Palabras del náhuatl que conquistaron la CDMX

Mochilazo en el tiempo

En el marco de las conmemoraciones alrededor de Tenochtitlan, hoy hacemos un recorrido por la memoria histórica a través de palabras de origen prehispánico que aún vemos en calles, colonias o estaciones del Metro de la Ciudad de México, nombres que están íntimamente ligados con una identidad y reflejaban las características geográficas y orográficas de cada lugar

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El tranvía con destino a Mixcoac en el cruce de la Calzada de Tlalpan y Municipio Libre en los años setenta. Foto: Museo STE.

Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

“El estudio de las toponimias indígenas es muy importante para conservar la memoria histórica, construir nuestra identidad y fortalecer el apego a nuestra ciudad”, afirma en entrevista el cronista Pablo Moctezuma Barragán.

El cronista considera que el náhuatl y los “nahuatlismos” acompañan a quien vive en la metrópoli de manera inherente y estos términos se mueven con el residente desde Tlalnepantla hasta a Azcapotzalco, cuando se piensa en ir a Texcoco o al abordar el Metro en las estaciones Tacuba o Popotla.

También al tomar un chocolate, comer un taco con aguacate, elotes o esquites con chile. En el sentido más personal, al estar con los cuates o apapachando a la pareja, “hasta la palabra güey (wey) tiene origen náhuatl”, comenta.

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Reconstrucción esquemática de México-Tenochtitlan en los años 1325-1519 publicado por el D.D.F. en el que se pueden leer los nombres como “Nonoalco”, “Mixhuca”, “Tlaxcoaque”, “Texcoco”, entre otros, que siguen siendo parte de la vida cotidiana de la Ciudad de México. Colección Carlos Villasana / “Imagen de la Gran Capital”, D.D.F., 1985.          
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Foto: Juan Boites / Archivo EL UNIVERSAL.

De acuerdo con su experiencia, en gran parte del país se sigue explicando la historia con una “visión dominante, que es la de los colonialistas hispanos”.

Expone que es necesario que las lenguas originarias del país se integren de manera regional a los niveles escolares básicos, es decir, enseñar de manera oficial náhuatl donde predominó el náhuatl, lo mismo con las 67 restantes, pues en el país se tienen registradas 68 lenguas originarias con sus diversas variantes lingüísticas.     

Según datos de la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes, “en la CDMX se hablan 55 de las 68 lenguas indígenas nacionales. Las de mayor presencia son el náhuatl, cuyos hablantes representan casi el 30% del total; el mixteco con el 12.3%; otomí 10.6%; mazateco 8.6%; zapoteco 8.2% y mazahua con 6.4%.”

El cronista considera que cada lengua es un tesoro que tiene que ser preservado y en ocasiones, rescatado antes de que sea olvidado. Para reforzar esto, le parece importante que se estudien otras versiones de la historia, para revalorar y conocer cómo eran las antiguas civilizaciones y “tener la mirada primero en nuestra tierra y también, desde luego, al conocimiento universal”.

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Representación del glifo de la fundación de México -Tenochtitlán en el libro “Imagen de la Gran Capital”, D.D.F., 1985. Colección Carlos Villasana.

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Los nombres propios de los sitios estaban íntimamente ligados con su identidad y reflejaban características geográficas y orográficas del lugar, por ejemplo en Mixcoac había grandes trombas cuando llovía, por eso su apelativo “mixtli” que significa nubes, “coatl” que es serpiente y “C” lugar: el significado sería “lugar de las nubes en forma de serpiente”.

El cronista explica que muchos de los sitios conservan su nombre náhuatl y otros son más conocidos por los nombres que les dieron los españoles, ya fuera que los “españolizaron” —asemejando su pronunciación— o añadiéndoles nombres cristianos.

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Glifo de “Mixcoac” que fue colocado como parte de un proyecto de mosaicos. Imagen: Cortesía Pablo Moctezuma.
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El tranvía con destino a Mixcoac en la década de 1950. Colección Carlos Villasana.

Ejemplo de aquellos que distorsionaron sería Churubusco, que originalmente se llamaba “Huichilopochtlo”; “Coyohuacan” que hoy en día es Coyoacán o “Tlacopan” que se convirtió en Tacuba.

De los segundos, se encuentran —por mencionar algunos— Santiago Tlatelolco, San Juan Tlihuaca o Santa Martha Acatitla, que son ubicados por los dos nombres, aunque ha habido excepciones donde el nombre en náhuatl ha predominado al nombre cristiano, tal es el caso de: San Bartolomé Naucalpan o San Esteban Popotla, que perdió el nombre cristiano. En el caso de San Ángel Tenanitla se perdió el uso del nombre en náhuatl y sólo se conoce como “San Ángel”.

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“Otros nombres de plano fueron impuestos por los invasores españoles, como “Puente de Alvarado”, que recuerda a aquel siniestro personaje que realizó crueles matanzas como la de la Fiesta de Tóxcatl, donde masacró a miles de danzantes en la Plaza Mayor, por cierto que a esa Avenida, este año se le cambia el nombre a México Tenochtitlan como parte de las conmemoraciones de los 500 años de la rendición de la ciudad frente a los invasores europeos”, narra.

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En el glifo de Tenochtitlán, se explica que la palabra “tetel” significa piedra, “nochtli” tuna y “tlan” abundancia: En el pedregal donde abundan las tunas. Imagen: Cortesía Pablo Moctezuma.

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Popocatépetl en 1978 antes de que fuera Eje Vial; este nombre lo escuchamos de manera constante debido a la leyenda de los jóvenes enamorados Iztaccíhuatl y Popocatépetl, que dio origen al nombre de la montaña y el volcán. Colección Carlos Villasana.

Aprender náhuatl re-conecta a estudiantes con su identidad

En 1910 se publicó el estudio crítico etimológico "Nombres Geográficos Mexicanos del Distrito Federal" escrito por Cecilio A. Robelo, estudioso experto en las toponimias indígenas, lectura fundamental para conocer el significado de los nombres antiguos que nos rodean. La Tesorería del Distrito Federal reimprimió el estudio en julio de 1977, por considerarlo esencial y de gran valor histórico para los habitantes de esta gran urbe:

“Aunque grande por su poderío, era pequeña la urbe prehispánica; la actual metrópoli es monstruosa por su tamaño, y deshumanizada por añadidura. El moderno poblador de la Capital ignora el significado de los nombres que los antiguos habitantes dieron a los distintos lugares de su ciudad. ¿Qué significado tenían para las tribus nahuatlacas los nombres como Nonoalco, Coyoacán, Azcapotzalco, Churubusco?”, se lee en dicha edición que cumple ya 44 años.

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En el libro de Cecilio Robelo, se explica que Coyoacán “significa el lugar del coyote flaco. “Esta interpretación está autorizada por el jeroglífico, que consiste en un “coyotl” con el pelo erizado y la lengua de fuera, indicando un animal flaco y hambriento””. Colección Carlos Villasana / “Imagen de la Gran Capital”, D.D.F., 1985.

El cronista explica que el desarrollo en la Cuenca de México, en lo social y lo urbano, ha existido desde hace miles de años. En aquellos tiempos la lengua predominante era el náhuatl, por lo que gran parte  de los nombres de los sitios donde en la actualidad se vive, trabaja o visita, son de origen náhuatl. Sin embargo, su significado se suele desconocer.

Su interés por la toponimia —el estudio del origen y significado del nombre de los lugares— nació de sus ganas de conocer los glifos —el dibujo de una palabra— de los lugares y darlos a conocer a los habitantes de esos espacios: “para que la gente aprecie y ame los lugares donde vive y luche por su mejoramiento”. 

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De acuerdo con Cecilio Roberlo, el significado de Popotla se explica de la siguiente manera: “se compone de “popotl”, de que se ha formado el aztequismo “popote” y de “tla”, posposición que expresa abundancia; y significa “Popotal”. El popote es el tallo delgado de una planta de la familia de las gramíneas (un tipo de plantas) que sirve para varios usos y principalmente para hacer escobas finas”.

Una de las tareas principales que el cronista tuvo que hacer fue aprender náhuatl; narra que esta lengua acompaña a generaciones enteras que habitan o han habitado la Cuenca de México tanto en los nombres de sus colonias, avenidas o alcaldías como en el lenguaje cotidiano. Desafortunadamente, en muchas ocasiones no se sabe sobre su origen ni su significado.

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Comenta que aprender la lengua permite que el estudiante re-conecte consigo mismo y su identidad. Para él, comprender por qué un sitio se llama de cierta forma es apasionante: “por ejemplo “TLAN”, viene de “tlantli” que quiere decir diente, los dientes son muchos siempre están en un conjunto y en cada glifo dibujan un par de dientes. Y “TLAN”, también es abundante: “Zapotitlán” significa donde abundan los zapotes; “Mazatlán”, donde abundan los venados; “Tomatlán”, donde abundan los tomates, etc.”.

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Paradero de Pantitlán en los años 90. Cecilio Robelo escribió que en el texto "M.S. Tezozomoc” se lee: "En medio de la laguna mexicana, detrás de un peñol que llamaban Tepetzinco y echaban en un ojo de agua que corre por las venas y entrañas de la tierra que llaman Pantitlán que hoy día está y parece estacada a la redonda con estacas muy gruesas, y allá echaban cuando había hambre o no llovía, a los nacidos blancos (...) o que tenían señales". Foto: Archivo El Universal.

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Aspecto del Metro Pantitlán en el 2006. Foto: Karla Ibáñez / Archivo EL UNIVERSAL.

En el año 2000, el cronista realizó un proyecto a través del cual colocó mosaicos de talaveras en la colonia Tezozomoc en la alcaldía Azcapotzalco, donde las calles tienen nombres de pueblos originarios como Pimas, Opatas, Pames, Xochimilcas, Tlahuicas etc.

Posteriormente, trabajando con la también cronista María Elena Solórzano, pusieron un mosaico en cada uno de los pueblos originarios de Azcapotzalco y al año siguiente, en 2004, con apoyo de la UAM-Azcapotzalco, otros 25 en pueblos y barrios.

El proyecto fue apoyado en 2006 por Alejandro Encinas para la colocación de 322 mosaicos en toda la ciudad, aproximadamente 20 en cada alcaldía. De manera aislada se han puesto algunos mosaicos más y en Azcapotzalco 90 murales de un metro cuadrado en el periodo 2016 a 2018 .

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 En el libro "Nombres Geográficos Mexicanos del Distrito Federal" de Cecilio A. Robelo se explica que “muchos de los nombres de lugar se formaron del apellido de los fundadores, y cuando las palabras no podían ser expresadas con sus propios sonidos, escogían signos que próximamente correspondiesen a la voz apatecida; con el tiempo, estos signos cambiaron de pronunciación, y por consecuencia, de significado”. Imagen: Cortesía Pablo Moctezuma.
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 Trolebús con destino a Azcapotzalco a finales de los años setenta. Colección Carlos Villasana.
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El glifo de Azcapotzalco sigue siendo parte no sólo de la identidad gráfica de su administración, sino también ocupa un lugar especial en la identidad de la demarcación.

Este 2021, en el marco de las conmemoraciones alrededor de Tenochtitlan, la jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum apoyó un proyecto con el que se colocarán 200 mosaicos: “estamos marcando con el glifo de Tenochtitlan el perímetro donde se ubicaba el Ueyi Altepetl y también hemos puesto en Mixihuca y en Xochimilco. Es una labor muy satisfactoria”.

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Una tarjeta postal de las típicas trajineras de Xochimilco en la década de los 50, captada frente al restaurante Moctezuma, donde se aprecia un anuncio de la cerveza XX. Los letreros de las embarcaciones dan la bienvenida a los miembros del Templo Anezeh, parte de la organización Shriners, establecida en México en 1907. Foto: Colección Carlos Villasana.  

A lo largo de estos años ha tenido experiencias memorables con los vecinos que han atestiguado la colocación de estos mosaicos, comparte con El Gran Diario de México dos momentos que recuerda mucho.

El primero en colocarse fue el glifo de “Xocotlan” que significa “Donde abundan los frutos” en la alcaldía de Tlalpan. Un señor mayor iba caminando y de repente se detuvo para contemplar el mosaico de talavera y dijo con sorpresa: "¡Caray…40 años de vivir aquí, y no sabía qué quería decir!".

En otra ocasión, cuando estaban pidiendo permiso en una casa para colocar en la fachada el mosaico de “Mixcoac”, una mujer de 94 años dijo que conocía perfectamente el significado. Comenta que a la mayoría de las personas le causa curiosidad conocer la toponimia de la ciudad y sus glifos, esto debido a que todos los seres humanos requieren de un sentido de pertenencia, de apego a lugares que se vuelven entrañables.

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Nombres antiguos como Mixcoac se preservan en la vida cotidiana capitalina. Fotos: Museo STE y Juan Boites / Archivo EL UNIVERSAL. Diseño web: Rodrigo Romano.

Según su perspectiva, en este momento hay muchas generaciones —niños, jóvenes y adultos— con un genuino interés por conocer las raíces y orígenes de nuestra sociedad, para apreciar y retomar todo lo que se heredó de las culturas originarias, que es vital para construir un futuro mejor:

“Hemos de ser conscientes que nuestra cultura es una de las cinco originarias en el mundo: La del Anáhuac, la China, Mesopotamia, el Valle Indú y la cultura andina. Dejemos atrás el eurocentrismo y el hispanismo para sentir nuestras propias raíces, conocer nuestras capacidades y potencialidades que hemos heredado a través de los milenios. Somos un pueblo único, especial, mágico, debemos aprender a apreciarnos a nosotros mismos”, finalizó.

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En estas distintas imágenes gráficas de la alcaldía Milpa Alta; se puede ver cómo se han permitido hacer variaciones con el glifo que representa las palabras: “”milli”, sementera, y de “pa”, en; y significa “En la sementera ó sembrado”. De “milpa”, tal como suena, se ha formado el aztequismo “milpa”, con la significación de “sementera de maíz””, según Cecilio Robelo.  Colección Carlos Villasana / “Imagen de la Gran Capital”, D.D.F., 1985 y Alcaldía Milpa Alta.

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 Como se puede ver en esta comparativa, parte de la imagen gráfica de algunas de las alcaldías de la capital siguen siendo los glifos de sus nombres originarios, tal es el caso de “Iztacalco”, que de acuerdo a Cecilio Robelo: “se compone de “iztatl”, sal, de “calli”, casa, y de “co”, en; y significa: “En la casa de la sal,”. Colección Carlos Villasana / “Imagen de la Gran Capital”, D.D.F., 1985.

  • Fuentes:
  • Dr. Pablo Moctezuma Barragán. Doctor en Diseño, Área Estudios Urbanos y autor del proyecto “Glifos de la Ciudad de México”, que consistente en 400 murales de mosaicos de Talavera con la toponimia de la ciudad.
  • Estudio crítico etimológico "Nombres Geográficos Mexicanos del Distrito Federal" escrito por Cecilio A. Robelo, 1977.
  • Libro “Imagen de la Gran Capital”, D.D.F., 1985.

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