Texto: Raúl J. Fontecilla
El matrimonio homosexual fue realidad por primera vez en Latinoamérica cuando la CDMX lo legalizó a finales de 2009, pero un antecedente poco recordado fue la sociedad de convivencia: una forma de unión civil que en 2001 desató polémica en la capital.
El 14 de febrero, pero de hace 25 años, cientos de parejas de la comunidad LGBTQ+ se reunieron en la explanada del Palacio de Bellas Artes para registrarse bajo una figura pensada para reconocer aquellos hogares en que vivían dos personas juntas por su afinidad y sin vínculos familiares.

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Partido extinto lanzó la iniciativa
La CDMX lleva décadas funcionando como bastión de la diversidad sexual, prueba de ello es la creciente popularidad de la “Marcha del Orgullo Gay” en cada mes de junio, a la que en años recientes ya es usual que se sumen cientos de familiares y “aliados” que asisten como acompañantes solidarios.

Sin embargo, en febrero de 2001 aún era novedad y hasta polémica que se realizara un evento multitudinario en favor de la comunidad LGBTQ+. La gran mayoría de reacciones fueron de sorpresa, tanto positiva como negativa sin rodeos.
Aquel 14 de febrero, desde un templete colocado frente a Bellas Artes, se lanzó la invitación a registrarse, no como “marido y marido” ni “esposa y esposa”, sino como dos personas que formaban un mismo hogar y que aceptaban tener responsabilidades mutuas.

La Ley de Sociedades de Convivencia fue una iniciativa que presentó el hoy extinto Partido Democracia Social (PDS), con miras a que los capitalinos contaran con un mecanismo estatal que les otorgara igualdad de oportunidades y que desalentara la discriminación.
La legisladora del PDS, Enoé Uranga, destacó el respaldo de la “comunidad lésbico-gay”, como se decía en la época, y explicó que suponía beneficios en materias alimentaria, sucesoria y tutelar, siempre y cuando los firmantes vivieran juntos por al menos dos años.

La principal diferencia con el matrimonio es que no implicaba el estatus de vínculo familiar, sino un “parentesco civil”. Otra propuesta de 2001 era la figura de “unión solidaria”, del PRD.
Bellas Artes fue la “capilla”
A pesar de que en lo legislativo era una iniciativa reciente, la tarde del Día de San Valentín de 2001 se presentaron 200 parejas para realizar el proceso en el que contarían con diez testigos de honor: María Rojo, Diana Bracho, Angélica Aragón, Elena Poniatowska, Rolando Cordera, Gilberto Rincón Gallardo, Jesús Silva Herzog Márquez y Federico Reyes Heroles.
El reportero Pedro Díaz cubrió lo que para el público era una impensada boda gay. Según su relato, no faltaron aquellos que se burlaron a su paso por la avenida Juárez, o que se escandalizaron, con comentarios sobre “la falta de moral” o ideas como “combatir la pornografía infantil antes que casar a los jotos”.

Con todo eso, la multitud de 2 mil 500 curiosos no dio gestos de intolerancia y la ocasión fue motivo de alegría para las parejas que participaron.
La cobertura de medios de comunicación fue tal que una y otra vez los organizadores pidieron que "los señores de la prensa" bajaran del templete al que subían las parejas, "porque ya no cabemos y nos vamos a caer".

Hubo un fotógrafo de oficio, de los que en el Centro Histórico solían ofrecer una instantánea por unos pesos, que se dijo en extremo sorprendido, pues en diez años de tomar instantáneas en la zona no creyó llegar a ver un evento así.
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Los participantes también compartieron su experiencia: Margarito y Hugo pasaban por la zona pero se animaron a formar parte del evento y se dijeron felices de ver que “México está cambiando”; mientras que Regina Orozco dijo que desde el templete se veía “Mucha dignidad, mucho amor. Un México lindo y tolerante, el México que nos merecemos”.







