En fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX se aprecian a niñas y niños usando los primeros uniformes escolares, especialmente se usaban en academias, internados y colegios particulares.
En aquellos años, la mayoría de niños de escasos recursos se dedicaban a otra actividad para apoyar en la economía familiar y pocos tenían tiempo de acudir a la escuela. Muchos de ellos fueron los populares “papeleritos” y “boleritos”. Lo mismo para las niñas que frecuentemente se hacían cargo de las labores del hogar, cuidar a abuelos, enfermos y otros hermanos.
En los años veinte, con la creación de la Secretaría de Educación Pública (SEP) de la mano de José Vasconcelos, cambió de manera radical la enseñanza en el país y surgió el concepto de educación moderna.

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Este proceso siguió a lo largo de los años veinte y fue tanta la demanda de mexicanos que deseaban estudiar y aprender que, en 1929, el Departamento de Enseñanza Primaria y Normal de la SEP añadió los turnos vespertinos en escuelas en un intento de solucionar el problema de la demanda de espacios escolares para tanta población.
Es por ello que en 1932 la propia SEP, por medio del entonces secretario, Narciso Bassols, encomendó la construcción urgente de escuelas al famoso arquitecto Juan O'Gorman.
Dichos centros educativos tenían que ser edificados bajo estrictas reglas y características en beneficio de los maestros y alumnos. Junto con estas específicas normas de construcción, que incluían colores especiales para cada área, estaba contemplado el tema de los uniformes para los niños para sus distintos grados.
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Resulta evidente que la moda de los uniformes en esta década y las que le siguieron, tenían una marcada y distintiva influencia europea que permitía un estilo homogéneo que no daba pie a diferencias entre clases sociales. Para conocer más sobre este tema, entrevistamos a la investigadora Suzette Álvarez.
Para ella el tema de los uniformes en las escuelas parte del espacio que se utiliza -desde la época de los primeros planes y programas de estudio-, el espacio de enseñanza determina varias cosas, entre ellas los uniformes, que al igual que otras personas portan para identificarse, los estudiantes de nivel primaria, secundaria y otros, se caracterizan justamente como estudiantes dependiendo de su nivel escolar.
Al respecto, nuestra entrevistada comenta que en este tema existe algo importante que resaltar y diferenciar entre las escuelas públicas y privadas, y es el hecho de que varias escuelas e instituciones particulares consideran a la educación como un negocio redondo; en muchos casos solicitan uniformes que mandan confeccionar a particulares o que se tienen que adquirir en lugares específicos mediante convenio entre la escuela, fabricante o proveedor.
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Para la investigadora el tema de los uniformes escolares también recae en la familia que tiene la decisión de quedarse con el uniforme que se les otorga gratuitamente a los estudiantes -que en muchos casos desean reforzar o hacer otro de las mismas características, pero con mejores telas.
Señala que no es raro ver a cientos de padres de escuelas públicas o privadas en las calles de Emiliano Zapata, en el Centro Histórico, en locales comerciales especializados en la fabricación y venta de uniformes escolares. Una tradición de décadas ya que no solo venden uniformes escolares, sino también para enfermeras, doctores, meseros, cocineros, maestros, maestras de preescolar, batas, etc.
Suzette Álvarez nos relata que fue en los años treinta y cuarenta, cuando surge el nacionalismo y esa tarea unificadora de la nación, ola que también impactó en el ámbito educativo y justo los uniformes son una muestra de esos cambios.
“En los años cuarenta, por ejemplo, la vestimenta de las niñas ya no es tan parecida a una adulta, a una mujer, sino más propiamente hacia su condición de estudiante”, señala Álvarez.
En estas décadas los niños cambiaron de una vestimenta tipo obrero y se perfilaron más como estudiantes aunque, en algunos casos, llevaban cierto indicativo y tendencia hacia la vestimenta militar, tal vez pensando en un futuro relacionado hacia ese propósito o por simple moda de la época, considera Suzette.
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Los mismos cambios se reflejan en los uniformes de las niñas y adolescentes, ya que van ligados a ciertas actividades como la confección, artes plásticas y cocina.
La década de los cincuenta y sesenta destacó por la continuidad de dos mismas administraciones que siguieron el modelo previo de la construcción de escuelas y la identidad entre alumnos de distintos niveles escolares que, en muchos casos, utilizaban el color naranja que se veía en los antiguos logos del entonces Departamento Del Distrito Federal.
Los uniformes escolares que prevalecieron en el tiempo del regente capitalino Ernesto P. Uruchurtu (1952 y 1966) y que son muy recordados, son los famosos jumpers rosa, azul y guinda y blusa blanca que diferenciaba los grados de primero, segundo y tercero de secundaria en las adolescentes.
En el caso de los varones, los adolescentes utilizaban uniformes tipo cadete los tres años de secundaria, incluidos corbata y cinturón haciendo juego. Dichas combinaciones culminaron a inicios de la década de los setenta. Este cambio en los uniformes en aquellos días se mantuvo por mucho tiempo asegura nuestra entrevistada y nos comparte lo siguiente:
“En la vida cotidiana, aunque a veces no lo vemos así, está presente, tanto en su generación como en la mía, que no estamos muy alejados, compartimos todavía eso de llevar un uniforme de educación física y otro del diario, con esa tela característica que se llama Príncipe de Gales, con sus colores tradicionales; no en azul marino, el verde.
El color guinda se identifica más con las secundarias generales, federalizadas y se distingue de las técnicas, porque las técnicas suelen ocupar colores más neutros como beige como café, sí se distingue un poco más, yo creo que ahí sigue estando ese reflejo que habla de qué tipo de escuela perteneces y que estás estudiando.
El hecho de llevar uniforme en la calle ya nos indica que van a una escuela, que pertenecen a cierta zona, cuestiones necesarias por si el estudiante sufre un accidente o desaparece, pues es una forma de identificación. Álvarez sostiene que para estos casos fortuitos y otros que podrían ser de estudio vale la pena analizar los cambios que motivan y motivaron dichas transformaciones: “Así tenemos que el uniforme no solo funciona para el espacio de la escuela. No porque te lo impongan, sino porque también es un aviso social para las personas. Y creo que el uniforme de secundaria ya está instalado en la cultura popular, pues también impactado en la música, en el arte, en la portada del disco de Molotov, pues tiene una chica que trae una falda de escuela, de uniforme, es algo súper cotidiano”, opina.
A su parecer, las decisiones tomadas en los últimos años con respecto al uso de los uniformes escolares, la investigadora narra que en el recorrido por el pasado de los uniformes escolares en que distintas administraciones, es el resultado de las tendencias sociales y culturales en su contexto histórico y considera que nuestro presente sigue intentando darle un sentido de uniformidad, de actualidad, y por ello, llegamos al uniforme neutro.
“El uniforme neutro es también un reflejo de la sociedad que estamos viviendo, y ya no es tanto de que por ser niña, la niña debe vestirse así, o si es niño debe vestirse de tal manera. Ya es vestirse de acuerdo con lo que se identifican cada uno. Entonces pues ahí no se rompe el código de vestimenta, pero sí se están rompiendo estereotipos”, dice.
Para concluir afirma que la manera en la que se puede romper un estereotipo es a través de la vestimenta, de lo que reflejas. Hay mucha apertura a la educación de que los niños o los jóvenes se vistan acorde con lo que se identifiquen, no bajo el género con el que nacen. Entonces pues eso también nos lleva a pensar cómo los uniformes inician un sentido de identidad y de pertenencia que se funda en la educación, finalizó la investigadora.