En 1964, Dominique y John de Menil, filántropos del arte, comisionaron a Mark Rothko la realización de las pinturas que cubrirían los muros de una capilla en el barrio de Montrose en Houston, Texas, que no tiene filiación religiosa alguna. El proyecto fue encargado al arquitecto Philip Johnson, con quien Rothko tuvo contacto para que la estructura aladrillada octagonal pudiera acoger sus 14 lienzos negro morados. Entrar a la capilla, restaurada después de los estragos del huracán Beryl, situada en el parque que también aloja al Museo de la colección Menil y al no menos impresionante recinto con obra de Cy Towmbly, es bañarse de azoro y belleza del quehacer humano. Frente a los enormes rectángulos de un negro que se vuelve morado, donde la textura de la pintura y la profundidad de color nos abisman hacia el infinito y a nuestro interior, hay un pasmo de conmoción. El silencio emerge como un acto de creación mismo: los jóvenes de negro solemnes y callados en cada esquina lo resguardan. Pienso en ellos y su larga contemplación durante jornadas laborales continuas. Admiro su ejercicio de inmovilidad y respeto a piezas de arte que nos circundan y nos contienen, que nos hacen sentir fervor y esperanza. Aunque no lo hayan buscado estar frente al arte les debe producir algo, una emoción abstracta como la propia pintura frente a la que no pedimos explicación. El aprecio por la expresión plástica sucede poco a poco, de lo concreto y narrativo, de lo que nos coloca frente a una historia visible, a lo que nos lleva a emociones y sensaciones decantadas, a formas de mirar distintas.
A diferencia de ellos y de los que hemos tenido la fortuna de estar en la capilla, Rothko no pudo contemplar la obra que realizó entre 1964 y 1967 instalada en el recinto. Aquejado en los últimos años por una depresión, Mark Rothko se suicidó en 1970, un año antes de la inauguración de la capilla. Sus espectadores no podemos agradecerle la eternidad de su obra, no nada más la que especialmente pensó para el recogimiento del espíritu, para la reflexión, para detenernos y ser mejores personas por un rato, sino toda su propuesta a base del lenguaje del color. Entre los músicos impactados por la experiencia de estar en la capilla, Peter Gabriel compuso en una propuesta de fusión oriente occidente “Catorce piezas negras”. La capilla se ha vuelto un símbolo de justicia social e inclusión, reflejo del propio compromiso de los Menil con los derechos humanos. Lo refrenda el Obelisco Roto de Barnett Newman en el espejo de agua frente a la capilla. Los Menil quisieron contribuir parcialmente con su compra para la alcaldía de la ciudad, con la consigna de que fungiera como homenaje a Martin Luther King. Al ser rechazado se colocó frente a la capilla, para ser coherente con los ideales de justicia. Ahí no cabría la agresión, sino el diálogo, aunque en 2018 el exterior de la capilla y la orilla de la fuente fueron manchados con pintura blanca y los alrededores salpicados de papeles con la leyenda: It’s okay to be white (“Está bien ser blanco”).
El péndulo fascista resuena en estos tiempos y dilapida lo que implicó tanta lucha y sacrificio hace más de 50 años. Es interesante entrar a la librería de la propia capilla donde varios libros tienen que ver con los derechos humanos y el derecho a manifestarse. Más sorpresivo aún salir y encontrar en el parque a las personas que se encaminan hacia la protesta contra las redadas y violencia anti migrantes. Dos chicas ostentan sus carteles: Fuck ICE. Qué mejor lugar para ver pasar a los que no se quedarán callados, a los que les duele, lastima e indigna el ultraje en el país vecino.

