Los quick lunch, donde las tertulias eran con hot cakes

En la Ciudad de México de los años 20 comenzaron a surgir comedores de influencia estadounidense, los llamados quick lunch, ancestros de loncherías y de la comida rápida que eran frecuentados sobre todo por los intelectuales contemporáneos

Un anuncio de Palmer House, “restaurant y lunch room de la capital”, publicado en EL UNIVERSAL ILUSTRADO (9 de junio de 1927).
03/01/2021 00:00 Actualizada 03:32
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Texto: Nayeli Reyes Castro

Hubo una época en que las discusiones intelectuales se alimentaban con sándwiches y hot-cakes en comedores al estilo estadounidense llamados quick lunch. Esos lugares que comenzaron a abundar en los años 20 mantenían despierta a la Ciudad de México cuando los teatros o cines terminaban sus funciones y los estómagos bohemios buscaban comida.

Ahí iban a parar los poetas Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Bernardo Ortiz de Montellano y el pintor Roberto Montenegro, según nos cuenta Silvestre Paradox en EL UNIVERSAL ILUSTRADO de 1926: “Todas las noches se reúnen alrededor de unos ‘hot-cakes’… se sirven rápidamente sus emociones, sujetándose al lema de café”.

La investigadora Reyna Barrer explica que los jóvenes Contemporáneos, “como las estrellas que forman una constelación”, acostumbraban cenar hot-cakes con miel y mantequilla, “habito extranjerizante que los mostraba diferentes y apartados de la tradición”.

En esos años Novo y Villaurrutia editaban Ulises, una revista que, según la ensayista Valeria Luiselli fue escandalosa, subversiva, no se adscribía a los proyectos del momento, patrocinados por el Estado, ni era promotora de causas revolucionarias, era irritante para la intelectualidad predominante que frecuentaba salones afrancesados.

Luiselli detalla que la dirección postal de Ulises era un cuarto de azotea que rentaban en la calle Brasil número 42-10, donde se reunían frecuentemente con el poeta Gilberto Owen, interrumpían sus sesiones para ir a cenar a un lugar cercano llamado Quick lunch.

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Anuncio de la tabaquería, restaurant y quick- lunch El Cisne de Plata. Ubicado en avenida Brasil número 94. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO (14 de junio de 1928).

Así, escritores, pintores y poetas invadían los “restoranes automáticos” para hacer sus “tertulias condensadas”, dice Paradox: “sentarse a lo largo de ese perenne banquete que son los ‘Quick Lunchs’ y charlar rápidamente, sintetizando los conceptos para estar al día de las emociones sincrónicas que sugiere el aceleramiento de la vida”.

Paradox vio cómo dejaron atrás los cafés recónditos, el humo de las pipas y las ensoñaciones, comenzaron una “nueva bohemia”, sin ninguna “pose”, “sostenidos por la urgencia de la hora y del menú”, en una mesa hablaban sobre las escenas de la vida los dramaturgos Lázaro y Carlos Lozano García, Ricardo Parada León y el reportero Carlos Noriega Hope.

En otra, reinaban los seudónimos de periodistas y caricaturistas: Ortega charlaba de lo sensacional con Júbilo, Audiffred, García Cabral, Pepe Palacios y Ruffo “en esa oblonga hoja de plata en que se convierte el Quick- Lunch del (Teatro) Principal todas las noches”, decía Silvestre Paradox, quien, por cierto, era el seudónimo con el que firmaba el escritor Arqueles Vela.

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Caricaturas de Audiffred publicadas el 16 de junio de 1929, él también frecuentaba los quick lunch. Foto: EL UNIVERSAL.

El “New York style”

“Los gringos nos enseñaron a pavimentar los cerros y ya no usamos las velas ni siquiera en los entierros… Las fondas son hoy quick lunches, y con grandes aspavientos llaman a las vecindades casas de Departamentos”, escribió Salvador Novo en EL UNIVERSAL ILUSTRADO de 1927.

El mismo Novo explica en su libro Historia Gastronómica de la Ciudad de México que los quick lunch se popularizaron en México después de la Revolución, cuando la influencia estadounidense llegó al país a través del cine, la publicidad, la moda y la practicidad del sándwich.

A principios del siglo XX, con la industrialización de los países llegó la prisa por hacer negocios, una psicosis de aprovechar el tiempo, lo cual alcanzó a la hora de la comida, según el investigador Jorge De’ Angeli.

Fue la época del quick lunch (almuerzo rápido), tres tiempos concentrados en un solo platillo, ofrecido usualmente en establecimientos que llevaban ese nombre e incorporaban la moda de comer en el mostrador o en pequeños cubículos, lo cual también adoptaron otros sitios como los cafés de chinos.

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Compara el antes y después deslizando la barra central  (clic aquí para ver más grande)

La fotografía antigua muestra un lunch room en 1927. Hoy podemos imaginar cómo eran  en sitios como el café La Blanca (imagen de 2018), el cual tiene barra y gabinetes como en aquel entonces. Fotos: EL UNIVERSAL ILUSTRADO y Tristán Velázquez. Diseño web: Griselda Carrera. 

En México varios de estos abrían las 24 horas y eran frecuentados también para merendar, si bien existían en todo el país, se concentraron especialmente en las ciudades, donde la tendencia estadounidense estaba más marcada.

Además, en México se instauró la jornada corrida de trabajo en oficinas, comercios y fábricas, por lo que quienes acostumbraban comer en sus casas ya debían hacerlo fuera, lo cual favoreció la proliferación de negocios que ofrecían quick lunch.

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“Todos los habitantes de Pachuca se han dado cuenta de los magníficos alimentos que se expenden en el Quick Lunch…Este establecimiento ha venido a llenar una necesidad en esa población”, se anunciaba el 30 de julio de 1925. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Según las publicaciones de la época, en las ciudades de Estados Unidos había quick lunch houses o lunch room, “¿ustedes saben qué es ‘eso’, mis paisanos? Ustedes que han dado en llamar ‘lonches’ a las botanas y en tatuar con nombres sajones las pollerías y emporios de antojitos mexicanos”, cuestionaba el periodista José Juan Tablada cuando fue a Nueva York en 1932 y visitó uno de esos sitios “oloroso a oleomargarina y coles agrias” en Wall Street.

Estos nuevos locales y sus rótulos indigestaban a los estómagos más nacionalistas, ya desde 1923 un periodista se quejaba de que andar por la Ciudad de México era como recorrer las calles de Estados Unidos, por el abuso del idioma inglés.

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“En los quick lunch se pide actualmente, en vez de un taco de barbacoa, ‘cinco minutos de hot cakes’”, decía una publicación del 8 de mayo de 1924. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Por ello, el Ayuntamiento había ordenado que los letreros de casas y comercios fueran escritos prioritariamente en español, no en idiomas extranjeros: “A una casita llamada ‘Milliers’s Quick Lunch’, le ha sido quitado su nombre, cambiándolo por el de ‘Lonchería Rápida’”, nos relataba en EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

En 1924, otro reportero se lamentaba de la moda estadounidense en el país: las “chamacas” se habían convertido en “flapper”, mujeres fanáticas del jazz, detractoras del corsé que usaban faldas y cabello corto; los “lagartijos” también habían cambiado, llevaban la típica “cabeza de pilón”, el corte a la Boston.

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“Resultó la exigencia de que quien vistiera ‘New York style’ no se presentara a satisfacer importunas necesidades de su estómago en una taquería en donde habría desentonado su exotismo. Y para no sufrir estas molestias fue preciso establecer los quick lunch, en donde no se toma chocolate, ni hay tacos con guacamole, ni barbacoa, pero se bebe crema coloreada con café, ‘pie’ de frutas, sandwichs de jamón y, especialmente, ‘jam and eggs’”, detallaba con ironía el reportero.

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“Tipos pintorescos. El funámbulo de la charola, Loui del Quick Lunch ‘Lewis’, tiene todo el prestigio de un sujeto estrambótico, raro, bizarro por sus cuatro costados”, destacaba una nota del 3 de noviembre de 1927. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO.
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15 de septiembre de 1927. Casa Lewis, ubicada en la esquina de la avenida Juárez y Revillagigedo. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Nuestros “cuic lonches”

— ¿Quick lunch? — preguntó una vendedora de comida en el Mercado de San Juan a un cargador que iba pasando en busca de comida.
— ¡Qué “culonch”!... ¡Tortilla con chile!... ¡Ándele en seguidita y no se me agringue!

Alejandro Núñez Alonso presenció esta escena en 1930, cuando rondaba el mercado en busca de historias para EL UNIVERSAL ILUSTRADO: “El viejo parece malhumorado; o, por lo menos, no está por eso de los extranjerismos. A él que le hablen claro y que le den de comer en mexicano”.

En 1929 la “fiebre de ‘yanquización’” alcanzaba hasta a los sectores populares, tanto que se vendían “jotcaikes”, a cinco centavos cada uno, en puestos ambulantes de San Antonio Tomatlán, contaba otro colaborador.

Además, presagiaba la desaparición de las fondas de Tepito: “Nos sorprendemos con el hecho de que las viejas fondas o casas de comida, tan típicamente mexicanas, van desapareciendo de día en día para ceder lugar a esos Quick lunch de legítima importación americana”.

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“Cómo nos estamos ayankando”, nota del 14 de febrero de 1929. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Un tal O’lary llamaba a este tipo de lugares un “honrado figón al paganismo”, en tanto, Juan de Ego escribió en 1929: “los Quick lunch han reemplazado, en su mayor parte, a nuestros tradicionales ‘cafés’. La civilización, pues, se está llevando las cosas más características de nuestra ciudad y de nuestro pueblo, dichosamente, tratándose de este caso, para substituirlas con cosas más aventajadas y más de acuerdo con nuestra cultura popular...”

Sin embargo, los quick lunch de los barrios periféricos eran más modestos que los del centro de la ciudad frecuentados por los bohemios, los cuales estaban ubicados especialmente al lado de cines, teatros y hoteles, también en vías principales como la calle Madero.

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Anuncio de inauguración del Folis Café, publicado el 15 de septiembre de 1939. Foto: EL UNIVERSAL.

“Hoy el ritmo de la vida es otro. Antes, hace algunos años, había un café junto al Teatro Principal. Hoy existe un quick lunch”, mencionaba el periodista Júbilo en 1930. Ese era precisamente uno de los más famosos, propiedad de E. L. Howard y H. H. Church, dos estadounidenses que habían invertido en el sitio a mediados de los años 20.

Ahí se hablaba, además de español, inglés, francés, alemán, griego y albanés; uno de sus dueños aseguraba que en ese lugar los aviadores compraban sándwiches y café para emprender largas travesías rumbo a la Habana.

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Imagen del Teatro Principal a inicios del siglo XX, antes de que cambiara su café por un quick lunch. Foto: Colección Villasana-Torres.

En la avenida Juárez estaba el Hotel Regis con un departamento con grill-room, cabaret, restaurant y quick lunch, “suficiente para atender a cualquier número de turistas que llegare de improviso”, según una publicación de los años 20.

En la publicidad de la época, el Regis aseguraba que su quick lunch, inaugurado en 1927, era el “más popular de la metrópoli”, contaba con música de orquesta y su personal hablaba inglés. Comer ahí costaba un peso, mientras que en los puestos de la calle conocidos como “los agachados” se podía almorzar por 25 centavos o menos, aunque no hubiera asientos.  

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Un anuncio del elegante quick lunch "Regis", publicado el 18 de agosto de 1927, tan sólo seis días atrás había sido inaugurado. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO

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La avenida Juárez vista desde el cruce con la calle de Doctor Mora en los años 20. Del lado derecho, el Hotel Regis. Foto: Colección Villasana-Torres.

También estaba el del Cine Olimpia, uno de sus anuncios del 1 de enero de 1925 decía: “Antes, durante o después de las funciones del teatro Olimpia pase ud. al café Olimpia Quick Lunch, ‘el café’ de mayor movimiento de la capital. Servicio rápido día y noche”.

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El cine Olimpia, ubicado en la calle 16 de Septiembre, anuncia las cintas "El general" y "El murciélago", ambas de 1926. En la parte de abajo podemos observar el letrero “Café Olimpia”. Foto: Archivo EL UNIVERSAL.

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Anuncio del quick lunch del Cine Olimpia, del 1 de enero de 1925. Foto: EL UNIVERSAL.

Los había de todo tipo, algunos más mexicanizados que otros. No sólo los estadounidenses los abrían, en esos años el cómico Chucho Graña dejó los escenarios para “echar morcillas”, “chile-con-carne”, “Ham and Eggs”, “Tenderloin Steak”, “Hot- Cakes” y cincuenta obras más.

“El sombrero, ligeramente ladeado; el cigarrillo entre los labios, ‘caracterizando’ a las mil maravillas su ‘role’ de propietario de Quick Lunch”, contaba el reportero Jorge Loyo.

También fue el caso del actor Miguel Horcasitas: “Le encontramos en su 'Miguelonch'—mexicaniza a su modo—, atareado, empuñando un enorme cuchillo, mondando papas. Allí todo está valorizado en ‘quince centavos’: milanesas. . . enchiladas. . . pollo con su respectivo adorno de ensalada”.

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Los actores Chucho Graña y Miguel Horcasitas en los quick lunch de los que eran propietarios en 1925. Foto: EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Salvador Novo relata que el “viejo y dulcísimo rito” de merendar fuera de casa se volvió atractivo y novedoso en esa época, estos comedores al estilo estadounidense eran de los favoritos para hacerlo.  

La vida estaba cambiando, en los quick lunch, ancestros de las loncherías y la fast food, los bohemios y noctámbulos encontraban ocasión para inaugurar la noche, planear lo que harían más tarde y alimentarse con las mejores conversaciones del día.

La fotografía principal es un anuncio de Palmer House, “restaurant y lunch room de la capital”, publicado en EL UNIVERSAL ILUSTRADO (9 de junio de 1927).

Fuentes:

  • Hemeroteca de EL UNIVERSAL.
  • Historia gastronómica de la Ciudad de México, de Salvador Novo.
  • “Intrusos en los cuartos de azotea: el origen invisible de la vanguardia cultural en la Ciudad de México”, de Valeria Luiselli.
  • Salvador Novo: navaja de la inteligencia, de Reyna Barrer.
  • Nueva grandeza mexicana, de Salvador Novo.

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