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Una de las promesas más recurrentes en el imaginario de la economía colaborativa y de la progresiva “uberización del mundo”, es el fin del capitalismo.

La economía de internet -termino acuñado por la Internet Society- daría paso a una “economía colaborativa”, la cual reorganizaría la vida humana, desplazando, debido a su acentuado anacronismo, a dos de las estructuras dominantes en la economía capitalista: el Estado y el mercado.

En el libro La Revolución de la riqueza (2006), al explicar el origen y alcance de la figura del prosumidor, los futurólogos Alvin y Heidi Toffler afirmaron la necesidad de pensar en una nueva economía política posible, sustentada en el desarrollo de una economía colaborativa, a partir de las actividades realizadas precisamente por los prosumidores.

La figura del prosumidor fue anticipada por Marshall McLuhan y Barrington Nevitt en el libro Take today: The executive as dropout -en castellano, Tome hoy: el ejecutivo como deserción escolar-, publicado en 1972. En 1980, en el libro La tercera ola, Alvin Toffler dio nombre formal al fenómeno advertido por McLuhan ocho años antes.

El concepto prosumidor fue un afortunado término bisagra en el tránsito de una ciencia de la comunicación instalada en el estudio de los mass media, a una comunicología perfilada a la complejidad de las comunicaciones digitales.

Sin embargo, como atinadamente advirtieron los Toffler en 2006, el término prosumidor trasciende al imaginario comunicológico y, se instala en una perspectiva mucho más amplia y compleja: la gestación de un nuevo orden social.

Jeremy Rifkin (1945) célebre sociólogo, economista, escritor, asesor político y activista estadounidense, autor del libro El fin del trabajo (1995) y, La Tercera Revolución Industrial. Cómo el poder lateral va a transformar la energía, la economía y el mundo (2011), es uno de los principales promotores del discurso relativo al inminente fin del capitalismo.

En el libro La Tercera Revolución Industrial. Cómo el poder lateral va a transformar la energía, la economía y el mundo, Rifkin recupera la perspectiva general de los cambios históricos formulada por Toffler en 1980 a partir del concepto olas.

Rifkin sostiene que, en la Edad Moderna, Occidente ha transitado por tres grandes revoluciones industriales, a las cuales corresponde una determinada fuente de energía; un determinado sistema de comunicación, transporte y logística; así como una nueva forma de organización social de la producción.

Rifkin, quien en una reciente entrevista a la BBC afirmó que la covid-19 nos ha instalado ante “la amenaza de una extinción y la gente ni siquiera lo sabe”, proclama el inminente fin del capitalismo y el tránsito a una nueva economía, cualitativamente distinta, sustentada en el imaginario de lo “colaborativo”.

Al describir la economía colaborativa, Rifkin identifica tres Internet: el de la comunicación, el de la energía y el de la logística, los cuales interactúan como un solo sistema operativo, conformando la “fisiología del nuevo organismo económico”.

El “Internet de la comunicación” se encuentra dominado por Google, Apple, Facebook y Amazon (GAFA), destaca Luc Ferry (2016) en el libro La revolución transhumanista.

La economía colaborativa descansa en modelos de negocios falsamente desinteresados, que convierten a la información obtenida a través de big data en el verdadero negocio.

Gracias al aprendizaje automático en la inteligencia artifical (IA) es posible ofrecer experiencias más personalizadas a los usuarios.

Con base en el aprendizaje automático, los grandes barones de los datos -Google, Amazon, Facebooy y Apple (GAFA)- designados amigablemente por ISOC como “ventanillas únicas”, han implementado una fórmula que funciona a la perfección: acumular información de los usuarios permite desarrollar algoritmos más precisos.

Con base los resultados obtenidos, es posible generar mejores algortitmos, los cuales se encargan de introducir ambientes más amigables, que hacen más agradable la experiencia del usuario, quien así permanece más tiempo en la plataforma, dejando mayor cantidad de datos.

Los usuarios suponen que el servicio que obtienen es gratuito. No advierten que ellos en realidad son el producto, pues los datos que han dejado en las plataformas son vendidos a empresas que pretenden desarollar estrategias de venta personalizadas, mucho más efectivas.

El Internet de la energía implica el desarrollo de “redes inteligentes”, las cuales no dependen únicamente de adelantos tecnológicos, como el despliegue de las redes 5-G. El empleo de energías verdes y renovables en comunidades -desde edificios hasta ciudades- es un elemento central.

Rafkin -quien parece desconocer las graves limitaciones del subdesarrollo- supone que cada comunidad es capaz de producir cantidades de energía excendentes, las cuales pueden aprovechar en posibles intercambios.

El tercer Internet de Rafkin, es el de la logística. En su posible imaginario, la movilidad representa un tema central. Del internet de la logística se extiende una lógica continuidad a Internet de las cosas (IOT), que supone el desarrollo de un considerable número de sistemas y objetos conectados.

Del panoptismo digital resultante, es posible aventurar tanto positivas repercusiones como negativas. La instantaneidad informativa efectivamente sería total y, las dimensiones de lo privado significativamente se desvanecerían.

Los argumentos que desarrolló Chris Anderson (2006) relativos a the long tail -la larga cola- resultan pertiinentes para apuntalar algunos de los señalamientos de Rifkin.

A partir del momento en el que se han establecidos en condiciones satisfactorias el almacenamiento y la distribución de un producto digital, es posible ofrecer al público algo más que un producto que tenga éxito en las ventas. Se dispone de un efectivo canal para desplegar una gran cantidad de productos e imaginativos servicios al mercado. Se ha alcanzado el coste marginal cero.

El coste marginal cero admite una estrecha relación con la tramposa economía de la gratuidad que soporta no pocos de los servicios que ofrecen no pocas de las plataformas digitales.

Ello soporta el desarrollo de servicios bifaces, los cuales resultan gratuitos para quien deja sus datos y metadatos, dejando grandes ganancias a quienes los venden a los mejores postores..

Lo que aparentemente es gratuito resulta sumamente rentable. El imaginario “colaborativo” supone una ingeniosa extracción de la riqueza que generan los datos. Unos “colaboran”, otros obtienen ganancias millonarias.

Las promesas que desprende el imaginario colaborativo efectivamente resultan seductoras: couchsurfing -intercambiar pisos entre particulares desde el modelo de Airbnb-, crowdsourcing -consumo colaborativo, como el del uso compartido de vehículos-, crowdfunding -financiamiento colaborativo a partir de particulares quienes desplazan a los bancos y sus elevados intereses-; loversurving -amor colaborativo, ni posesivo ni exlusivo.

Ingenuo suponer que tan novedosas rutas económicas no modificarán el comportamiento social.

Este imaginario colaborativo no representa una efectiva contribución para atenuar la profunda desigualdad social. Por el contrario, la agudiza.

Los apocalípticos afirman que en realidad se gesta un nuevo mercado y un nuevo Estado extendido, a partir del incontenible despliegue de GAFA. Los cambios suponen la gestación de nuevas instituciones, nuevas ideas. El Dataísmo se proyecta como la justificación posible.

Tim Berners-Lee, creador de la web, sostiene que la principal remediación a Internet parte de una premisa fundamental: devolver al usario el control sobre sus datos.

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