Afganistán veinte años después

Omar Vidal

El 21 de agosto de 2001 llegué a vivir por tres meses al Golfo Pérsico. A Bahréin, esa nación insular vecina de Catar y conectada con Arabia Saudita por un puente de 25 kilómetros de longitud.
 
Visité Arabia Saudita, Kuwait, Omán y los Emiratos Árabes Unidos trabajando en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Fui a apoyar a las naciones del Golfo Pérsico, Mar Rojo y Golfo de Adén en el diseño de estrategias para proteger sus mares de las actividades en tierra — contaminación, aguas residuales, exceso de nutrientes, basura y destrucción de hábitats. Trabajé y conviví con científicos y funcionarios gubernamentales de muchos países de Medio Oriente.
 
El mulá Mohammad Omar era entonces jefe del comando supremo del Emirato Islámico de Afganistán y primer comandante supremo de los talibanes — un movimiento y organización política-religiosa-militar fundamentalista que desde hacía cinco años gobernaba Afganistán con puño de hierro. 
 
El 11 de septiembre de 2001 abordaba con colegas árabes un avión que nos llevaría de Bahréin a Yeda en Arabia Saudita. Despegamos momentos después de que los aviones secuestrados se estrellaran contra las torres gemelas en el World Trade Center de Nueva York, matando a casi 3,000 personas — un atentado terrorista que conmocionó a Estados Unidos y al mundo.
 
Vivía en Manama, la capital de Bahréin y sede del Comando Central de las Fuerzas Navales de Estados Unidos. Aún recuerdo el ruido ensordecedor de los aviones despegando y aterrizando, principalmente de noche, el 7 de octubre y durante varios días. Supuse que estarían atacando al Talibán y al Qaeda en Afganistán.
 
Los trágicos eventos de las últimas dos semanas en Afganistán trajeron a mi mente esos aviones y pensamientos sombríos. Me hicieron recordar la muerte y desesperanza que las guerras han dejado en esa región.
 
El 7 de diciembre la ciudad de Kandahar cayó ante las fuerzas armadas estadounidenses, marcando el final del régimen talibán en Afganistán. O por lo menos así se creyó en ese momento. Fue una guerra e invasión iniciada por el presidente George W. Bush en respuesta a los ataques del 11 de septiembre y parte de su “Guerra contra el terrorismo”. La “Operación libertad duradera”, como se le llamó a la invasión de Afganistán, fue liderada por Estados Unidos con la ayuda del Reino Unido, Australia, Canadá, Turquía, Alemania, Italia, Países Bajos, Francia y Polonia, entre otros países.
 
Hoy, cuando las fuerzas estadounidenses abandonan Afganistán 20 años después, los costos para ambos países han sido enormes. Cerca de 170,000 afganos (66,000 militares y policías nacionales, 47,000 civiles y 51, 000 combatientes talibanes) y casi 6,000 estadounidenses murieron. Según la ONU hay 2.6 millones de refugiados afganos, la mayoría reubicados en el vecino Paquistán.  
 
Los costos económicos para Estados Unidos han sido también gigantescos. El Instituto Watson de la Universidad de Brown los calcula en 2.3 billones de dólares — 300 millones de dólares diarios —sin incluir los millonarios costos de cuidar a más de 20,000 soldados estadounidenses heridos, muchos de ellos con discapacidades permanentes.
 
Hoy debemos preguntarnos: ¿para qué?
 
La de Afganistán es la guerra más larga de Estados Unidos y pasará a la historia como otro monumental intento fallido de reconstruir naciones con el uso de la fuerza.  
 
La mayor parte de los esfuerzos y billones de dólares fueron dedicados a apoyar al gobierno afgano, incluyendo a su ejército de 300,000 soldados. En retrospectiva, tal vez se habría logrado mucho más si Estados Unidos y sus aliados hubieran involucrado mejor a otros sectores de la sociedad afgana, en lugar de apostarle todo al gobierno. Daron Acemoğlu, profesor de economía del Massachusetts Institute of Technology (MIT) explica esto magistralmente en un artículo (“Why nation-building failed in Afghanistan”) publicado en Project Syndicate.
 
Las imágenes recientes de mujeres y hombres entregando desesperadamente sus bebés a soldados estadounidenses para que los saquen de Afganistán le destrozan a uno el corazón. También las familias amontonadas en el aeropuerto de Kabul y los jóvenes que corren frenéticamente al lado de aviones en movimiento, algunos colgándose de ellos en un desesperado intento final por escapar. El viernes pasado, 170 afganos (la gran mayoría civiles) y 13 soldados estadounidenses murieron y muchos otros quedaron heridos en dos ataques que ISIS-K (un grupo terrorista rival de los talibanes) llevó a cabo cerca del aeropuerto. 
 
Estremecen el alma los vídeos de jóvenes afganas hablando y llorando descorazonadas ante las cámaras, en lo que es sólo el preludio de lo que su país, y el mundo, pueden esperar cuando el Talibán asuma el poder. Jóvenes de una generación que creció en una sociedad muy diferente, en un país que no estaba regido por el fundamentalismo religioso. Ellas no han sufrido lo que significa vivir bajo el mando del Talibán. Pero pronto lo harán.
 
Durante los cinco años (1996-2001) que gobernó Afganistán, el Talibán instauró “reformas” draconianas que transformaron radicalmente el día a día de la vida de hombres y mujeres. Las más afectadas fueron las mujeres: en cómo debían vestirse y comportarse en público, su libertad de tránsito y sus responsabilidades sociales. Se les suspendió la educación y se les prohibió trabajar fuera de casa o convivir con hombres que no fueran de su familia. No podían salir sin escolta, ni se les permitía practicar deportes, bailar, escuchar música, fotografiar, pintar o siquiera aplaudir en público y volar papalotes.
 
Las mujeres fueron forzadas a usar la burka (una prenda, usualmente de color negro, que envuelve todo el cuerpo y la cara) y a caminar cuidadosamente para evitar golpear el piso y hacer ruido. Bajo el Talibán cualquier cosa que aparentara “feminidad” era pecado, algo vergonzoso que debía esconderse, suprimirse, erradicarse. Y castigarse.
 
Por eso hoy las jóvenes afganas levantan la voz arriesgando su vida frente a los medios de comunicación occidentales y sus cámaras.
 
Hay que decirlo claramente. Este no es sólo un problema de Afganistán. Estados Unidos y las naciones que apoyaron la guerra deben también asumir su responsabilidad en la debacle. Sí, Estados Unidos no podía quedarse indefinidamente en Afganistán, pero ciertamente hubiera podido hacer un trabajo mucho mejor al marcharse.
 
Hoy, en medio del caos, hay que concentrar los esfuerzos en proteger la vida de los miles de afganos que trabajaron para Estados Unidos y que siguen en Afganistán — porque ellos son ahora el blanco de la venganza de los talibanes. Aquellos a quienes ayudaron estos afganos durante 20 años no pueden traicionarlos hoy. Asegurar su salida y visas, para ellos y sus familias, es una prioridad. Las Naciones Unidas deben coordinar inmediatamente un esfuerzo multinacional apoyado financieramente, políticamente y, si es necesario, usando la fuerza, por Estados Unidos y otras naciones.
 
Y Rusia y China deben ser advertidos, inequívocamente, que no se les permitirá aprovecharse de esta tragedia humana para expandir su ambiciones hegemónicas geopolíticas apuntalando en Afganistán a un gobierno talibán represor.  
 
A los refugiados afganos se le debe brindar todos los medios necesarios para que reconstruyan su vida en los países que les ofrezcan asilo. El miércoles, México fue la primera nación latinoamericana en anunciar que acogerá refugiados de Afganistán: recibiremos a 124 afganos y sus familias; cinco mujeres jóvenes y un hombre están ya en nuestro país.

Debemos recibir muchos refugiados más, especialmente mujeres, niñas y sus familias. México tiene una larga tradición de proteger a refugiados políticos — desde las épocas de la dictadura española de Francisco Franco, de Joseph Stalin en la ex Unión Soviética y de Augusto Pinochet en Chile. Es ahora el momento de estar a la altura de esa tradición.
 
La comunidad internacional no puede abandonar a toda una generación de afganos y sus familias a un destino tan aterrador. ¿Estaremos a la altura del desafío? Solamente el tiempo lo dirá, pero los próximos días y semanas son decisivos. Tengo la esperanza de que, contra todas las apuestas, las mujeres y los hombres de Afganistán eventualmente rescatarán a su país. Ojalá esta vez lo puedan hacer a su manera y bajo sus propios términos.

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios