponente medio millón de hectáreas enclavadas en el corazón del Istmo de Tehuantepec y que alojan las últimas selvas tropicales vírgenes de México.

Oaxaca es el resultado exquisito de bendiciones naturales que alientan la radiación adaptativa, la especiación y una extraordinaria mezcla de fauna y flora que se han fundido, elegantemente, con pueblos indígenas y lenguas. Es huaxyácac (“en la nariz de los guajes” en náhuatl), un árbol nativo de flores blancas y vainas rojas y verdes (los tres colores de la bandera mexicana cuando la bandera no existía) que esconden apetitosas semillas. Hace siglos, cuando los españoles llegaron, llamaron a esta tierra Guajaca, Segura de la Frontera, Tepeaca y Antequera; pero el náhuatl triunfó sobre el castellano y hoy continúa llamándose orgullosamente Oaxaca.

Durante diez mil años los pueblos originarios oaxaqueños se han esparcido y prosperado en ambientes naturales que cautivan. Zapotecos, mixtecos, mazatecos, mixes, chinantecos, chatinos, triquis, cuicatecos, huaves, chontales, amuzgos, chochos, nahuas, ixcatecos, zoques y popolocas, así como afro-mexicanos, mestizos y españoles, conviviendo en esta nariz tricolor de guajes.

En Oaxaca hay más de 4,000 comunidades indígenas que hablan 157 lenguas (43% de las lenguas mexicanas) y más de 8, 400 especies de plantas (40% de la flora mexicana) y 4, 540 especies de animales (la mitad de los vertebrados y 19% de los invertebrados del país), convirtiéndolo en el estado más diverso bioculturalmente de México. Cardonales, tetecheras, popal, carrizal y ceibas; orquídeas, palos mulatos y ahuehuetes; mariposas, tortugas marinas, cocodrilos y jaguares, tepezcuintles, cacomixtles y nauyacas venenosas, sapos gigantes, chivizcoyos y chachalacas.
Por eso Oaxaca es un tesoro biocultural planetario.

Y por eso también no existe gastronomía como la oaxaqueña–siete moles multicolores, caldo de piedra y estofado de boda de Ixtaltepec, tlayudas, tamales y caldo de gato, chapulines, escamoles, gusanos de maguey y hormigas chicatanas, chiles rellenos de sardinas, nenguanitos, pozonque, memelas y pan de muerto.

Y, para calmar la sed alcohólica y no alcohólica de todos, Oaxaca nos ofrece 77 elíxires tradicionales–más de 15 fermentados, 35 a base de maíz y 10 a base de cacao. Brebajes que Salvador Cueva y Ricardo Bonilla, después de recorrer las ocho regiones de Oaxaca (Sierra Sur, Valles Centrales, Sierra Norte, Costa, Cañada, Mixteca, Istmo y Papaloapan), documentaron en su libro “Bebidas de Oaxaca”. Incluyeron mezcal (Amores es mi predilecto), tepache, aguardiente, popo, pulque, champurrado, chile atole, bu’pu, pinole, aguas frescas de chilacayota, horchata, chía, chicozapote y muchas más.

Oaxaca está dividida en más de 11,000 comunidades localizadas en más de 570 municipios, 418 gobernados bajo el sistema de usos y costumbres. Poblaciones como Espinal, Santo Domingo Tehuantepec, Juchitán, Puerto Escondido, Huatulco, Mitla, San Juan Bautista Tuxtepec, San Pedro Pochutla, San Bartolo Coyotepec, Miahuatlán de Porfirio Díaz y Teotitlán (Entre las casas de Dios en náhuatl) de Flores Magón maravillan a propios y extraños.

Oaxaca es tan pero tan querida que hasta las almas de los muertos resuelven quedarse después de que sus cuerpos se han marchado. De hecho, cada 2 de noviembre, el Día de Muertos, las almas de aquellos muertos que nacieron en Oaxaca deambulan por cementerios y calles y pueden revelarse a los vivos—incluyendo sus más famosos pintores, escritores, músicos y cantantes, presidentes, dictadores y periodistas anarquistas. Pero sólo se muestran a los vivos que son creyentes.

Si está usted en Oaxaca un 2 de noviembre y camina por las calles de noche, podría encontrarse con las almas de los dos pintores oaxaqueños más célebres y queridos—Francisco Toledo (seguramente escoltado por sus animales mágico-eróticos), quien luchó (y triunfó) contra la instalación de un McDonald’s en el zócalo de Oaxaca; y Rufino Tamayo, a quien verá cargando su mural El Día y la Noche, que simboliza la lucha entre el día (la serpiente emplumada) y la noche (el tigre). Y tal vez se encuentre con las almas de los escritores José Vasconcelos y Andrés Henestrosa; pero ellos sólo se le revelarán si ha leído al menos uno de sus libros.

Le gusten o no su música y sus voces, se encontrará las almas del violinista-pianista Macedonio Alcalá interpretando su vals Dios nunca muere, himno de facto de Oaxaca, y de Álvaro Carrillo, Chuy Rasgado y José López Alavés entonando Sabor a mí, Naela o Canción Mixteca; esta última la nostálgica oda de todos los migrantes mexicanos:

¡Qué lejos estoy del suelo donde he nacido!
Inmensa nostalgia invade mi pensamiento;
y al verme tan solo y triste cual hoja al viento,
quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento.
Oh, Tierra del Sol, ¡suspiro por verte!

Y si le importan los derechos de los pueblos indígenas, podría encontrarse con el alma de Benito Juárez, Benemérito de las Américas. Nacido en San Pablo Guelatao de padres zapotecas, como presidente de México luchó por las mejores causas, incluyendo la separación entre Iglesia y Estado, la libertad de prensa y la subordinación del ejército a la autoridad civil–causas por las que hoy los mexicanos aun continuamos luchando con firmeza.

Y si usted es de los que asumen riesgos, puede también deambular, preferiblemente a medianoche, por el Cerro del Fortín. Tal vez tenga la oportunidad de enfrentarse, cara a cara, con el alma de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, el político-militar-presidente-convertido en dictador que por treinta años y ciento cinco días gobernó a México. El General Díaz, sin duda andará de prisa, perseguido por sus férreos opositores, las almas de los tres hermanos Flores Magón, precursores de la Revolución Mexicana y quienes estarán voceando su periódico anarquista Regeneración.

Pero, si sólo decide caminar por Santo Domingo—ese templo barroco sin igual construido por los perseverantes frailes dominicos a mitad del siglo 16—escuche la canción que cuenta la triste historia de un enamorado joven zapoteco despidiéndose de su esposa, quien llora a mares cuando su amado es arrastrado a la muerte por los vientos de la Revolución Mexicana:

Salías de un templo un día,
Llorona cuando al pasar yo te vi.
Hermoso huipil llevabas Llorona,
que la Virgen te creí.

Dos besos llevo en el alma, Llorona
que no se apartan de mí,
el último de mi madre, Llorona
y el primero que te di.

Y, si realmente es su día de suerte, tal vez hasta pueda escuchar a las cinco colibríes vivas de Oaxaca–Lila Downs, Natalia Cruz, Martha Toledo, Alejandra Robles y Susana Harp–cantándole a vivos y muertos estos versos de La Sandunga:

A orillas del Papalopan me estaba bañando ayer,
pasaste por las orillas y no me quisiste ver.
Ay Sandunga, Sandunga mamá por Dios,
Sandunga no seas ingrata, mamá de mi corazón.

Todo esto es verdad, aunque usted puede optar por no creerlo.

Pero, si desea ver el universo en movimiento venga a Oaxaca el 16 de julio y quédese los dos lunes siguientes. Son Los Lunes del Cerro—ritos prehispánicos de adoración y pedimento a Centéotl, la diosa protectora del maíz, una celebración que culminaba con el sacrificio de una doncella que representaba a la diosa. Ritos que muchos años después se transformaron en la Guelaguetza–esa maravillosa ofrenda zapoteca para agradecerles a los dioses agrícolas por las cosechas, y en la que todos, ricos y pobres, participan sin distinción de clases.

La Guelaguetza termina con La Danza de la Pluma, en la que el danzante principal (el sol) se mueve en círculos para hablar con los otros danzantes (los cuerpos celestes) y los movimientos diagonales representan el solsticio de invierno y los movimientos paralelos el equinoccio de primavera. Como le dije, el cosmos en movimiento.

Hace treinta y tres años, un 23 de diciembre de 1988, llegué a Oaxaca por primera vez. Era Noche de Rábanos, día del Mercado Navideño, cuando los artistas locales exponen las figuras que amorosamente han esculpido en rábanos. Parece que fue ayer cuando deambulaba por las calles de Oaxaca de Juárez, joven y solo, devorando febrilmente una infinidad de animales, humanos y otras exquisitas figuras multicolores forjadas con preciosos especímenes de Raphanus sativus, que artistas que no conocía me regalaban al pasar.

Parece que fue ayer cuando me guarecí en esa iglesia fría y lúgubre, me senté cómodamente cerca de la pila de agua bendita y caí en cuenta de que acababa de llegar al lugar más mágico de la Tierra.


Dedicado con respeto a Josefina y a otras mujeres zapotecas de cabeza blanca y corazón rebelde, quienes me iniciaron en la magia del Istmo de Tehuantepec y cuyos familiares remotos vivieron allí hace diez mil años.

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