Cuando se habla de “Davos”, se habla del Foro Económico Mundial organizado por el Banco Mundial, el espacio donde jefes de Estado, empresarios, organismos multilaterales y académicos se reúnen para leer el pulso del mundo y anticipar hacia dónde se mueve la economía global. América Latina no tenía —hasta ahora— un escenario propio de esa escala. Por eso el Foro Económico Internacional para América Latina y el Caribe, organizado por la CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe en Panamá los días 28 y 29 de enero de 2026, se consolidó como un Davos latinoamericano: un punto de encuentro político y económico para posicionar a la región en el mapa geopolítico global, en un momento de alta fragmentación internacional.

Panamá se convirtió en el epicentro del debate regional. Siete jefes de Estado y uno de gobierno, más de 30 delegaciones oficiales y más de 6,500 participantes de 70 países dejaron claro que la región busca algo más que inversión: busca voz.

Entre los presentes estuvieron Raúl Molina (Panamá), Lula (Brasil), Petro (Colombia), Bernardo Arévalo (Guatemala), Daniel Noboa (Ecuador), Rodrigo Paz (Bolivia), Andrew Holness (primer ministro de Jamaica); y José Antonio Kast (Chile). Las cifras importan, pero el mensaje político importó más: América Latina quiere defender su lugar en la redefinición del orden económico internacional.

Uno de los ejes más claros fue la defensa de los minerales críticos. Litio, cobre, níquel y tierras raras —concentrados en gran parte en nuestra región— ya no son solo insumos para la transición energética, son activos geopolíticos. No es casual que la disputa por estos recursos venga acompañada de presiones externas, desde intereses de mineras extranjeras hasta narrativas que normalizan la quema del Amazonas o la venta de territorios estratégicos, como hoy se discute en la Patagonia. La transición energética global pasa, inevitablemente, por América Latina.

El foro dejó ver una región políticamente fragmentada. Una América Latina tensionada entre derechas e izquierdas, entre discursos de soberanía y agendas de mercado. En ese contexto, llamó la atención el discurso de unidad de Kast, en contraste con una región donde conviven un Lula que apuesta por integración, un Milei que promueve la liberalización extrema y una nueva derecha en Centroamérica que gana espacio.

Más allá de los paneles —50 en total— el foro fue también un espacio de operación política y económica. Se realizaron más de 400 reuniones bilaterales y, gracias a una plataforma de CAF, más de 1,100 encuentros adicionales. Sergio Díaz-Granados, presidente ejecutivo de la institución, fue claro: CAF ya no solo financia, también construye puentes y crea espacios donde la región articula su narrativa frente al mundo. Esa función política, en el contexto actual, es tan relevante como el financiamiento.

Este reacomodo regional no puede analizarse sin mirar hacia afuera. Europa discute la votación final del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, un tratado que crearía un mercado de más de 700 millones de personas. Aunque México no esté incluido, el impacto regional es innegable. Tras más de 25 años de negociación, el acuerdo sigue generando fuertes críticas: organizaciones como Greenpeace y Climate Action Network advierten que acelerará la deforestación para la producción de carne y soja, mientras agricultores europeos temen competencia desleal y pueblos indígenas denuncian afectaciones territoriales.

El “Davos latinoamericano” no resolvió las tensiones de la región, pero las puso sobre la mesa. América Latina está en una disyuntiva histórica. Puede seguir siendo proveedora de recursos en un mundo que los disputa sin reglas claras, o puede usar su peso estratégico para negociar desde una posición más cohesionada. En 2026, eso ya es un primer paso.

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