Hablar de sentirse bien en la tercera edad suele parecer asunto de médicos, estudios, dietas, vitaminas y rutinas de ejercicio. Y sí, claro que todo eso ayuda. Nadie en su sano juicio diría que no vale la pena cuidarse, pero conforme uno va creciendo, descubre otra verdad mucho más sencilla y mucho más humana: no hay medicina más poderosa que la amistad verdadera, la convivencia presencial y la alegría de sentirse acompañado.

A cierta edad, uno entiende que envejecer no sólo significa sumar años. Significa aprender a defender el ánimo, a no dejar que el tiempo nos encierre, nos aísle o nos haga sentir que ya no tenemos nada que aportar.

Por eso creo que vale mucho la pena decirlo con claridad: vivir más no depende únicamente del cuerpo, también depende del alma. Y el alma se sostiene mejor cuando hay amigos, familia, risas y motivos para levantarse cada mañana.

Hoy se habla mucho del retiro como si fuera una meta gloriosa: trabajar durante décadas para después, supuestamente, descansar. Pero la realidad no siempre es tan amable. Alejarse de la familia, perder la convivencia diaria, romper con las amistades o resignarse al ocio puede convertirse en una trampa silenciosa.

La jubilación, cuando se entiende como desconexión de todo lo que puede alimentar el alma, puede ser una mala compañera. El ser humano no nació para apagarse. A todos los hombres y mujeres nos gusta platicar, reír, convivir y sentirnos parte de algo.

La clave está justamente ahí: en la convivencia permanente, en la amistad de verdad, en compartir la mesa o las largas pláticas de café en las que se rememoran los buenos tiempos.

Pero también ayuda el seguir siendo productivos, sin compararse con nadie y sin caer en la idea peligrosa de que ya no se puede hacer nada. Siempre hay algo por hacer en esta vida, sin importar la edad que tengamos.

Pienso en esto a partir de un caso muy valioso. El nadador olímpico Raúl Villagómez, quien estuvo en los Juegos Olímpicos de 1968, mantiene comunicación con aquel grupo de 27 nadadores que formaron parte de esa generación olímpica.

No se trata sólo de nostalgia deportiva ni de recordar tiempos pasados. Se trata de algo más profundo, se trata de esa convivencia constante, ese vínculo que sigue vivo, esa decisión de no soltarse unos a otros, en busca de seguir viviendo con entusiasmo. Esas relaciones también curan y empujan a ir hacia adelante.

A veces creemos que la longevidad se compra en frascos o en recetas imposibles, cuando muchas veces empieza en una llamada, en una visita, en una comida compartida, en la voluntad de no dejar solo al otro.

La familia importa, por supuesto. Es base y refugio, pero los amigos también son familia elegida, y su presencia puede alimentar el alma y llevar energía al cuerpo.

Al final, vivir mucho vale la pena sólo si se vive bien. Y vivir bien no es acumular días, sino llenarlos de afecto, de conversación, de ser útiles y repartir cariño, además de recibirlo. Esa sigue siendo la mejor fórmula para llegar lejos sin dejar de sentirnos vivos.

Profesor deportivo

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