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El pan viajaba en la cabeza

Antes los panaderos eran un espectáculo andante: repartían o vendían en bicicleta y llevaban encima canastas repletas de bolillos y bizcochos. Estos tradicionales personajes prácticamente ya desaparecieron de la capital, pero el oficio sigue vivo
Panadero de bicicleta
06/10/2019
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Texto: Nayeli Reyes
Diseño Web:
Miguel Ángel Garnica
 

Los reyes del barrio usaban coronas de mimbre: canastas desbordadas de teleras, donas, rejas, chilindrinas, volcanes, panqués, conchas… no les faltaban los cuernos, los besos o las novias y nunca se les caían las orejas, las pechugas ni los bolillos. Todo este universo bizcochero viajaba en bicicleta, equilibrado sobre sus cabezas.

“Ya son las siete, ahí viene el panadero”, decían las personas cuando estos personajes inauguraban el amanecer. Era una capital distinta, donde no se escuchaban más que ruidos de voces humanas, “se podía poner el reloj a la hora, por el pregón que se escuchaba en la calle”, recordaba en 1960 María Cristina Méndez en este diario.

“¡El pan!... ¡Calentito el pan!”, “panaderoooo”, gritaban estos repartidores de calorías que transportaban sabores conocidos sólo por nuestros antepasados, con manteca pura de cerdo y mucho huevo. Méndez contaba que cuando le compraban 20 piezas, el comerciante decía: “Agarre su ganancia, güerita”, el “pilón”, dos bizcochos más.

La tradición de repartir este producto comenzó entre finales del siglo XIX y principios del XX, al principio algunos usaban una carretilla de madera, explica Homero Bazán Longi en su columna La ciudad de ayer. Esta época coincide con la apertura de las grandes panaderías de la capital y la mecanización de la industria.

Según el especialista, llevar la carga de pan sobre la cabeza es una costumbre que inició a pie, al modo de los vendedores de provincia, quienes eran expertos en cargar así diversas mercancías como ollas de leche y charolas con dulces.

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Foto: cortesía/Gerardo Zárate

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1992. Los panaderos ambulantes empezaban en el oficio a pie.  Foto: Archivo/Carlos Denegri.

El panadero compartía las vialidades capitalinas con otros pregoneros: “Carbón señor”, “¡Mantequilla, mantequilla de a real y medio!”, “¡Cabezas de horno calientes!”, “Cecina, buena cecina”, “¿Hay seboo?, “¡Mercarán chichicuilotitos vivos!”, “Petates de Puebla, petates de cinco varas”, “¡Cristal y loza fina que cambiar!”, “¿Hay zapatos que remendar?”, “¡Castaña asada caliente!, “¡Patos, mi alma, patos calientes!”, “¡Tamalees, tamalees!”.

Con el tiempo, el comercio se montó a la bici. El lechero cambió el caballo por las ruedas, pero fue el panadero quien se convirtió en un espectáculo: “es un prodigio de humano equilibrio”, escribió en EL UNIVERSAL Carlos González Peña en 1939, quien no sabía qué admirarle más: escapar a los atropellamientos o conservar íntegros los “transitorios habitantes que colman la cesta.”

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Hay dos tipos de panaderos ambulantes: unos reparten a negocios, otros van vendiendo en el camino. Foto: Archivo/ EL UNIVERSAL 

El 19 de julio de 1936 la gran avenida del Bosque de Chapultepec fue la pista de la primera carrera de repartidores, convocada por la Liga Interzonas Ciclista del Distrito Federal.

Los lecheros pedalearon con 12 de sus botellas, los abarroteros con 12 kilos de mercancía; los carniceros tuvieron liga infantil y adulta. Los panaderos fueron los más admirados en la competencia, llevaban en sus canastas 150 manos de pan blanco (300 piezas).  

En 1951, en la cinta ¡Ay amor... cómo me has puesto!, Tin Tan dio voz al himno del oficio que pedaleaba el Distrito Federal: “el panadero con el pan, tempranito va y lo saca calientito en su canasta pa’ salir con su clientela por las calles principales y también La Ciudadela y después a Los Portales y el que no sale se queda sin el pan para comer…”

 

Según el investigador Rodrigo Hidalgo, esta escena de la cinta ¡Ay amor... cómo me has puesto! se filmó en la avenida Lindavista, Tin Tan se detiene frente a una casa en el número 141, la cual permanece casi intacta. 


Los enemigos del panadero

Los panaderos conocían bien las calles chilangas, la profundidad de cada bache, los atajos para repartir a domicilios, restaurantes, cafés, tiendas de barrio y pequeños puestos. Sabían también sobre los peligros de sus rutas: asaltantes, automovilistas y policías.

Sin embargo, a veces les ganaba la ingenuidad, como a Salvador Paredes, un joven de 16 años que llevaba sus teleras por las calles de Tacuba en junio de 1927. En su camino una mujer le guiñó el ojo y lo guio hasta la pulquería La Hija de Moctezuma.

“Allí lo esperaban ya tres desconocidos, quienes después de quitarle el pan y el dinero que llevaba, lo desnudaron, le dieron un baño dentro de una barrica de pulque y lo echaron a la calle totalmente desnudo”, relata un reportero de EL UNIVERSAL.

Historias como esta abundan en las notas del pasado: en 1926 José González fue agredido por desconocidos que le quitaron su canasto y las ventas del día; en 1967 Abraham Martínez Arteaga respondió a balazos a un pandillero de La Ladrillera, Ticomán, quien le quiso robar la bicicleta, los vecinos salieron en defensa del asaltante y casi lo lincharon. 

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“Ahora ni modo, el que la va a tener que llevar es el pobre público, es el que la paga siempre, va a tener que comer un poco de pan con tierrita”, dice el panadero Tin Tan en la película ¡Ay amor... cómo me has puesto!, después de que un carro lo tumba con la mercancía. Foto: Archivo/EL UNIVERSAL

Algunos eran víctimas de camiones desbocados que los sacaban del camino, o bien, a veces la cesta les tapaba visibilidad, iban a dar contra el asfalto con fractura de cráneo y bizcochos atropellados. No todos sobrevivían.

En 1937 el panadero Onésimo Villegas conoció el parachoques de Lázaro Cárdenas, cuando repartía cerca de Los Pinos. El periodista Rafael Lara Cetina contaba en 1970 que al otro día del accidente, el tahonero recibió un vehículo nuevo con una nota del mandatario: “Yo pienso cambiar de chofer. Usted cambie de bicicleta”.  

Estos personajes también eran asediados por los gendarmes. En 1961 el cuentista llamado Ese J. Eme narró la vida de un repartidor de 15 años, experto en la “nutritiva diplomacia”: el arreglo por falta de placa de registro consistía en unos cuantos bizcochos para las barrigas policiacas.

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3 de diciembre de 1961. Cuento de Ese J. Eme en la Revista de la semana de EL UNIVERSAL. Ilustración de Carlos Nieve.

Cualquier cosa les podía pasar a los malabaristas de bollos. No era sencillo convertirse en un veterano. Homero Bazán detalla que los aprendices iban aumentando la carga poco a poco y se ayudaban de las manos para mantener el equilibrio. 

El chalán se graduaba cuando el trapo enroscado de su cabeza sostenía el peso sin más ayuda que su habilidad, entonces subía a la bicicleta dispuesto a sortear la fauna del tránsito vehicular, donde apenas asomaban su grito y “el pan nuestro de cada día”.
 

La evolución del oficio

En 1991 un panadero declaró en EL UNIVERSAL que había dejado de repartir sobre las cabezas de jóvenes porque resultaba impráctico: en el 30 por ciento de los casos perdían el pan por robos o al ser derribados por coches.

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El simpático panadero era el equilibrista citadino. Foto: Archivo/Carlos Denegri

Ya en los años 80 la tradición de usar la bicicleta como vehículo para entregas empezó a ser reemplazada por camiones de reparto; sin embargo, las ventajas de este medio de transporte bien valen el riesgo para los aventureros.

Los repartidores aún distribuyen pedidos a varios negocios en sus bicicletas tipo turismo rodada 28 (apodada “bicicleta de panadero”), pero ya no llevan el pan sobre sus cabezas, sino en cajas o canastas bien amarradas al portabultos de metal.  

David Enrique Romero tiene 23 años y heredó el oficio de su abuelo, quien anteriormente repartía el pan en un carro metálico, “se aventaba la ruta caminando, ya luego usó la bicicleta”, cuenta mientras envuelve donas en la panadería Viñoas, en la avenida Bucareli.

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“En este negocio del pan hay que pararse temprano”, dice David. Foto: Nayeli Reyes/ EL UNIVERSAL.

Con la bicicleta ahorran en gasolina y evitan el tráfico, pero repartidores como Edgar García no han salido intactos: “me atropellaron…hace cuatro años”, debajo de su guante se asoma la cicatriz que le dejó un auto en la calle Sullivan.      

En tanto, la mayoría de los panaderos que venden en los caminos se mudaron al triciclo. Hay quienes anuncian su llegada: “¡El paaaaan!”; otros sólo tocan una corneta y eso basta para convocar a las calles a los hambrientos.

“Es más fácil en el triciclo que llevarlo en la cabeza”, relata Isaac Lozada Flores, quien ha recorrido las calles de la capital desde hace 20 años. En la madrugada llega a la panadería para cargar la tanda matutina; más tarde atasca otra canasta, para los antojitos vespertinos y las cenas. Desde hace cinco años incluye café en su venta.

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1986. Repartidor de pan en Aguascalientes. El triciclo permite llevar más carga. Es un vehículo retomado por todo tipo de comerciantes. Foto: Archivo/EL UNIVERSAL.

En este negocio de cafeterías en triciclo lo acompañan sus hermanos Erick y Gonzalo, desde hace más de una década. “La necesidad te hace llegar hasta acá”, comenta Erick, “la bicicleta es más rápida, pero cargas un poco menos, aquí puedes echar la caja, canasta, el termo.”

Los robos no son frecuentes, afirma Isaac, a veces los conflictos los solucionan con bizcochos: “nos piden un pan y se los damos, es mejor, pues órale, pero a veces se encajan, ya quieren diario que les de uno”.

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Los hermanos Lozada mantienen vivo el oficio de los panaderos ambulantes. Todos los días distribuyen bizcochos de la Panadería Viñoas. Foto: Nayeli Reyes/EL UNIVERSAL.

Los hermanos Lozada deben cubrir sus canastas con hules negros para ocultar el pan, tienen prohibido vender en algunas zonas del centro. A veces los oficiales los han llevado a la alcaldía, con todo y triciclo, sólo por verlos transportar el pan, les cobran multas, ahí se les va el dinero ganado con los pedales.

“Sí que se me hace pesado, ya en la noche cuando venimos de regreso es que ya no podemos”, dice Isaac. Erick da la primera patada al triciclo y así pedalean al atardecer, sus hermanos lo siguen, bajan de la banqueta y se alejan uno tras otro, con sus bizcochos escondidos.

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Foto: Archivo/EL UNIVERSAL  

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Nuestra foto principal es una toma del 6 de abril de 1981, se observa a un repartidor que transitaba por Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, es de la agencia UPI.

Fotografía antigua: Archivo/EL UNIVERSAL
Fuentes:

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