
Texto: Ruth Gómez y Carlos Villasana
Las calles del “primer cuadro” de la capital solían tener nombres que las identificaban con leyendas, personajes u oficios que se practicaban sobre ellas, mismos que trascendieron no sólo en distintas épocas, sino también al cambio de nomenclaturas ordenado por las administraciones gubernamentales en turno.
Un ejemplo es la leyenda de la calle del “Indio Triste” , hoy 1° del Correo Mayor y 2° del Carmen , en pleno Centro Histórico de la capital. En el libro Historia y leyendas de las calles de México. Tomo I de Augusto Sesto, el autor comenta que existieron dos versiones sobre este personaje.
La primera decía que después de la caída del imperio mexica, un miembro de las poblaciones originarias —que en ese momento se les llamaba “indios”—, solía sentarse en la esquina de las calles de Guatemala y del Carmen con aspecto “misterioso y triste que acabó por morir allí de cívico dolor”.
Farmacia del Indio Triste en el siglo XX. Colección Carlos Villasana y vista actual del mismo sitio tal como luce hoy en día, imagen tomada de Google Maps. Diseño web: Rodrigo Romano.
La segunda narra que a mediados del siglo XVI en aquella esquina vivía un “ indio reservón y taimado ” de noble estirpe que tenía una casa llena de comodidades, joyas de sus antepasados y artículos de lujo entre los que estaban: curtido de cuero, pieles de tigres, collares de chalchihuites, brazaletes o discos de oro; así como un “santocalli” en el que se le permitía rendir culto a los dioses prehispánicos y a lo relativo a la religión católica, pues se dice que también fue bautizado.
También era dueño de terrenos para cultivo en los alrededores de la capital, de aves y ganado. Con estas posesiones tenía el ingreso necesario para tener un gran número de concubinas y comprar bebidas de su preferencia, entre las que de acuerdo a la leyenda se encontraba el pulque combinado con hierbas o frutas.
El origen de sus bienes estaba en que él había aceptado unirse a los conquistadores , actuando como espía entre los suyos —y no era el único— para notificar a la Corona si algún tipo de rebelión estaba planteándose.
Una noche consumió tanto alcohol que no avisó que había un grupo de hombres que harían una protesta contra la Corona. Otro “indio espía” lo delató ante las autoridades y fue castigado al igual que los protestantes y, en su caso, se le decomisó todo bien que se le había otorgado.
Así, al día siguiente se quedó sin nada, sus mujeres lo abandonaron y ya no tenía recursos ni para comer. Deambulaba por las calles y su salud fue decayendo poco a poco: “ya macilento y triste, se dio a implorar la pública caridad, sentándose en cuclillas en la esquina de la que fuera su casa (...), gimiendo de pesadumbre y de pobreza, moviendo a lástima”.

Escultura del “Indio Triste” en el Museo Nacional alrededor de 1920. Mediateca INAH.
Algunos transeúntes le ofrecían algún tipo de ayuda y otros tantos “le escupían y le humillaban”. Se dice que como nunca se movía, parecía estar atornillado inmóvil en el suelo y con un semblante totalmente desolado, la población se había acostumbrado a verlo siempre en el mismo lugar, por ello le apodaron “el Indio Triste”; así estuvo hasta que murió en ese mismo sitio.



La 1a y 2a calles de Correo Mayor y la 1a Calle del Carmen tenían el nombre de “1a y 2a Calle del Indio Triste”, esto debido a que los nombres actuales cambian sólo cruzando la calle. Imágenes tomadas de Google Maps.
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Una “lamentable estatua”
Según la leyenda sus restos fueron enviados al cementerio de la Iglesia de Santiago Tlaltelolco, mientras que el virrey mandó a colocar en esta esquina una escultura del personaje que lucía sentada con los brazos sobre las rodillas y los ojos hinchados para que sirviera de “escarmiento” para aquellos malos espías.
“Dícese que la lamentable estatua permaneció allí mucho tiempo y que después fue cambiada de lugar, llevándosela a la Academia de Bellas Artes, y parece ser cierto que allí la vio, en 1794, el capitán Dupaix, viajero estudioso. Años después la célebre escultura pasó al Museo Nacional donde figura en el Salón de Monolitos”, se lee en Historia y leyendas de las calles de México. Tomo I de Augusto Sesto.
Como el texto de Augusto es muy ambiguo al término de “años después”, no se podría inferir de qué museo en específico habla, pero de acuerdo con la información del INAH:
“Los antecedentes del Museo Nacional de Historia se remontan a 1825, año en el que el primer presidente de México, Guadalupe Victoria , ordenó la formación del primer Museo Nacional.
Su historia continúa el 4 de diciembre de 1865, cuando el emperador Maximiliano de Habsburgo decreta la creación del llamado Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia, con sede en la antigua Casa de Moneda. En 1867 este Museo quedó dividido en cuatro secciones: Historia natural, Antigüedades, Historia y Arte. Para 1890, la sección de Historia ya contaba con cinco salas, divididas en: Franciscanos, Virreyes, Cortés, Conquista e Independencia.”
Sin embargo, investigadores especializados en aquel periodo histórico informaron que esta escultura no pudo ser la representación del hombre, sino que el monolito fue parte tanto del Palacio de Axayácatl como del Templo del dios Huitzilopochtli, fungiendo como un objeto donde se ponían distintos estandartes.
Hoy existe al menos otra calle en la capital que también lleva el nombre de “Indio Triste” en la colonia Metropolitana de Ciudad Nezahualcóyotl. El cronista Francisco Ibarlucea considera que probablemente sea en honor o alusión de la leyenda, porque no conoce de otra documentación tan extensa como la que se hizo sobre la calle del Centro de la capital.


En febrero de 2020, el Museo Nacional de Antropología compartió estas imágenes sobre el “Indio Triste” en su página de Facebook, son de los "Anales del Museo Nacional" en julio de 1885.
La importancia de las leyendas virreinales
Francisco Ibarlucea,
comunicador y cronista de la Ciudad de México, comenta en entrevista que cuando uno recorre las calles del Centro Histórico, la época donde el país fue la Nueva España ha quedado en segundo término y “que sin duda es parte de lo que somos”.
Las construcciones del virreinato destacan tanto por su monumentalidad como por los materiales de los que están hechos; sin embargo, los nombres que narraban qué tipo de giro tenían las calles o las leyendas que las hicieron famosas han quedado casi en el olvido.
“Los gobiernos van y vienen, los que seguimos somos los ciudadanos. Entiendo que algunos cambios tienen que ver con la dignificación de los pueblos originarios y el no prolongar la glorificación de ciertos personajes que fueron terribles. Pero, al mismo tiempo, los nombres de las calles tienen en sí mismos parte de la memoria histórica de esta ciudad, que se podrían explicar desde su contexto. Pero cambiándolos nada más porque sí…. se pierde la esencia”, afirma el cronista.

Una típica casa de inicios del siglo XX en la calle del Indio Triste. Colección Carlos Villasana.
Debido a su experiencia dando recorridos con grupos de turistas, Francisco ha logrado identificar que los mexicanos “somos curiosos por naturaleza” y la fascinación con las leyendas está muy relacionado con la forma en la que se narran:
“Es hacer un manejo distinto de la historia, en mi caso tomo lo escrito por grandes personajes, como Artemio del Valle Arizpe Luis González Obregón y procuro hacerlo entretenido, haciendo uso de la picardía, el lenguaje que usamos todos los días o los chistes del momento. Algunas veces ocupo palabras que se utilizaban en el español antiguo, como ‘birlonga’, para que al mismo tiempo que se difunde el español antiguo, la gente tenga curiosidad de qué significa”.
El también comunicador invita a los ciudadanos a darse un tiempo para sentarse a platicar con sus seres queridos que sean de mayor edad, lo cual les permitirá entender la mentalidad o forma de vida de otras épocas y, desde ahí, comprender o, en su caso, proponer, cambios que beneficien a la sociedad sin olvidar el origen de las cosas.

Vista de las calles del Carmen a finales de los años setenta. Colección Carlos Villasana.
Fuentes:
- Sesto, Augusto. Historia y leyendas de las calles de México. Tomo I.
- Francisco Ibarlucea, comunicador y cronista de la Ciudad de México.

