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¿Por qué la gente se bañaba cada 8 días?

No bañarse se entendía como un mal hábito. Pero durante el siglo pasado no se tenía contemplado el acceso al agua como un derecho humano; en los años 20 las personas pobres se aseaban cada 8 días en baños públicos. En las casas apenas había retrete
Bañarse sólo los sábados
30/11/2019
00:10
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Texto: Elisa Villa Román
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica

Llevaban el traje más viejo que tenían, con el cuello de la camisa subido hasta las orejas y los zapatos desabrochados, sin calcetines, con las manos en los bolsillos del pantalón y bajo el brazo, el paquetito de ropa limpia envuelta en periódico.

Era una escena típica de las mañanas sabatinas en la Ciudad de México, cuando los capitalinos acudían a las regaderas públicas para darse el “remojón” semanal, en 1922.

Iban solo una vez a la semana, porque bañarse con agua caliente costaba y las casas apenas tenían letrina.

Bañarse una vez a la semana se entendía como un mal hábito de las clases bajas, pero en realidad era un indicador de desigualdad.

El reportero Ariel Nafarrete narraba en sus crónicas el peregrinar por los baños públicos de la ciudad.

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Las personas acudían en familia a tomar su baño semanal. Un reportero de esta casa editorial describió los rituales en torno a esta costumbre. Archivo/EL UNIVERSAL. 19 de noviembre de 1922.

Después de una hora de aseo, las personas salían de los baños públicos con las caras rojas por el agua caliente, la piel de las manos arrugada y con un apetito “de todos los diablos”, narraba el periodista.

Era momento de tomar “un toniquito”, que podía ser un chupito de tequila o una gelatina para quienes no bebían alcohol.

“Yo recuerdo a un compañero mío de periodismo, excelente muchacho, activo, inteligente y correcto que pertenecía a la numerosa legión de los que nada más en su sábado o domingo se dan su semanario remojón”, decía Nafarrete.

El reportero narró que el muchacho llegaba al trabajo con su ropa limpia envuelta en periódico, asegurando que prefería no asistir a misa con tal de bañarse una vez a la semana.

“Dispénseme, pero ya me voy al baño, porque si se me hace tarde tendré que esperarme hasta el otro sábado y no quiero que se me pase uno, solamente cuando me siento acatarrado dejo de tomar mi sabroso baño tibio”, dijo el joven.

“Mientras él trabajaba a mi lado, tenía que usar una de aquellas mascarillas que inventaron durante la guerra, contra los gases asfixiantes […] Y todo esto sucede porque el gobierno no obliga a los propietarios de casas [en renta] que pongan en ellas baños bien acondicionados”, escribió Nafarrete.

El aseo diario, por más cotidiano que parezca, refleja las desigualdades en el acceso al agua. Su abastecimiento como servicio constante e ininterrumpido, es relativamente reciente en México. 

Durante los años de conflictos armados y hasta 1924, la dotación de agua en la Ciudad de México tuvo varios desequilibrios. Había largas temporadas en que el agua no caía durante el día.

En 1927 se cavaron pozos con bombas en los manantiales de San Luis Tlaxialtemalco, en Xochimilco, y en 1936 se perforaron los primeros 18 pozos profundos de entre 100 y 200 metros, hecho que marcó el inicio de la explotación intensiva del acuífero, según el libro El agua y la Ciudad de México: de Tenochtitlán a la megalópolis del siglo XXI.

Para el doctor Raúl Pacheco-Vega, académico del Centro de Investigación y Docencia Económicas, “no hemos evolucionado en cien años. [Hoy] tenemos instrumentos jurídicos como el derecho humano al agua, con firmas de acuerdos internacionales, pero seguimos cometiendo los mismos errores. Es una verdadera pena”, afirma en entrevista el investigador.

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Aspecto del exterior de los baños públicos La Paz. 27 de julio de 1982. Archivo/EL UNIVERSAL.

El agua es un bien social y cultural, no sólo un bien económico. Además, es un recurso natural limitado, fundamental para la vida y la salud.

Por otro lado, el saneamiento básico es entendido como el derecho a eliminar higiénicamente las excretas y las aguas residuales, y tener un ambiente limpio y sano tanto en la vivienda como en las proximidades, de acuerdo con un documento de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en 2014.

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“La escasez de agua, aunada al alza de precios de los insumos como el diésel y el petróleo, necesarios para el funcionamiento de los baños públicos, ha propiciado que muchos de éstos tengan que cerrar” 10 de marzo de 1989. Foto: Antonio Arredondo. Archivo/EL UNIVERSAL.

Pero no basta con ponerlo en el papel, dice Pacheco-Vega, “se trata de cómo desarrollamos infraestructura para poderlo implementar en la realidad. Y la forma de hacerlo es mediante un nuevo diseño institucional a través del cual la federación, que sí tiene la capacidad de recaudación tributaria, asigne apoyo a los municipios como parte fundamental del presupuesto”.

En 1923, autoridades capitalinas abrieron baños públicos gratuitos cerca de los mercados. “Estos baños facilitarán a la clase humilde su aseo personal, que de otra manera le es tan difícil, por carecer de elementos para ir a un baño donde tienen que pagar”, dice la nota publicada en este diario.

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Aspecto del exterior de los mercados Juárez, San Lucas y de una calle aledaña a La Merced. Ahí, autoridades colocaron baños públicos gratuitos en 1923.

Mientras este sector apenas tenía dónde lavarse, otro interpretaba el momento del baño como “el más conveniente, el más completo”. Una nota de 1924 dice: “el baño es abstracción de la mente, es como un examen de conciencia bien hecho. Nos muestra nuestros defectos y nos arrepentimos de ellos. Nos reconciliamos con nuestro verdadero yo”. Dos lecturas distintas sobre el mismo hecho, en la misma época.

Hoy tenemos conceptos como escasez, inseguridad y vulnerabilidad hídrica para explicar las desigualdades por el agua.

En los años 20 los contrastes sociales ya se tenían claros: “La inmensa mayoría de las casas de la Ciudad de México, especialmente las ubicadas en los barrios antiguos de la ciudad, carecen de baño. La gente no tiene dónde asearse y forzosamente recurre a los establecimientos públicos en busca de una tina de agua tibia, por la cual han pasado todas las enfermedades habidas y por haber”.

Fue hasta el 8 de febrero de 2012 que se elevó a rango constitucional el acceso al agua y saneamiento en México. Tener un retrete y suficiente agua limpia para cubrir las necesidades diarias es un derecho humano.

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Publicidad de un cuarto de baño de 1925. “Se trata de un interior primoroso, como puede verse. Cada día adquiere más importancia en México el arreglo de genuinos, modernos y confortables cuartos de baño, asunto que anteriormente se descuidaba tanto”. Archivo/EL UNIVERSAL.

“El gran problema en el sector agua es que nadie quiere aportar [dinero]. Cumplimos con los tratados internacionales, los firmamos. Pero no sólo es eso, es invertir y crear políticas públicas que realmente fortalezcan a los organismos operadores y garanticen el derecho humano al agua”, comenta Pacheco-Vega.

Hasta 2006, un habitante de Lomas de Chapultepec consumía siete veces más agua que uno de Azcapotzalco y 63 veces más que alguien en Ecatepec, según datos recopilados por María de Jesús Valladares y Jorge Legorreta.

Además, una familia habitante de las periferias de Ecatepec pagaba diez veces más por el agua que una de las Lomas.

Nuestra foto principal es de agosto de 1989, cuando la falta de vivienda y servicios de saneamiento en Nezahualcóyotl impedían a las familias tener un baño digno y acceso al saneamiento. Archivo/EL UNIVERSAL.

Las fotos comparativas pertenecen al archivo de esta casa editorial. La primera es una ilustración de 1926, publicidad de una tienda de artículos para baño. La segunda es de los años 90, cuando el niño Antonio de Jesús era bañado un lunes por la mañana en un parque de la capital.

Fuentes:
Hemeroteca y Fototeca de EL UNIVERSAL.
Entrevista con el doctor Raúl Pacheco-Vega, investigador especializado en temas de agua y medio ambiente del Centro de Investigación y Docencia Económicas.
El derecho humano al agua potable y saneamiento, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, diciembre 2014.
Libro El agua y la Ciudad de México: de Tenochtitlán a la megalópolis del siglo XXI. Jorge Legorreta. Universidad Autónoma Metropolitana.