Durante demasiado tiempo el debate del deporte mexicano se ha reducido a una frase cómoda: “faltan recursos”. Es una explicación sencilla, repetible y políticamente rentable. Pero también es incompleta. Porque el dinero ayuda, sí, pero no compite, no entrena y no gana medallas por sí solo.
Hoy el presupuesto federal destinado al deporte supera los 2 mil 300 millones de pesos. No es una cifra despreciable. Sin embargo, el rendimiento internacional sigue siendo irregular y, en muchos casos, dependiente del esfuerzo aislado de atletas y entrenadores que sobreviven más por vocación que por sistema. El problema, entonces, no parece ser únicamente cuánto dinero hay, sino cómo se planea y bajo qué método se ejecuta.
Durante años, la dirección del deporte nacional se enfocó obsesivamente en recaudar fondos, mientras descuidaba el pilar central: la planificación metodológica. Se participaba en competencias sin integrarlas a un plan mayor; se apoyaba de forma generalista sin priorizar prospectos reales de medalla; se viajaba más de lo que se entrenaba. Competir por competir no forma campeones, desgasta y a la larga no da nada.
La experiencia de fideicomisos como Fideporte dejó una herida abierta. Más recursos sin controles estrictos solo alimentaron la opacidad y la desconfianza. Muchos empresarios participaron pensando en deducciones fiscales, pero el beneficio rara vez se reflejó directamente en el atleta. Esa etapa demostró algo elemental: sin transparencia y sin un plan técnico sólido, el dinero se diluye.
Por eso el debate debe evolucionar. No se trata de pedir menos o más recursos, sino de tener una mejor estrategia. Identificar hoy a los prospectos rumbo a Los Ángeles 2028, para asignarles entrenadores capacitados, diseñar rutas individuales de competencia, ciencia aplicada, nutrición y seguimiento psicológico. Establecer métricas claras y evaluaciones constantes.
Claro que resulta positivo que bajo la gestión de Rommel Pacheco al frente de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, se busque integrar a la iniciativa privada como aliada estratégica y no como simple patrocinador ocasional. Pero hay que tomar en cuenta que el sector empresarial no rehúye invertir; rehúye la opacidad. Si existe un proyecto serio, medible y auditable, la confianza puede reconstruirse.
El deporte moderno exige corresponsabilidad: Estado como rector y garante, empresas como socios, federaciones profesionalizadas y atletas con planes personalizados. La ecuación es colectiva.
México tiene talento y lo hemos visto en ciclismo, clavados, atletismo y otras disciplinas emergentes. La materia prima está ahí. Lo que no puede repetirse es el desperdicio por falta de método y planeación.
En el deporte como en casi todo en la vida, el dinero es necesario, pero no te da un plan a seguir. El plan es desarrollar talento con disciplina, ciencia y transparencia. Si logramos que cada peso —público o privado—, esté ligado a un proyecto técnico serio, entonces sí estaremos hablando de un sistema que puede ayudar a aumentar el potencial deportivo de nuestro país a nivel internacional.

