Con el regreso a clases retomamos el tema de las escuelas en la capital y con ello el singular caso del movimiento arquitectónico conocido como funcionalismo mexicano. Una de las representaciones de esta corriente quedó plasmada en la construcción de las escuelas públicas a inicios de los años treinta.
Dicha labor forma parte de las acciones que siguieron a la Reforma Socialista que modificó el Artículo Tercero Constitucional, impulsada al inicio de la administración del presidente Lázaro Cárdenas, que definiría a la educación como socialista y crearía la enseñanza técnica acorde a los intereses del proyecto nacional del Estado.
Fue en 1932 que a través de la Secretaría de Educación Pública (SEP), el arquitecto Juan O´Gorman y el secretario de Educación, Narciso Bassols, se unieron y explicaron a las autoridades el serio problema que representaban el alfabetismo y el creciente aumento de la población escolar, así como la falta de edificios en los que se pudieran impartir clases al mayor número de estudiantes, por lo que solicitaron a las autoridades los medios para educar en el menor tiempo posible y en instalaciones adecuadas.

Dichas escuelas tenían que ser edificadas bajo estrictas reglas y características en beneficio de maestros y alumnos, que incluían colores igualmente específicos para todas las áreas.
Ante la apremiante situación, el entonces Departamento Central del Distrito Federal, operó con la SEP y aportó un millón de pesos para la construcción de nuevas escuelas y la reparación de otras tantas.
La SEP realizó los planos y proyectos poniendo especial interés en los sitios donde eran más necesarias las escuelas; considerando el número de habitantes y las zonas que resultarían mayormente favorecidas. Para conocer más acerca de este proyecto contactamos a la maestra Suzette Álvarez.
De acuerdo con la también investigadora Suzette Álvarez, el antecedente del proyecto de las nuevas escuelas en nuestra ciudad se encuentra en la creación de la SEP en 1923, con el maestro José Vasconcelos, quien modifica la organización interna de la institución y los métodos de enseñanza.
Refiere la investigadora que se pretendía lograr que fuera el propio Estado el canal que destinaría los recursos necesarios para el financiamiento de las escuelas.
“La Secretaría de Educación Pública por medio del Estado destina ese dinero para que se contrate a gente especializada en las artes para darle un sentido a las escuelas, tanto de pertenencia como de funcionalidad. Hay que recordar que por muchos años las escuelas eran espacios adaptados, como la gran mayoría que aún existen en el Centro Histórico”, narra.
Dice que por mucho tiempo no se modificaron, se quedaron en “casonas abandonadas o los antiguos claustros religiosos. Las escuelas se adaptan al inmueble como salones de clases, como laboratorios o bibliotecas para estudiantes y profesores, así armaban muchas escuelas”, comenta la entrevistada.
Afirma que el tema de la construcción de una serie de nuevas escuelas hacia otros puntos de la capital, habla de la súbita expansión que tuvo el Distrito Federal y el hecho de que el Centro Histórico va dejando de ser la parte medular o la más importante en la ciudad a raíz del surgimiento de otras colonias; unas más populares que otras.
Con el nacimiento de las nuevas colonias se necesitaban escuelas para sus nuevos habitantes. Las necesidades de la comunidad iban en aumento y por ello, además de las escuelas también eran necesarios hospitales, mercados e iglesias, indicó la Maestra.
Sobre este tema, recuerda que en aquellos días en lo que respecta al salón de clases y la impartición de materias, “el Estado trataba de moralizar, enseñarnos qué era lo ‘mexicano’, a través del arte, la pintura, la danza, la historia”.
El arte funcionaba “como herramienta educativa, una manera de discurso ideológico en el que el cine y las artes plásticas tenían como objetivo enseñarnos cómo éramos los mexicanos y nuestra riqueza cultural, tan es así que tenemos ejemplos en el Muralismo, sobre todo con Diego Rivera y en el cine, con películas como Río Escondido“.
Álvarez dice que fue así que en 1932 nació el programa de escuelas funcionales en México, idea del renombrado arquitecto y pintor, Juan O'gorman, quien planteó a Narciso Bassols, entonces secretario de Educación, construir escuelas adecuadas en colonias populares.
“Colonias como la Verónica, la Argentina, la Prohogar, la Industrial, en el Exhipodromo de Peralvillo, la Moctezuma, la Obrera, la Independencia, San Simón portales, Álvaro Obregón y en los pueblos de Santiago Ahuizotla, San Pedro Xalpa, San Juan Tilhuacan, Santa Catarina Cuautepec, el Alto y el Bajo, en Coyoacán en el barrio de la Conchita, en Aculco, en Xochimilco y en Tláhuac, el resto de escuelas fueron reparadas o terminadas. Hubo algunas que solamente necesitaban una modificación, una leve reparación”, explica.
En esa época México salía de la Revolución, en un periodo post revolucionario, que aunque con fondos reducidos, obligaba al arquitecto O'Gorman y a los trabajadores a economizar recursos, sin perder de vista la eficiencia en el diseño.
Uno de los puntos más importantes en la construcción de estas escuelas es el estilo funcionalista, bajo el cual O'Gorman creó edificios llamados tubulares o cúbicos, sin ningún adorno que entorpeciera la función del espacio, pues esto permitiría apegarse a la utilidad pedagógica y sanitaria como elementos sumamente importantes.
El principal objetivo era la correcta iluminación y ventilación en las aulas que, en teoría, ayudarían a los estudiantes a tener una mayor concentración y, por lo tanto, un mejor aprendizaje, recordó la maestra.
Haciendo énfasis en el drama vivido por los padres de familia de aquellos tiempos y en la necesidad de una buena educación para sus hijos, nuestra entrevistada resalta lo relevante que fue en su tiempo la apertura de nuevas escuelas para recibir a miles de estudiantes con todos los beneficios de la enseñanza a la masa popular, a través de escuelas económicas e higiénicas y así cumplir los postulados sociales de la Revolución Mexicana.
Para cerrar recordó que la Ciudad de México en la década de 1922 a 1932 amplió la superficie habitable hacia los cuatro puntos cardinales, siguiendo las líneas del tranvía eléctrico, de origen Porfiriano y las nuevas rutas del ómnibus, así como el fraccionamiento en lotes de las viejas haciendas para fundar nuevas colonias populares, dice.