Hablar de los orígenes de la especulación inmobiliaria nos remonta a mediados del siglo XIX, pues a partir de esta época se empezó a generar el crecimiento urbano. Recordemos que por siglos la Ciudad de México era básicamente el cuadro que ahora conocemos como Centro Histórico.
La investigadora en temas históricos, Suzette Álvarez comenta en entrevista que al ir creciendo la ciudad se propició una repartición y ocupación masiva de lo que se salía de aquel perímetro, que hoy es el Centro Histórico, en beneficio de un puñado de oportunistas aprovechando la falta de leyes que protegieran a los habitantes y dueños originarios.
En el libro “La traza del poder: historia de la política de los negocios urbanos en el Distrito Federal - de sus orígenes a la desaparición del Ayuntamiento (1824 -1928)” del autor Jorge H. Jiménez Muñoz, se señala que la historia urbana capitalina tiene sus orígenes en los fraccionadores de los bienes del clero y de la propiedad agrícola en general.

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En estos orígenes también participaron los deslindadores de terrenos y creadores de colonias agrícolas para extranjeros, quienes desde mediados del siglo XIX iniciaron una red de negocios inmobiliarios.
Si bien este crecimiento urbano, como tal, inició en esos tiempos, esta actividad ya con lucro se registra en los albores de la consumación de la independencia, se afirma en el libro.
Fue así que siguiendo este ejemplo, además de la práctica y tradición de los primeros fraccionadores y colonizadores, estos hábiles especuladores avanzaron en el entonces Distrito Federal, encontrando maneras para comercializar terrenos y dárselos a los primeros agentes inmobiliarios.
A estos primeros sujetos, le siguieron otro tipo de vividores y cazafortunas que crecieron a la par de la complicidad de un puñado de funcionarios gubernamentales capitalistas, amasando grandes fortunas.
“A estos artesanos del capitalismo mexicano, que hicieron grandes fortunas con un proyecto escrito en un papel guardado en un portafolio, se les ha denominado portafolieros, ya que constituyeron la versión nacional de los llamados carpet baggers estadounidenses.
Los portafolieros son hijos ilegítimos del capitalismo; su actividad fraudulenta y aventurera se ubica perfectamente dentro del concepto de la libre empresa y el riesgo empresarial que prodiga este sistema.
Se caracterizan por tener abundantes ideas aptas para la inversión y escasos recursos para llevarlas a cabo. Se vinculan a los sectores capitalistas nacionales y extranjeros para sugerirles proyectos seguros y rentables de inversión, y trafican con las influencias.
Los portafolieros se reproducen gracias a las concesiones obtenidas en los medios gubernamentales, haciendo usufructo de información privilegiada y contando con el aval oficial garantizado para sus proyectos”, fragmento extraído del libro: “La traza del poder: historia de la política de los negocios urbanos en el Distrito Federal - de sus orígenes a la desaparición del Ayuntamiento (1824 -1928)” del autor Jorge H. Jiménez Muñoz.
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De acuerdo a dicha publicación, durante el Porfiriato, los portafolieros llegaron a suelo mexicano con un disfraz, mostrando otra cara y dedicados a otra actividad comercial, tomando el papel de cirqueros, vendedores de armas, ingenieros, prestamistas, litigantes, abarroteros, gambusinos, ferrocarrileros, banqueros, aventureros, etc.
Este grupo de “empresarios” oportunistas de finales del siglo XIX e inicios del XX, vieron inmediatamente las grandes ventajas económicas que representaba el negocio inmobiliario y por ello se dedicaron en cuerpo y alma a esta lucrativa actividad.
“En la primera década del siglo XX se dieron en México los más avanzados mecanismos inmobiliarios para desarrollar la ciudad en beneficio de los anteriormente mencionados. Sin embargo, la desenvoltura de la promoción incontrolada y altamente lucrativa de la comercialización de suelo urbano fue interrumpida por la Revolución Mexicana.
“Desafortunadamente dicha interrupción se dio sólo en las personas que tuvieron que abandonar el país para evitar los ajustes de cuentas. No así en el sistema al que habían dado origen: viejos y nuevos agentes inmobiliarios se encargaron de dar continuidad por décadas a un ya tradicional sistema de comercio inmobiliario…que se había dirigido más a cambiar las condiciones existentes en torno al suelo agrícola que las del suelo urbano.
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“Por ese vacío ideológico se filtró la ambición de los agentes inmobiliarios de tradición Porfiriana, quienes fácilmente pudieron burlar los principios del movimiento revolucionario y las buenas intenciones del gobierno del Distrito Federal que, por primera vez y gracias a la resolución, se había constituido en una corporación abiertamente democrática”, fragmento extraído del libro “La traza del poder: historia de la política de los negocios urbanos en el Distrito Federal - de sus orígenes a la desaparición del Ayuntamiento (1824 -1928)” del autor Jorge H. Jiménez Muñoz.
La maestra e investigadora Suzette Álvarez recalca el papel que jugaron el grupo de capitalistas llamados portafolieros en los orígenes de la especulación inmobiliaria y la repartición de terrenos, gracias a las concesiones obtenidas por el gobierno.
Álvarez menciona que fue prácticamente debido a estos personajes y el tráfico de influencias que se fundaron las primeras y principales colonias y fraccionamientos, lotificando grandes extensiones de tierra agrícola, al menos desde 1824 hasta 1900 o casi 1910, cuando se frenó un poco con la llegada de la Revolución.
La investigadora añade que los herederos de aquellos primeros planificadores dieron continuidad de los proyectos hasta avanzado el siglo XX, más o menos por la década de los treinta.
“Es muy conocido el dato de que así surgieron colonias como la Santa María la Ribera o la San Rafael, pero poco se habla de otras como Indianilla o la Valle Gómez, al norte de nuestra ciudad. Uno de los empresarios más importantes de este período fue Tomás Braniff, una persona súper influyente en el Porfiriato y muy rico.
“Para que el asunto fuera más fácil y aparentemente legal, Porfirio Díaz modificó la Constitución de 1857 para decidir sobre las 13 municipalidades que conformaban la Ciudad de México propiciando que los beneficiados, entre otros, fueran los abogados Pablo y Miguel Macedo, Guillermo Landa y Escandón y Porfirio Díaz hijo”, mencionó Álvarez.
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De acuerdo con la historiadora este proceso fue básicamente para beneficiar a las personas allegadas al gabinete de Porfirio Díaz.
Nuestra entrevistada señala que el proceso consistía en hacer un contrato en el que se aprobaba el trazo de las calles y toda la colonia. Luego se trataba de conseguir código sanitario, agua potable, luz eléctrica y pavimentación.
Una vez teniendo esos datos, se enviaban diversos anuncios publicitarios a los periódicos y revistas de mayor circulación, y así ya vender los lotes a sabiendas que ya contaban con todos los requisitos y con todos los servicios.
La gran mayoría de especuladores eran también hábiles publicistas en el tema de vender estos nuevos conceptos de fraccionamientos y conseguir cada vez más inversionistas.
“El mejor ejemplo de nepotismo en este caso de situación inmobiliaria lo tenemos con Porfirio Díaz hijo, quien era ingeniero, y que fue el responsable de varias como el Manicomio de la Castañeda en Mixcoac y la Normal de Maestros que después fue el Colegio Militar; entonces aquí nuestro ingeniero cobró más de medio millón de pesos de pesos de los de aquel entonces por las dos obras”, señaló la investigadora.
Álvarez señala que en estos orígenes de la especulación inmobiliaria y las primeras colonias existe un común denominador y es que los inversionistas se aprovecharon de enormes terrenos que eran haciendas y ranchos, situados convenientemente a la cercanías de cuerpos de agua y tierras fértiles, totalmente propicias para el levantamiento y trazado de nuevas colonias alejadas del primer cuadro capitalino, e ir fraccionando lotes para venta.
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La historiadora indica que otra muestra de los manejos fue la irregularidad en los contratos ya que la fundación de algunas colonias cuentan con expediente y otras no; colonias como la Roma y la Condesa cuentan con expedientes, pero muchas otras no; de hecho, de las colonias más populares fueron llegando mucho tiempo después los documentos de propiedad para registrar y armar un expediente
“Otra cosa interesante es que vemos que los nombres de fraccionadores cambian por nombres de compañías; por ejemplo ya no son nombres como Alberto Landa y Escandón, en su lugar cambia a Compañía de Terrenos Mexicanos, S.A. o Compañía Fraccionadora Mexicana, S.A. y así lo hicieron muchos más inversionistas y fraccionadores”, señala Álvarez.
Finalmente, indica nuestra entrevistada, hacia los años treinta surgieron organizaciones para proteger los derechos de los colonos y para que se cumpliera con lo que los fraccionadores prometen al comprar un terreno, entonces tenemos el nacimiento del Bloque Revolucionario de Colonos del Distrito Federal, el Sindicato Revolucionario de Obras de Construcción D.F. o la Confederación Popular de Colonos del Distrito Federal.