Empezamos 2026 con un mensaje contundente desde Washington: Estados Unidos anunció su salida de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y de otras decenas de organismos internacionales, bajo el argumento de que “ya no sirven a los intereses estadounidenses”. En paralelo, Trump declaró que empresas estadounidenses desarrollarían las vastas reservas petroleras de Venezuela y recuperarían recursos “robados”. El qué, el quién y el cómo de estas decisiones no son anecdóticos: ocurren ahora, en un contexto de reacomodos geopolíticos y energéticos que marcan el tono del año. Por eso, 2026 se perfila como el año de la resiliencia.

La palabra resiliencia aparece con frecuencia en discursos políticos y documentos de política pública, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente. En su sentido social, la resiliencia es la capacidad de las personas y comunidades para enfrentar tensiones y choques externos. Así nos sentimos al iniciar este año: abrumados por noticias que parecen lejanas —decisiones tomadas en la Casa Blanca, disputas por recursos en Sudamérica— pero que inciden directamente en nuestra estabilidad emocional, económica y ambiental.

Existe también la resiliencia socioecológica: la habilidad de un sistema para absorber perturbaciones, reorganizarse y seguir funcionando, aun cuando atraviesa cambios profundos. Y está la resiliencia ecológica, entendida como la capacidad de los ecosistemas para mantener sus funciones básicas pese a incendios, sequías, contaminación o sobreexplotación. El problema es que no todas las perturbaciones son iguales, ni todos los sistemas resisten indefinidamente. Cuando las presiones se acumulan, la resiliencia se erosiona.

Las señales del inicio de 2026 apuntan a un mundo donde esa erosión se acelera. Estados Unidos ha manifestado su intención de controlar indefinidamente las ventas de petróleo venezolano. El primer ataque “abierto” de Washington contra una nación amazónica alimenta una rivalidad con China que definirá si la enorme riqueza mineral de Sudamérica impulsa la transición energética o, por el contrario, un nuevo ciclo de militarización para defender intereses fósiles. En ese tablero, América Latina deja de ser solo región y se convierte en pieza estratégica.

México no está al margen. Nuestro vecino del norte —al que conocemos bien— vuelve a priorizar los combustibles fósiles, mientras el mundo sigue moviéndose en direcciones opuestas. China, por ejemplo, redujo en 2023 su factor promedio de emisiones de CO₂ del sector eléctrico en más de 1% anual. México, en contraste, exportó petróleo refinado principalmente a Estados Unidos por más de 4 mil millones de dólares, consolidándose como uno de sus principales proveedores. ¿Es eso resiliencia o dependencia?

Crecimos escuchando que había que “ser resilientes”. Pero la resiliencia no es aguantarlo todo sin cambiar nada. En política pública, insistir en la resiliencia debería significar anticipación, diversificación y capacidad de transformación. En materia ambiental y energética, implica reconocer que la resiliencia ecológica también cambia: los ecosistemas tienen límites, y la apuesta por modelos extractivos los empuja a puntos de no retorno.

Hablar de resiliencia en 2026 es hablar del mapa energético latinoamericano, del equilibrio geopolítico que se desplaza de un lado a otro y de la tensión permanente entre interdependencia y autosuficiencia energética. Para México, el reto no es solo resistir los vaivenes externos, sino decidir qué tipo de resiliencia quiere construir: una que prolongue la dependencia fósil o una que fortalezca su capacidad de adaptarse, transformarse y liderar en un mundo que, aunque insista en retrocesos, ya cambió.

Odette Ferrer

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