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La mujer más famosa de Reforma

La Diana Cazadora es una de las escasas representaciones de mujeres en la capital, desde su creación en 1942 ha sido polémica por su desnudez y su pose de guerrera. Pasó de ser censurada con un taparrabos a convertirse en un espacio de protesta social
Diana Cazadora
08/03/2020
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Texto: Nayeli Reyes Castro
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica

Una mujer de bronce llegó a la avenida Paseo de la Reforma, desnuda subió hasta su pedestal en medio de una fuente, dirigió su arco al cielo y flechó un escándalo. Se llamaba Flechadora de la Estrella del Norte, pero en la calle la nombraron Diana Cazadora.

Era 1942, ni siquiera era bien visto que las mujeres mostraran el ombligo. Según el escritor José Agustín ellas seguían la moda de la tela abundante: vestidos largos, debajo de la rodilla, medias con raya en la parte trasera, blusas abotonadas hasta el cuello.

En esos años los movimientos por los derechos de las mujeres no eran visibilizados, aún peleaban el derecho al voto. “La moralidad imperante era ‘estricta’… la mayoría se dedicaba a ‘labores del hogar’, como solía asentarse en documentos oficiales”, cuenta José Agustín.  

La historiadora Anel Hernández detalla que en las escuelas estaban prohibidas algunas canciones de Cri-Cri por su trasfondo sexual y la cinta Blancanieves fue calificada de inmoral porque era inconcebible que una señorita conviviera con siete hombres.

Esa amazona aguerrida que retaba a su época estaba en la entrada del Bosque de Chapultepec, en la glorieta que antiguamente se llamaba Los Leones. Ella puso rojos de ira a los sectores más moralistas del país, representados por la Legión de la Decencia y la primera dama, Soledad Orozco de Ávila Camacho.

El periodista Vicente Leñero cuenta sobre esa oposición: “una mujer de bronce, con las vergüenzas al aire, iba a presidir la entrada de Chapultepec…Precisamente Chapultepec, el paraíso de los niños mexicanos… ¡Qué no puede ser!, se decretó con el pulgar vuelto hacia el camino por donde se va al infierno”.

Sólo era la representación de una mujer, pero parecerlo fue suficiente para obligar a su escultor, Juan Olaguíbel, a fundirle un calzón de bronce para taparle sus “vergüenzas”.

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El escultor Juan F. Olaguíbel, al pie de la estatua de Diana Cazadora. En esta imagen publicada en 1943 se observa el taparrabos de la escultura y la flecha que poco después fue robada.

Ni su piel metálica ni su recatado taparrabos fueron suficientes para alejarla de las leperadas y miradas pervertidas que le lanzaban los borrachos, mucho menos de la delincuencia: el 16 de octubre de 1943 le robaron la flecha y la cuerda de su arco.

Ese taparrabos se volvió el escudo de un país mojigato. Vicente Leñero cuenta que a los “desadaptados” se les oía decir: “¡Cómo se atreven a hablar de libertades y de madurez ciudadana cuando están ahí, como prueba irrefutable de la gazmoñería represiva que nos gobierna, las pantaletas de la Diana!”

Olaguíbel nunca estuvo de acuerdo con esa intrusión en su escultura, había fijado el calzón con sólo tres puntos soldados con la esperanza de removerlo algún día. Una noche, el escultor se embriagó y trató de llegar hasta la Diana para desoldarlo, pero un policía lo impidió. Él no era el primero que se metía a nadar a esa fuente, por la madrugada no faltaban los hombres que se sumergían en la etílica idea de bailar con la diosa.  

El 25 junio de 1960 la actriz Shirley Jones paró el tránsito y trató de bañarse en esas aguas. Según una nota de EL UNIVERSAL, el espectáculo que esperaban muchos “rebeldes sin causa” fue frustrado por policías: “esos baños en público y ‘en bikini’ estaban prohibidos”; sin embargo, en 1966 la noruega Eva Norvind sí lo logró.

Los tiempos estaban cambiando. Los hombres ya no andaban por las calles capitalinas como en los años 40, con sacos anchos, hombreras, solapas y pistola, la cual era “vital como los mismísimos calzones”, dice José Agustín.

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Un grupo de automovilistas se detiene en Paseo de la Reforma para contemplar a la Diana Cazadora. Foto: Archivo EL UNIVERSAL.

Ya eran los 60 y, según la historiadora Sara Sefchovich, “rebeldía era la palabra de moda”: los hombres se dejaban crecer el cabello, las mujeres votaban, usaban bikinis y minifaldas, circulaban las pastillas anticonceptivas, “el permiso que hacía falta para ejercer la sexualidad”. 

La efervescencia de la época llegó a las aguas de Paseo de la Reforma. En la película Los Caifanes, un joven escaló la fuente para ponerle una falda, un sostén y un beso a la Diana Cazadora. Leñero explica que la cinta “traducía el disparatado afán de millones de capitalinos: treparse a vestir a la Diana para magnificar el hecho censor”.

El 23 de noviembre de 1967 la Flechadora tomó un descanso, iban a reparar el pedestal. Era la oportunidad de Olaguíbel para insistir, esta vez al regente Alfonso Corona del Rosal, que retirara el taparrabos.

Corona del Rosal aceptó: “en su famosa ‘Diana’ ha rendido un merecido homenaje a la mujer mexicana y, como buen artista, plasma su obra en una bella estatua que no puede contener nada inmoral al exaltar en su desnudez sus más preciadas cualidades viéndola, con justicia, en forma de diosa”.
Así, la felicidad de Olaguíbel salió volando, junto con los calzones represores.

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“Una nota que puso alegre a la ciudad fue el aviso de que a Diana Cazadora I® habían quitado los “púdicos” y antiestéticos calzoncitos que se le habían impuesto en otros tiempos, convirtiendo la hermosa estatua en la primera ‘monobíkinista’”, relata una publicación de EL UNIVERSAL en 1967.


La ciudad de las mujeres invisibles 

La Diana Cazadora regresó a Reforma sin ropa en diciembre de 1967. Había cambiado tanto como las mujeres mexicanas: cuando le quitaron el taparrabos los puntos de soldadura permanecieron como cicatriz de la represión y Olaguíbel prefirió fundir una nueva escultura con el mismo molde. La original se mudó a Ixmiquilpan, Hidalgo, hoy apunta hacia otros horizontes.

Sin embargo, las personas no cambiaron lo suficiente. Según una nota de este diario, en ese año esperaban poner en el lugar de la Diana a “un prominente hombre de la Reforma”. Era un anhelo latente desde su creación. 

En 1943 este diario había hecho un sondeo y el profesor Alberto Carreño dijo: “¿Qué hace allí la Diana Cazadora?... Debe seguirse la idea primordial de llevar la historia de México al Paseo de la Reforma… La estatua de Cortés debe estar en el Paseo de la Reforma”. 

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En esta imagen del 24 de noviembre de 1967 se observa cómo fue  bajada  de  su  base la estatua de  la Diana. La  maniobra  fue  vista  por  unos  cuantos  trasnochadores. Foto: Archivo EL UNIVERSAL

“¡Es una vergüenza! ¡Es horrible! ¡A mí no me gusta!.. Algún día se quitará el ‘monumentito’ para poner algo que responda al primer paseo de la ciudad… En ese lugar pensaron los porfiristas levantar la estatua del general Díaz para honrar su labor administrativa y sus hechos militares; también se proyectó la estatua del presidente Madero”, opinó Ricardo Alduvín.  

Pese al rechazo inicial, en 1967 el columnista Rafael Solana afirmaba que el pueblo mexicano se había encariñado con la Diana por compartir su historia.

Para Solana, la Flechadora no representaba nada ni a nadie, sólo era forma, ornamentación, belleza, “un símbolo de la capital, desinteresado, gratuito, sin color político (a Juárez lo detestan los mochos, a Zapata los terratenientes, a Carranza los villistas y así ocurre con todos los demás personajes históricos)”

Sin embargo, su presencia sí era política, era una mujer en una avenida dedicada a hombres como Cuauhtémoc, Cuitláhuac y Cristóbal Colón.

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La Diana estuvo almacenada en 1974, dos años después se colocó en un jardín de las calles de Ródano y Circuito Interior. En esta foto se observa su instalación actual en 1992, cuando  fue llevada a Paseo de la Reforma y Río Mississippi. Foto: Archivo EL UNIVERSAL.

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“A las 12:30 horas, la obra de Olaguibel llegó a Reforma y Mississippi, donde fue recibida por la multitud. Orgulloso de su carga, el conductor del camión dio la vuelta a la glorieta. En el ruidoso aparato de sonido, Raúl Vale entonaba ‘La Diana’, tema compuesto expresamente para celebrar”, reza una nota del 6 de julio de 1992. Foto: Archivo EL UNIVERSAL.

“Poder”, es la primera palabra que viene a la mente de la feminista Renata Villareal cuando piensa en la Diana Cazadora, “a lo largo de la historia a las mujeres siempre se nos representa con hijos, amamantando, cocinando o en algo que represente los cuidados o la casa, entonces yo creo que el que haya una mujer sin ropa y que tenga un arco y que esté en representación de lucha es poderoso”.

 “Las mujeres no estamos prácticamente en los monumentos, salvo como alegorías, es decir, es la figura femenina, pero no son mujeres… eligen la figura de la mujer para representar algo etéreo como la Victoria Alada”, explica Jannen Contreras Vargas, integrante de la colectiva Restauradoras con glitter.

La figura de la Diana Cazadora es la de Helvia Martínez Verdayes, quien aceptó posar para Olaguíbel cuando tenía 16 años. No cobró ni un centavo a cambio del anonimato. Así fue hasta 1992, cuando publicó un libro donde reveló el secreto. Ella temía perder su trabajo si la gente se enteraba.

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Fotografía tomada del libro "El Secreto de la Diana Cazadora". Helvia Martínez Verdayes, modela para dar vida a la Diana Cazadora. Ella ha dicho que aceptó la invitación por vanidad. Foto: EFE.

En el 2019 Jannen Contreras escribió: “hasta hace pocas décadas la participación de la mujer en las actividades públicas era en extremo limitada. Esto explica que rara vez las mujeres de carne y hueso son consideradas y se encuentran representadas en los monumentos.”

Aliada de protestas

Un grupo de cazadoras de derechos llega frente a la Diana, sus rostros desaparecen tras pañuelos verdes. Ponen una escalera para subir a la fuente, caminan entre el agua, suben hasta la estatua y le colocan un pañuelo del mismo color, símbolo de la lucha por la despenalización del aborto que se ha extendido por América Latina. Esta escena sucedió en el 2018. 

Renata Villareal, vocera de la colectiva Marea Verde explica que poner un pañuelo verde a un monumento es un símbolo de conquista de derechos, espacios y voces de mujeres, “una representación de conquista de territorio”.
 

A lo largo de su historia, la Diana ha sido el escenario de protesta de otras demandas. En 1993 activistas ambientales le colocaron tanques de oxígeno por la alta contaminación de la ciudad. En 1995 manifestantes le vendaron los ojos y la cubrieron con un cartel que decía "Me da vergüenza este gobierno".

En 2010 miembros del Sindicato Mexicano de Electricistas hicieron que ella ondeara su bandera. Un año después un grupo de personas pintó de rojo el agua de la fuente para protestar contra la violencia del país.

Ayer el agua que salpica a la Diana de nuevo parecía sangre: la de las 10 mujeres que son asesinadas cada día en México, activistas anónimas protestaron de esa manera contra la violencia de género.

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Como símbolo de la alta contaminación ambiental que sufre el Distrito Federal, los ecologistas colocaron tanques de oxígeno a la Diana en 1993. Foto: Archivo EL UNIVERSAL.

La especialista Jannen Contreras explica que la Diana es el menos sacralizado de los monumentos porque no representa a un concepto intangible, “es más cercano a las personas, también es más accesible físicamente con todo y es una fuente que está menos alto que, por ejemplo, la Victoria Alada, además en el último caso del pañuelo verde, pues es una mujer”.

Para la experta, la forma en la que interactuamos con los monumentos está cambiando: “es hacer cómplice al monumento de tu demanda porque son también las pantallas sociales que todos estamos viendo”.

Pese a las polémicas, la Diana Cazadora permanece en Paseo de la Reforma, se ha convertido en una compañera de lucha.

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En esta fotografía del 2002 una artista protesta en el Zócalo capitalino contra una ley que los obliga a pagar impuestos. Archivo EL UNIVERSAL.

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Momento en que un grupo de activistas colocó un pañuelo verde a la Diana Cazadora para visibilizar la exigencia de aborto legal, seguro y gratuito en México. Foto: Cortesía Producciones y Milagros Agrupación Feminista.

La fotografía principal es una postal de los años 50, cuando la Diana Cazadora se encontraba en el cruce del Paseo de la Reforma y Lieja, pertenece a la Colección Villasana-Torres.

La comparativa antigua muestra el momento en que la Diana fue llevada a su lugar actual, entre Río Mississippi y Paseo de la Reforma; en la actual se observa a la fuente teñida de rojo en el 2011, como protesta por la violencia en el país. Ambas son de EL UNIVERSAL.

Fuentes:

  • Entrevistas: Jannen Contreras Vargas, integrante de la colectiva Restauradoras con glitter; Renata Villareal, vocera de Marea Verde México.
  • Una diana para la diana, de Vicente Leñero (1974).
  • La suerte de la consorte, de Sara Sefchovich (1999).
  • Tragicomedia mexicana 1: La vida en México de 1940 a 1970, de José Agustín.
  • El espíritu decente y el pudor benevolente: Ensayo sobre la censura corporal en México en la década de 1940, de Anel Hernández Sotelo.
  • Hemeroteca de EL UNIVERSAL

 

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