¿Emiliano Zapata tuvo un doble?

Mochilazo en el tiempo

Después del asesinato del revolucionario se escucharon teorías de que seguía vivo, una sugería la existencia de un doble que lo reemplazaba en situaciones estratégicas. En este año del “Caudillo del Sur”, recordamos las voces que negaban su caída

Texto: Janet Membrila
Fotografía actual:
Elisa Villa
Diseño Web: Miguel Ángel Garnica
 


En el panteón todo estaba listo para la sepultura. Los enterradores traían sogas y pala en mano, la gente trepó las tumbas de alrededor para tener una mejor vista. La caja negra que guardaba el cadáver de Emiliano Zapata descendió a la fosa y de pronto, una anciana desconocida de ojos llorosos se abrió paso, tomó un puñado de tierra y la arrojó al hoyo. 

El líder revolucionario Emiliano Zapata Salazar fue asesinado el 10 de abril de 1919 en la Hacienda de Chinameca, en Morelos, luego de una trampa orquestada por el General Pablo González y ejecutada por el coronel Jesús Guajardo.

Cuando se anunció esta muerte las primeras impresiones en la población fueron de incredulidad. Anteriormente los mismos compañeros del “Caudillo del Sur” intentaron asesinarlo y fallaron.

En las páginas de este diario se registró que el cuerpo presentado al público tenía nueve orificios de balas y cuatro cicatrices de heridas viejas: una por un arma cortante y otra por un proyectil.

El cadáver se exhibió casi 24 horas en el Palacio Municipal de Morelos y la muchedumbre asistió al sepelio en la ciudad de Cuautla ávida por confirmar que el “Atila del Sur” ya no existía, incluso personas de la capital acudieron para comprobarlo.

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14 de abril de 1919. El cádaver de Zapata recorrió las calles de Cuautla. Las personas observaron su último paso desde ventanas y balcones. Archivo EL UNIVERSAL.

Ocho de sus compañeros fueron tomados prisioneros. Ellos condujeron su cuerpo hacia el panteón, formados de dos en dos observaron el ritual. No lo podían creer.

El cortejo fúnebre recorrió las calles circundantes a la plaza principal de Cuautla y las personas observaron el féretro desde sus puertas, ventanas y balcones.

En septiembre de 1919 la señora Ignacia Mora, comerciante en la tienda El Porvenir y cercana a la familia del revolucionario, contó a este diario que ese día ella no salió por atender su negocio, pero escuchó opiniones contradictorias.

Ella dijo que Zapata podía identificarse por un lunar que tenía en la zona derecha del bigote, una verruga en la mejilla del mismo lado inmediata al ojo, así como una pequeña mancha en el cuello.

“Si esas señas tiene, será Emiliano”, aseguró y dejó escapar un profundo suspiro.


El doble de Zapata

El escepticismo no terminó. Una de las teorías más inverosímiles, pero aceptada, fue que el afamado revolucionario tenía un doble. Dieciséis años después de su muerte, sucedida en abril de 1919, un reportero de EL UNIVERSAL ILUSTRADO realizó una excursión a la serranía del Ajusco, donde vivían excombatientes. Para ellos él seguía vivo. 

Los pobladores comentaban que las características del difunto no coincidían con el “lunar de bola” que tenía Zapata en el rostro; otros afirmaban que el guerrillero había escapado hasta el continente asiático, a Arabia Saudita.

Así como los actores de películas de acción, Emiliano Zapata tenía un doble para reemplazarlo en momentos peligrosos, de acuerdo con José María Hernández, “don Chema”, viejo compañero del caudillo.

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Otra de las historias increíbles que se contaron tras la muerte del “Caudillo del Sur”, la narró el periodista Pablo Buen Día en 1927; él era amigo del asesino de Zapata, quien le reveló que el insurrecto escondía en la silla de su caballo un tesoro en joyas de rubíes y diamantes, recursos ocultos para su causa.

Era de noche, debajo de una tormenta y cerca de una hoguera. Don Chema le indicó al reportero que al día siguiente lo llevaría por la sierra para visitar a otros antiguos soldados de Emiliano, quienes confirmarían la existencia del imitador.

El nombre del supuesto actor era Santiago, “a quien ya vestido con los trajes del jefe, se le tomaba, hasta por nosotros mismos muchas veces, por el propio Emiliano”, platicó don Chema.

La artimaña era empleada para que Zapata pudiera sorprender a sus enemigos, mientras Santiago permanecía en algún pueblo con unos cuantos hombres en medio de fiestas.

Después de recorrer veredas de difícil acceso, el periodista se encontró con otros cinco campesinos zapatistas. Todos mencionaban que conocieron al falso Emiliano Zapata, había militado bajo las órdenes del verdadero.

Ellos hablaban poco y con dificultad, escuchaban tranquilamente a don Chema: “lo que yo quería que supieran ¡la víctima de Chinameca fue Santiago, y no Emiliano, como se cuenta por ahí!”

De ahí nació la leyenda de que Zapata vive y está en todas partes.

En la revista Estudios Mesoamericanos, Francesco Taboada también habla sobre un doble, pero señala a Jesús Salgado, combatiente de Teloloapan, Guerrero, como el hombre que reemplazó a Zapata antes de la asechanza.

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“Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres”, es una de las frases más populares de Zapata, quien fue traicionado y asesinado en la Exhacienda de Chinameca, Morelos. Acualmente encuentra un monumento en su honor en aquel poblado.

Se dice que en 1919 Salgado dijo a Zapata: “Compadre, yo sé que eres valiente, pero nos van a matar, estando ahí enchiquerados nos vamos a morir. Déjame recibir la muerte por ti”.

Entonces Zapata le dio su yegua —llamada “As de Oros”—, su ropa, la silla de montar y espuelas. En ese momento pasaban dos carboneros a quienes les compró sus costales por 60 centavos, se tiznó la cara de carbón y se fue.

Berenice Granados, fundadora del Laboratorio Nacional de Materiales Orales, retoma el testimonio de Emilia Espejo, sobrina del revolucionario, donde declara que su mamá antes de morir confesó: “Zapata no fue muerto, el muerto fue mi compadre Jesús Salgado. Era idéntico a Zapata, nomás que le faltaba el lunar”.


Llevar el apellido Zapata se volvió peligroso

Al momento de enterarse del homicidio, algunos hombres de Emiliano Zapata en Tepalcingo, Morelos, huyeron a los límites de Guerrero por temor a ser encontrados y abatidos por el gobierno.

El "Atila del Sur" tuvo dos esposas y muchas amantes, pero tras su muerte ninguna contradijo el fallecimiento del revolucionario, según información de este diario. Inés Alfaro Aguilar, viuda de Zapata, reconocía que su ex esposo había muerto y lo remarcó en la pensión que solicitó para ella y su hijo Nicolás Zapata, luego de 24 años de su caída.

“Desde la muerte de mi esposo hasta la fecha, ni mi hijo Nicolás ni yo, hemos disfrutado de pensión alguna; no así varios hijos naturales de mi finado esposo”, señaló.

Josefa Espejo Sánchez, “La Generala”,  también viuda de Emiliano fue una mujer respetada e invitada a eventos de gobierno. Ella tampoco mostró desacuerdo con el deceso de su ex marido.

De los descendientes de Emiliano Zapata sobrevivieron Anita, Diego, Mateo y Nicolás. Todos eran muy jóvenes cuando su padre murió, pero ninguno confirmó alguna teoría sobre la posible sobrevivencia del “Caudillo del Sur”, ni menciones sobre encuentros con él.

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Anita, Diego y Mateo, hijos del "Caudillo del Sur". Archivo EL UNIVERSAL.

De hecho, llevar el apellido Zapata se volvió peligroso. Tras la muerte del “Atila del Sur” sus hijos se cambiaron el nombre de la familia por temor a que los mandaran matar para terminar con la descendencia directa, así lo cuenta Edgar Castro Zapata, bisnieto del general, en el libro Zapata. Voces y testimonios, de Lya Gutiérrez.

Después de 75 años del asesinato la gente continuó evocando al gran rebelde suriano. Los corresponsales de EL UNIVERSAL en Morelos narran cómo la panadera María Jiménez visitaba casi a diario la tumba del general para depositarle una flor.

“Es una muestra de cariño para él, que fue un buen hombre; nos dio tierra para poder sembrar y comer”, resumió la anciana de 86 años en Cuautla.

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En 1911 la población continuó llevando ofrendas a monumentos y tumba de Emiliano Zapata, reconocido como el gran luchador de los derechos campesinos. Archivo EL UNIVERSAL.

Ya lo decía el escritor Mario Gill en su libro Zapata. Su pueblo y sus hijos: “Los héroes de la más genuina entraña popular no mueren nunca. Se proyectan en el tiempo a través de la leyenda, y su existencia llega a ser tan real, o más, que si de verdad existiesen, pues no se limitan a imponer su presencia, sino también su voluntad”.
 

La foto principal es un mural conmemorativo de la muerte de Emiliano Zapata ubicado en el Museo casa de Zapata en Anenecuilco, Morelos. La fotografía comparativa antigua es la entrada a Anenecuilco, en el municipio de Ayala, Morelos, 1994. Pertenece al archivo de este diario. La foto actual retrata la parte frontal del Museo-Casa de Zapata, fue tomada por Elisa Villa en 2019.

Fuentes:

  • Hemeroteca EL UNIVERSAL
  • Carta de Inés Alfaro Aguilar a la H. Cámara de Senadores del Congreso de la Unión
  • Zapata: Su pueblo y sus hijos, de Gill Mario, Colegio de México.
  • Zapata. Voces y testimonios, de Gutiérrez Lya  
  • “Emiliano Zapata en la tradición oral de Morelos y su vínculo con mitos de origen mesoamericano”, de Francesco Taboada Tabone, maestro en Estudios Mesoamericanos (UNAM).
  • “Emiliano Zapata, ¿santo, ‘empautado’, dueño?”, de Berenice Granados, miembro del Comité de Redacción de la Revista de Literaturas Populares.

 

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