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Los grandes conventos capitalinos que ya no están

Dos conventos marcaron el Virreinato en la capital: el de San Francisco y el de Santo Domingo, el primero por ser el más grande de América Latina y el segundo por ser de los dominicos, encargados de la Santa Inquisición. Fueron demolidos en pro de la modernidad
Templo de Santo Domingo
10/11/2019
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Texto: Mauricio M. Castillo
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica

Oculto por la Torre Latinoamericana se encuentra el templo que durante siglos dio nombre a la actual calle de Madero: San Francisco. El caminante que pasa frente a él queda triste cuando sabe que aquel edificio es sólo un jirón del impresionante convento franciscano que durante el Virreinato fue el más importante de la capital novohispana.

Unas cuadras más al norte está la señorial plaza de Santo Domingo. El elemento más llamativo de ella es el templo dominico, famoso, entre otras cosas, por albergar al Señor del Rebozo en una de sus capillas. El paseante, de nuevo, siente un vacío al enterarse que en lado Poniente de la plaza falta otro convento, el de la orden dominica.
 

EL UNIVERSAL evoca las impresionantes estampas de aquellos dos conventos, el de San Francisco y Santo Domingo, que la Reforma borró del paisaje capitalino. La historiadora de arte Veka Duncan habla en entrevista sobre estos dos espacios. La importancia –afirma- de estos dos conventos está ligada por un lado a las órdenes a las que pertenecían y, por otro, a sus dimensiones.

En el caso del convento de San Francisco, se trataba del más grande de América, no solo de la Nueva España, y al mismo tiempo pertenecía a la primera orden que llegó a este territorio: los franciscanos, la misma que hizo la evangelización. El convento de Santo Domingo era importante porque los dominicos fueron la orden de la Inquisición, una de las instituciones fundamentales de la Iglesia católica en su momento. Quizá es por esto mismo que fue demolido, en el imaginario popular representaba lo más oscuro de la religiosidad española, dice Duncan.

Los primeros franciscanos llegaron a evangelizar en Nueva España en 1523. Al año siguiente hicieron su arribo doce frailes para continuar la labor. La orden de Santo Domingo de estableció en estas tierras dos años después.

Los seguidores de Francisco de Asís edificaron en honor de su santo patrono la primera iglesia de Nueva España. Aunque primero se establecieron en la actual plaza del Zócalo, no tardaron en mudarse hacia el Poniente, en donde hoy pervive la iglesia dedicada al varón de Asís.

El convento de estos frailes abarcaba más de 30 mil metros cuadrados de terreno, cuyos límites actuales serían la calle de Madero y la de Venustiano Carranza, de largo, y de fondo el Eje Central y más un poco más allá de Gante. Quien acude a la panadería Ideal de 16 de septiembre aún puede identificar los arcos de piedra que formaban parte del convento.

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Aspecto de la calle de Madero durante la visita de los feligreses al convento  de San Francisco, años 60. Archivo de EL UNIVERSAL.

Los dominicos construyeron su convento en la plaza actualmente conocida por los escritorios de evangelistas o plaza de Santo Domingo. Si bien fue dedicado en 1575, las malas condiciones en que quedó hicieron necesaria una nueva construcción que se llevó a cabo de las siguientes décadas y fue terminado y dedicado en 1736. Según Manuel Toussaint, gran historiador del arte colonial, esta iglesia es, sin duda, el ejemplar más característico del barroco mexicano.

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La Plaza de Santo Domingo en una fotografía de finales de los años cincuenta, cuando se encontraba abierta la circulación por el costado poniente. Destaca el edificio de la antigua Escuela de Medicina, todavía con el último nivel que fue demolido a finales de la misma década, además de la Real Aduana, actual sede de la SEP, y el templo de Santo Domingo. Imagen: Col. Villasana - Torres.
 

Capillas construidas por cofradías

Muy pronto los nuevos conventos se fueron engalanando con lo mejor del arte novohispano. Retablos de oro, lienzos, nichos de plata, representaciones religiosas de fina hechura, comenzaron a enriquecer sus interiores.

Un componente vital en aquellos edificios eran las capillas construidas por las cofradías. En el segundo volumen de Historia de la vida cotidiana en México. La ciudad barroca, el doctor Antonio Rubial García explica la importancia de estos grupos en la ciudad colonial.

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La Iglesia de San Francisco en la Ciudad de México se le considera la "madre de todas las iglesias franciscanas de América", según Fidel de Jesús Chauvet.   Marzo de 1983. Archivo de EL UNIVERSAL.

Rubial asegura que las corporaciones [como las cofradías] eran el medio por el cual los individuos podían hacer valer sus derechos ante el Estado, recibir asistencia social e incluso obtener ascenso personal (…) por último, cada una detentaba sus estandartes, galardones, imágenes y trajes propios, sistemas simbólicos que la corporación configuraba, transmitía y exhibía en las procesiones y fiestas civiles y religiosas, defendiendo en ellas su posición respecto a los otros cuerpos sociales, su espacio predeterminado y su situación jerárquica, apunta el historiador.

De este modo, se construyeron en los conventos capillas financiadas por cofradías de laicos que querían tener un lugar dentro del recinto religioso. En el Convento de San Francisco existían, a finales del siglo XVIII, siete capillas. Éstas eran la de la Purísima, la de Balvanera, la de los Servitas, San José de los Naturales, la de Aránzazu, la del Tercer Orden, de los Dolores y la del Santo Señor de Burgos. Algunas pinturas del siglo XIX permiten tener una idea del magnífico complejo que era aquel convento. 

Hoy sólo sobrevive la de Balvanera, que es la actual entrada al templo y cuyo interior ha sufrido varias modificaciones. La entrada original a la iglesia principal está cerrada y se encuentra sobre el Eje Central. El espacio donde estuvo la de Aránzazu fue ocupado por la iglesia de San Felipe de Jesús, de arquitectura presbiteriana.

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La actual entrada al templo de San Francisco. Marzo de 1983. Archivo de EL UNIVERSAL.   

En el recinto dominico se edificaron las capillas del Rosario –símbolo distintivo de esta orden-, la del Tercer Orden y la del Señor de la Expiración, siendo esta última la única que aún existe, en la esquina con República de Venezuela.  
 

La Guerra de Reforma terminó con dos grandes joyas

Los últimos estudios en Historia de la Vida Cotidiana en México permiten al lector del siglo XXI tener una idea de cómo eran las calles de su ciudad durante el periodo virreinal, etapa de esplendor de estos grandes conventos.

María del Carmen León Cázares, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, describe aquella urbe en la que las canoas transportaban las verduras de los pueblos cercanos; cuando la vida estaba regida por el tañir de las campanas; cuando México era la región más transparente del aire. Su descripción en el volumen antes citado abarca un día completo en la vida de la ciudad del siglo XVII. Este es el retrato del amanecer:

"Apenas deslumbraba el alba -escribe León Cazares- por las calzadas empezaba el tráfico de jinetes, recuas, carretas y hasta hatos de ganado en tan gran número que, a pesar de su amplitud, el congestionamiento las hacía parecer angostas (...) A tan temprana hora, no solo llegaban quienes venían a vender sus mercancías, sino también las cuadrillas de trabajadores indígenas de los pueblos comarcados obligados a colaborar en las obras de beneficio público, como la limpieza de los acueductos, el desazolve de las acequias, el empedrado de las calles o la construcción y reparación de puentes y edificios", añade la autora.

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Plaza de Santo Domingo a inicios del siglo XX. Al fondo, del lado izquierdo, el convento del mismo nombre aún en pie. Hoy vemos la misma fuente.

La riqueza y esplendor de estos conventos no pasaron inadvertidos por los gobiernos liberales del siglo XIX. El conflicto Iglesia-Estado, que desembocó en la Guerra de Reforma, arrebató a la capital dos de sus grandes joyas. El 16 de septiembre de 1856 apareció en el Diario Oficial un Decreto firmado por el presidente Ignacio Comonfort según el cual “para mejora y embellecimiento de la capital” se ordenaba la apertura de una nueva calle con el nombre de Independencia. Para ello, era necesario derribar una parte del convento franciscano.

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Dibujo del Templo de San Francisco antes de ser modificado. EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Antonio García Cubas en El libro de mis recuerdos relata que se necesitaron 400 barreteros para tumbar los muros ante la mirada atónita de los 42 religiosos que lo habitaban y de los vecinos. Fue así como nació la calle de 16 de Septiembre.

La excusa para esta demolición fue una supuesta conspiración descubierta en uno de los claustros del convento. Comonfort no quedo conforme con la mutilación y al día siguiente anunció la supresión del convento de San Francisco para declarar bienes nacionales los que les pertenecían, salvo la iglesia principal y las capillas. Se dijo en el Decreto correspondiente que aquellos bienes serían destinados a obras educativas y de caridad.

Unos meses más tarde un grupo de liberales pidió que se restituyera la propiedad a los frailes menores. Entre ellos estaban Francisco Zarco, Guillermo Prieto y Manuel Payno. Aseguraron que los padres no habían sido culpable y finalmente pudieron, los franciscanos, regresar a sus aposento. Pero esta estancia fue muy corta.

Al promulgarse las Leyes de Reforma, los conventos fueron fraccionados y puestos en venta al mejor postor. Se pretendía que las posesiones de religiosos se convirtieran en bienes activos del Estado Mexicano.

Sobre este aspecto Duncan comenta: “Tenemos que entenderlo en su contexto; los conventos son demolidos en la época de la desamortización de los bienes eclesiásticos, un momento en el que seguía muy fresco el espíritu de la Independencia y la iglesia era vista como una institución que representaba el yugo español. Para la ciudad también representó la llegada de la modernidad, pues simbólicamente dejaba de ser una ciudad virreinal, en la que la religión regía todos los aspectos de la vida cotidiana, y se comenzaba a urbanizar bajo conceptos importados de las grandes metrópolis europeas, como el bulevar y la colonia”.

En diciembre de 1860 los franciscanos fueron exclaustrados y se inició la demolición de una parte del convento para abrir la calle de Gante, quien, indignante paradoja, fue uno de los primeros evangelizadores de la orden en Nueva España. En abril del siguiente año se desmantelaron los altares de la Iglesia Mayor.

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Actualmente el que fuera atrio del convento de San Francisco funciona como espacio cultural. Fotografía del 2015. Archivo de EL UNIVERSAL.

El Convento de Santo Domingo sufrió igual suerte. Su destrucción sirvió para abrir la calle de Leandro Valle, inútil y poco transitada, pues no lleva a ninguna parte. Dice Toussaint que es la calle más torpe que han abierto los hombres, pues su objetivo fue cortar en dos el magnífico convento dominicano.

Los escombros tardaron mucho tiempo en ser removidos. El espectáculo era deprimente para los capitalinos, quienes, como el historiador y geógrafo Antonio García Cubas conocieron y disfrutaron las bellezas de los conventos demolidos.

En El libro de mis recuerdos, García Cubas narra la destrucción brutal de aquellos espacios. Las bibliotecas, con sus libros y manuscritos, los lienzos, las esculturas, los mármoles y bronces de los altares y columnas, todo fue derribado en unas cuantas horas. De lo alto de las torres –escribe García- arrojábanse las campanas y esquillones que al chocar con las cornisas las hacían pedazos y llegaban al suelo con gran estruendo.

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El templo y la plaza de Santo Domingo en una toma captada por el fotógrafo Abel Briquet alrededor de 1880. Se aprecia la calle Leandro Valle. Crédito imagen: Library of Congress

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Calle Leandro Valle, a un costado del templo de Santo Domingo EN 1999. PROFECO.

Sobre esto, Veka Duncan opina que es importante considerar que en esa época no existía el concepto de patrimonio como lo entendemos ahora, en realidad es muy reciente, estamos hablando de una idea que surge en la década de 1970, así que no podemos juzgarlo bajo la noción de conservación que rige nuestra relación actual con los edificios históricos.

Por otro lado –abunda- es imposible no sentir una gran pena cuando recordamos esos inmuebles que se han perdido irremediablemente. Creo –termina- que la lección sería que no debemos permitir que se destruyan inmuebles por cuestiones ideológicas.

El paseante de la gran ciudad que entra en los templos de San Francisco o de Santo Domingo a orar, a admirar o simplemente a descansar se maravilla ante la grandeza que aún perdura de las viejas construcciones novohispanas. Pero no deja de sentirse impotente ante la ausencia de aquellos espacios que completaban los conventos. México, como país, ganó mucho con la Reforma liberal. La Ciudad de México le reprochará siempre las grandes ausencias de su pasado colonial.

Nuestras fotos comparativas son del templo de Santo Domingo en 1968-2017. Archivo de EL UNIVERSAL.

Fuentes:
El libro de mis recuerdos, de Antonio García Cubas
Arte Colonial en México, de Manuel Toussaint
 Historia de la vida cotidiana en México. La ciudad barroca, coordinado por Antonio Rubial García