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Lo que vio Cortés en su camino a Tenochtitlán

El 8 de noviembre de 1519, hace casi 500 años, Hernán Cortés llegó a la ciudad de Tenochtitlán. Hoy hacemos un recuento de los paisajes y fauna que pudo avistar el conquistador al arribar a este territorio
Hernán Cortés
03/11/2019
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Texto: Susana Colin Moya
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica

“Tan sólo en la Cuenca de México, Hernán Cortés se encontró con más ecosistemas que los que existen en toda la península ibérica”, afirmó el ecólogo Exequiel Ezcurra durante el IV Encuentro Libertado por el saber, del Colegio Nacional.

A unos días de cumplirse 500 años del encuentro de Hernán Cortés con el gobernante mexica Moctezuma Xocoyotzin, aquel 8 de noviembre de 1519, le invitamos, estimado lector o lectora, a repasar la ruta que siguió el conquistador para llegar por primera vez a Tenochtitlán.

Este recuento se limitará a la Cuenca de México y no pretende ser relato verdadero de lo sucedido hace 5 siglos. Es imposible saber con certeza qué y cómo sucedió, ya que sólo contamos con las crónicas de los españoles y éstas no son específicas en las rutas tomadas.

Además, de acuerdo con la doctora en historia Marialba Pastor, estas narrativas se basan en un solo relato: el que Hernán Cortés plasmó en las cartas que mandó al rey de España Carlos V.

El de hoy es más bien un pretexto para  imaginar cómo era el territorio que ahora llamamos Zona Metropolitana y Ciudad de México.
 

Hagamos un breve recuento. Hernán Cortés llegó a las costas de Veracruz un 11 de abril de 1519 y desde ahí emprendió el camino hacia Tenochtitlán, sede del imperio que en ese momento tenía sometidos a la mayor parte de los pueblos en Mesoamérica.

Para cuando estaban cerca de su destino, ya había realizado algunas alianzas con pueblos enemigos de los mexicas usando traductores de por medio: Gerónimo de Aguilar, quien sabía maya- español y Doña Marina, mejor conocida como la Malinche, hablante de maya-náhuatl.

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Ilustración del Códice Florentino donde aparece La Malinche como enlace traductor entre los pueblos mesoamericanos y los españoles.

Después de su violento paso por la ciudad de Cholula, al transitar cerca de Huejotzingo, según el conquistador Bernal Díaz del Castillo, les fue advertido que no tomaran el camino principal, pues los mexicas les tenían una trampa.

Decidieron entonces adentrarse por en medio de los dos volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, lo que hoy se conoce como “Paso de Cortés”.

El director de Comunicación Científica de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), Carlos Galindo, explica que en ese momento Cortés estaba a 4 mil 300 metros sobre el nivel del mar, en una ecorregión llamada Zacatonal.

“Estas islas de altura sólo se encuentran en relieves como el Pico de Orizaba, el Ajusco y el Nevado de Toluca. Se caracterizan por sus pastizales sencillos y son hogar del teporingo (conocido como conejo de los volcanes) y del gorrión serrano”, dice en entrevista para este diario.

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Imágenes del teporingo y del gorrión serrano, animales que pudieron ser avistados por Cortés y sus soldados. Hoy están en peligro de extinción. Fotos: CONABIO.

En sus Cartas de Relación, escritas para el rey de España Carlos V, Hernán Cortés relató la impresión que le causó la fumarola que salía del Popocatépetl “tan grande bulto de humo como una gran casa”.

Para “saber el secreto”, mandó a 10 compañeros y a algunos naturales a que lo escalaran; sin embargo, a causa del frío, la nieve y los torbellinos de ceniza, no lograron subir hasta el cráter, relató el conquistador.

Desde esa altura, muy probablemente pudieron avistar los lagos que componían a la Cuenca de México en ese momento, teniendo por “cortina” a otros cerros más pequeños como el del Tejolote en Ixtapaluca o el del Chimalhuache, en Chimalhuacán, afirma el promotor de la cultura urbana Feike de Jong.

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A partir de ese momento, señala Galindo, el grupo descendió a bosques de pino, de encino y luego de oyamel; arribaron a Amecameca y Tlalmanalco, pueblos a 2 mil 480 m sobre el nivel del mar, donde según Bernal Díaz del Castillo, acudieron gobernadores de pueblos de los alrededores (Chalco, Chimalhuacán) para entregar presentes a los extranjeros, a quienes les platicaron del sometimiento en que los tenía Moctezuma.  

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Imagen del Códice Azcatitlan, realizado porsterior a la Conquista. Se mira a Doña Marina, Hernán Cortés y a su ejército, que se componía por aliados tlaxcaltecas además de los españoles.

Los españoles continuaron bajando y rodeando el lago de Chalco, zona templada donde abundaba el huizache, un espinoso arbusto de flores amarillas perteneciente a la familia del frijol el cual, junto con el mezquite, son típicos de nuestro país, apunta Galindo.

Como dato curioso, el nombre en náhuatl del Cerro de la Estrella, en Iztapalapa, es Huizachtepetl (cerro de huizache).

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Postal del fotógrafo Willam Henri Jackson captada desde la cima del Cerro de la Estrella, en 1880. Crédito: Library of Congress.

Otras plantas que aún se pueden encontrar en esta zona, afirma el ecólogo y comunicador de la ciencia, son los nopales, magueyes y pastizales.  

Posteriormente, Hernán Cortés y sus aproximadamente 450 soldados atravesaron los lagos de Chalco y Xochimilco por la calzada que unía al islote de Tláhuac con tierra firme, para arribar a la ciudad de Iztapalapa.

Antes de continuar, es importante señalar que eran 5 lagos los que componían la Cuenca de México: al norte el de Zumpango, Xaltocan y Texcoco y al sur los de Xochimilco y Chalco. Debido al carácter árido del norte de la cuenca, los primeros 3 lagos tenían aguas saladas.

El sur, rodeado por alrededor de 150 volcanes, tenía en sus lagos agua dulce, lo que permitía el desarrollo de un ecosistema de humedales caracterizado por plantas como tulares, ninfas, nenúnfares y fauna como gato montés, venado y reptiles que sobreviven hasta la actualidad: víboras y lagartijas.

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Pintura de Luis Covarrubias que evoca el paisaje de la Cuenca de México a la llegada de los españoles. Esta pieza se ubica en el Museo Nacional de Antropología.

Este territorio ya había sido modificado por los humanos que lo habían habitado, por ejemplo, para separar las aguas saladas de las dulces, ya que los lagos se unían en algunas zonas, se implementaron albarradones: barreras hechas con troncos y barro que además impedían inundaciones.

Otra gran modificación dentro de los lagos son las chinampas: islas artificiales hechas de lodo, troncos y hojarasca rodeadas de ahuejotes, árboles delgados y altos que proveen estabilidad. En ellas, se ubica uno de los sistemas agrícolas más importantes no sólo de la cuenca, sino de toda Mesoamérica: la milpa.

De acuerdo con el sitio web de la CONABIO, la especie principal de este policultivo es el maíz, acompañada de frijol, calabaza, tomate, chile y otras plantas que crecen de forma natural, llamadas quelites (por ejemplo, verdolagas, romeritos, huazontle, etc.).

La milpa es en sí misma un ecosistema por la gran cantidad de especies que interactúan en ella y representa aún en la actualidad la base de la alimentación de algunas regiones del país, se enfatiza por la CONABIO.

“El de la cuenca es un paisaje único”, afirma emocionado, Feike de Jong, quien en múltiples ocasiones ha organizado recorridos gratuitos alrededor de lo que alguna vez fue el islote de Tenochtitlán.

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Camino a Chalco, pintura del paisajista José María Velasco, donde se muestra el sur de la cuenca en el siglo XIX con los volcanes en el horizonte.

“Los españoles debieron impresionarse al llegar, no sólo por los lagos, sino por la extrañeza del paisaje en su conjunto”, imagina De Jong, antes de hacer el recuento de las elevaciones más destacables que pudieron llamar la atención de Cortés: el cerro del Chiquihuite, el de la Estrella, la sierra de Catarina y al norte la de Guadalupe y el Peñón de los Baños.

“Tendrá esta ciudad de Iztapalapa doce o quince mil vecinos, la cual está en la costa de una laguna salada, grande, la mitad dentro del agua y la otra mitad en la tierra firme”, escribió Cortés en sus Cartas de Relación al referirse a su siguiente parada, un poblado que pervive en la actualidad.

Al día siguiente, el 8 de noviembre de 1519, el ejército se encaminó finalmente a Tenochtitlán, pasando por poblados como Mexicaltzingo y Churubusco, donde según Cortés, había “mucho trato de sal”, recolectándola del lago para luego producir “panes de ésta”.

Para llegar al islote donde verían a Moctezuma, se encaminaron por la calzada de Iztalapapa, hoy llamada de Tlalpan. Era un camino en medio del lago, de ocho pasos de ancho, según los cálculos de Bernal Díaz del Castillo.

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Fragmento del mapa de la región de México-Tenochtitlán en el siglo XVI, basado en información de Luis González Aparicio y Antonio Peñafiel. Librería Madero.

“Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, veíamoslo todo lleno de canoas”, relató el soldado y cronista.

Estaban en “la región más transparente del aire”, como dijo el geógrafo alemán Alexander Von Humboldt a inicios del siglo XIX.

Al finalizar el camino de esta calzada, como dicta la Historia que hemos aprendido desde la primaria, se encontrarían Hernán Cortés y Moctezuma, y los españoles entrarían, finalmente, al islote de Tenochtitlán. Pero antes de llegar, es preciso salir del relato y cuestionar su veracidad.

En entrevista con esta casa editorial, la doctora Marialba Pastor señala un importante problema con las fuentes históricas: “El relato de la Conquista que hoy replicamos, proviene de una sola fuente: las cartas que Hernán Cortés mandó al rey de España”.

Si bien existen otros recuentos de lo sucedido, por ejemplo los escritos de Francisco López de Gómara (1552), Andrés de Tapia (1539) y Bernal Díaz del Castillo (1568), todos replican, complementan y mejoran la versión de Hernán Cortés, quien, en palabras de Pastor, “colectivizó el relato, es decir, estableció uno solo”.

Por protocolo, Cortés debió llevar a un escribano que registrara todo lo sucedido en la expedición. Como refiere la historiadora, el conquistador relató en sus Cartas de Relación que aquellas escrituras se perdieron en la huida de Tenochtitlán, pasaje conocido como la Noche Triste.

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Enfrentamientos entre los mexicas y españoles, Códice Florentino.

“Si las perdió en ese momento, ¿por qué no hicieron otras de los eventos posteriores?”, se pregunta Marialba Pastor, quien es consciente de los intereses que tenía Cortés al mandar su propia versión de lo sucedido al rey Carlos V: oro y honor.

“En su discurso [de Hernán Cortés] existen deslices, contradicciones, que cuando se conjuntan, debilitan la veracidad del relato, por ejemplo, cuando Cortés describe a las poblaciones mesoamericanas, lo hace como si éstas fueran medievales; equipara a Moctezuma como el rey de un imperio occidental, existiendo muchas diferencias entre ambas formas de concebir el mundo” apunta la también profesora en la Faculta de Filosofía de la UNAM

Por momentos, Cortés omite la presencia de traductores en la interlocución y coloca discursos de tipo medieval en boca de Moctezuma, con quien, según sus relatos, hasta bromeó.

“¿Cómo pudo tenerle tanta confianza para permitirle la entrada a Tenochtitlan e incluso regalarle el oro del Palacio de Axayacatl, su padre? ¿Por qué abdicaría Moctezuma? Es de risa loca”, cuestiona la especialista.

La hipótesis de Marialba Pastor es que, una vez sucedido el encuentro de las dos figuras, los españoles no entraron a Tenochtitlan, sino hasta que Hernán Cortés volvió de enfrentar a Pánfilo de Narváez en Veracruz.

Como se mencionó antes, es imposible comprobar esta hipótesis pues no existen otras fuentes conocidas que contrasten lo dicho por Cortés. “Cada quien reescribe el relato para sus propios fines”, dice Marialba Pastor, al referirse a todos los historiadores que repiten la versión de Cortés quitando o mejorando las incongruencias.

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Los españoles idearon sus tácticas de guerra de acuerdo a las condiciones lacustres del territorio: construyeron barcos llamados bergantines y bloquearon las calzadas y los acueductos que ingresaban agua a Tenochtitlán. Imágenes del Códice Florentino.

A 500 años de este suceso, si bien no sabemos a ciencia cierta qué sucedió entre los españoles y mexicas, el relato de Cortés llegando a Tenochtitlán nos invita a imaginar el lugar en el que vivimos en otro tiempo.

“La imagen típica del Valle de México son los volcanes reflejados en el agua”, dice Feike de Jong. Aunque los lagos casi desaparecieron, salvo por pequeños cuerpos de agua en Xochimilco, Tláhuac, Chalco, Texcoco y Zumpango, los volcanes persisten como testimonio de lo que este lugar algún día fue.

Imaginar cómo fue la Cuenca de México es importante pues “el paisaje y la historia de un lugar es parte de su identidad”, dice el documentalista, “conocer y estar orgulloso de donde uno viene nos permite saber qué cosas queremos conservar y recrear en el futuro", concluye.

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Dentro de la cuenca aún existen espacios que recuerdan su naturaleza lacustre. Fotos actuales cortesía de Feike de Jong.

Nuestra fotografía principal es un dibujo de Hernán Cortés del Códice Durán. La imagen comparativa antigua ilustra el paso del conquistador por un costado del volcán Popocatépetl, se ubica en el Códice Florentino.

Fuentes:
Entrevistas con Marialba Pastor, Carlos Galindo y Feike de Jong (http://www.limites.mx/)
Mesa de debate: “La naturaleza de la Ruta de Cortés y la transformación del Medio Ambiente en el Valle de México”, IV Encuentro Libertad por el Saber, en el Colegio Nacional.
Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés
Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo
La “Ruta de Cortés” y las otras Rutas de Cortés de Bernardo García Martínez en Arqueología Mexicana
Códices: Florentino, Durán y Azcatitlan
Hemeroteca de EL UNIVERSAL.

 

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