El Golfo de Santa Clara y las fiebres del oro

Omar Vidal

No hay otro lugar en la Tierra donde los pelícanos tienen una linterna incrustada en la frente y vuelan bajo iluminando la noche de los pescadores van a recoger sus redes y revisar sus anzuelos antes de que salga el sol. Me lo contó mi compadre, un pescador de El Golfo de Santa Clara, Sonora y no dudo que sea verdad.  
  
Y no hay otro lugar en este planeta donde un pez reina emerge del mar, aguanta la respiración varios minutos, escala medio metro de playa cuando la marea más alta desciende y se entierra para poner huevos. Me lo contó mi profesor, un ictiólogo de Tucson, Arizona, a quien también le creo. Hasta diez machos se enrollan alrededor de una hembra para asegurar la fertilización, mientras expulsan sus espermatozoides. 
  
Es el pejerrey, uno de los dos únicos peces del mundo que saltan del agua para cumplir con este exótico ritual reproductivo–el otro es su primo, otro pejerrey que sólo vive en California, esa extensa costa dorada que antes era mexicana, pero que ahora es estadounidense.  
  
En El Golfo de Santa Clara el pejerrey celebra un furioso bacanal playero de dos horas, una concurrida festividad en la que participan más de 350 peces por metro cuadrado. Esto ocurre inmediatamente después de la luna llena y la luna nueva, de enero a marzo, año tras año. Desde siempre. Mientras miles de aves de más de treinta especies enloquecen en una comilona de peces y huevecillos reales–gaviotas, cormoranes orejudos, gallitos marinos, charranes, pelícanos y playeros rojizos y blancos que dependen del desenfrenado y exitoso desempeño reproductivo del pejerrey. 
  
El Golfo de Santa Clara es el lugar más importante de México donde las aves playeras migratorias primaverales se reaprovisionan de energía antes de volar de regreso al norte.  
  
El mismo lugar donde conocí al Pipilo, el Peludo y a muchos otros pescadores. Allí nacieron y viven mi compadre el Chiruli y mi ahijado Macario, a quienes he descuidado, pero no he olvidado. Donde, hace muchos años, el Wafles, el Charly y muchos otros apasionados estudiantes sin apodo fueron iniciados en ese extraño oficio de buscar el conocimiento científico. 
  
Esa cálida y húmeda axila del Desierto Sonorense, entre la Península de la Baja California y Sonora—donde el majestuoso río Colorado alguna vez vació las aguas de la nieve derretida de las Montañas Rocosas. El río cuya desembocadura secaron esas jodidas represas en Estados Unidos. El mismo río que, hace 173 años, fluía por casi la mitad de México–Colorado, Utah, Arizona, Nevada y California–hasta que nuestro vecino del norte nos la quitó en 1848. Estados Unidos ya nos había arrebatado Nuevo México y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma—un total de dos millones de kilómetros cuadrados que se sumaron a Luisiana, comprada a Napoleón, y a Florida, cuyos derechos de propiedad les cedió España.  
  
El Alto Golfo de California es tierra de ciénagas, bahías, playas, esteros, dunas y un delta moribundo enclavados entre un desierto amarillo, un mar bermejo y los cielos azules de la Reserva de la Biosfera del Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado. Forma parte de las islas y áreas protegidas del Mar de Cortés, uno de los 53 extraordinarios sitios de patrimonio mundial que la UNESCO considera en grave peligro.  
  
Tierras encantadas bautizadas para honrar a santas y a santos–El Golfo de Santa Clara y San Felipe–en una región que los europeos exploraron por primera vez hace 340 años, por el Padre Eusebio Kino, quien pronto será canonizado. Dos pueblos pesqueros que fueron iniciados por aventureros intrépidos y que han sobrevivido a noventa años de soledad y la barahúnda de las recurrentes fiebres del oro marino. Episodios periódicos de la pesca legal e ilegal de totoaba, tiburones y mantarrayas, camarones, curvinas, chano, sierras y pepinos de mar–responsables del nacimiento, el apogeo y la decadencia de El Golfo de Santa Clara, ahora hogar de cuatro mil mexicanos. 
  
Hoy, el Alto Golfo de California y sus habitantes están atorados entre la pobreza y la desesperanza resultado de décadas de abandono y mala gestión gubernamental. Por la carencia de oportunidades económicas y la corrupción rampante que han nutrido la sobreexplotación de sus ricos recursos naturales y destruido sus medios de sustento. Una crisis que ha diezmado su diversidad biológica y llevado al borde de la extinción a especies endémicas. 
  
Como el palmoteador de Yuma, un ave que anida en las inexistentes marismas. O el cachorrito del desierto, un pez que nada en aguas casi tan calientes como su primo chihuahuense y campeón termal mundial (46° C), el cachorrito de Julimes. O la vaquita, la marsopa transfigurada en ese duende de cuento de hadas que los pobladores veían hace años, pero que ya nadie ve. 
  
El Alto Golfo de California se ha convertido en tierra marina sin ley en donde la peor fiebre del oro–el narcotráfico–llegó como el último clavo en el ataúd de esta asombrosa región.  
 
Durante más de medio siglo pasaron por El Golfo de Santa Clara muchos biólogos y conservacionistas mexicanos y estadounidenses. Todos trajeron algo, todos se llevaron mucho. Algunos perdieron la razón por desear con tanta ansia esa otra peligrosa fiebre del oro: la búsqueda del conocimiento. A todos les dedico afectuosamente estas primeras líneas del 2021.

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