Cuando la Ciudad de México se llenó de rejas y bardas

Mochilazo en el tiempo

Antes de la década de los 80 podíamos recorrer con libertad espacios como Ciudad Universitaria, Lomas de Chapultepec o Jardines del Pedregal; sin embargo, con el crecimiento de la capital comenzaron a proliferar bardas, muros y rejas, pensados como una solución a la inseguridad

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Texto: Carlos Villasana y Ruth Gómez

Los cambios en el paisaje urbano son parte de la esencia de la Ciudad de México; uno de los más sobresalientes es el incesante aumento de muros, barandales y rejas perimetrales que por doquier se ven en hogares, hospitales, escuelas, universidades, paraderos, terminales, parques y otros espacios públicos.

A pesar de que hoy en día esto parezca lo “normal”, algunos registros fotográficos demuestran que no siempre fue así; Esaúl Hernández, arquitecto e investigador de temas urbanos e históricos, explicó a El Gran Diario de México algunos motivos por los que las bardas perimetrales se volvieron parte rutinaria de la capital mexicana.

El arquitecto narra que en el pasado hubo muchas ciudades en el mundo “famosas” por sus fortificaciones y murallas; en la Ciudad de México había elementos naturales que funcionaban como barreras físicas, como lo fue el Lago de Texcoco con sus calzadas y canales que fueron factores decisivos para la Conquista.

Durante la Colonia, los canales funcionaban también para delimitar el sur de la ciudad, sin necesidad de poner bardas a los terrenos; las garitas, “antiguos sistemas defensivos ubicados en los bordes del centro de la ciudad virreinal”, servían como punto de control y cobro de impuestos. En la época del Porfiriato o la Revolución Mexicana, los muros se encontraban en lugares considerados de “alta seguridad” como prisiones, hospitales o haciendas.

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La residencia de la familia Braniff, ubicada en el número 27 del Paseo de la Reforma, en una postal cercana a 1920. Esta casa fue demolida en los años treinta y la reemplazó un conjunto habitacional; hoy en su lugar se encuentra el edificio de departamentos Reforma 27. Colección Carlos Villasana.
 
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La Plaza Popocatépetl, ubicada en la colonia Hipódromo, en una postal cercana a 1930. A la izquierda se ve la fuente diseñada por el arquitecto José Gómez Echevarría; la casa del fondo se encontraba entre Huichapan y la avenida México, hoy en su lugar hay edificios de departamentos. Se puede observar igualmente el tamaño de la mayoría de las bardas en aquella época. Colección Carlos Villasana.

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El Centro Escolar Revolución en los años treinta. Este edificio se encuentra en Arcos de Belén y Niños Héroes, donde antes estuvo la Cárcel de Belén; fue diseñado por el arquitecto Antonio Muñoz y en el interior alberga murales de artistas como Raúl Anguiano y Aurora Reyes. Colección Carlos Villasana y Google Maps.

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El Hospital Colonia de los Ferrocarrileros ubicado en la esquina de Manuel María Contreras y Manuel Villalongín, colonia Cuauhtémoc, en la década de los cuarenta. Este edificio fue diseñado por el arquitecto Carlos Greenham y hoy alberga oficinas del IMSS. Colección Carlos Villasana y Google Maps.

Una ciudad con espacios abiertos  

Los cambios en el imaginario de lo que significa una ciudad o el espacio público/privado se podría explicar, de acuerdo con Esaúl, poniendo a la antigua Garita de San Lázaro como ejemplo:

“Hoy ya no es un punto de revisión como lo fue durante el Virreinato; en la inauguración del Palacio Legislativo en 1981 se mostraba el área como un lugar abierto referente de democracia y convivencia, con plazas públicas y puntos de acceso al recinto. Hoy, la inseguridad del lugar, aunado a la Línea 4 del Metro construida en el mismo año, muestran la zona delimitada con enrejados en cada uno de los espacios construidos”. 

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Los alrededores de la antigua garita, como la Cámara de Diputados, la “TAPO” o las estaciones de Metro que llevan el mismo nombre —Línea 1 y B— están enrejados como respuesta “fácil” al problema de la inseguridad: “la explanada que unía a la TAPO con la Línea 1 del Metro se encuentra bardeada y sin uso, con el argumento de estar inhabilitada para un proyecto de regeneración urbana, sin avance desde 2018”.

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En la imagen antigua observamos los alrededores de la glorieta que se encontraba en la avenida Francisco Morazán, ahora llamada Congreso de la Unión, en la década de los 60. A la izquierda se ve la antigua Garita de San Lázaro y a la derecha la fábrica de conservas Clemente Jacques y Cía., sitio que luego ocupó una unidad habitacional. Colección Carlos Villasana y Google Maps. Diseño web: Miguel Ángel Garnica.

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Foto: Colección Carlos Villasana.
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Foto: Google Maps.

A mediados del siglo XX, cuando la capital se desarrolló aceleradamente, lugares como Ciudad Universitaria, unidades habitacionales o deportivos se concebían sin barreras o puntos de acceso siguiendo una lógica de espacios abiertos; lo mismo pasó años después con las estaciones y paraderos del Metro.

El acceso a colonias como Lomas de Chapultepec o Jardines del Pedregal era libre y los predios estaban limitados unos de los otros por algún elemento de baja altura. Conocedores o curiosos podían caminar por las calles para admirar los estilos de construcciones arquitectónicas: “era como ir a un museo al aire libre”, dijo Esaúl.

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Una toma de inicios de los años setenta donde se aprecia el entonces nuevo Centro Social y Deportivo Guelatao, en la esquina de República de Honduras y Comonfort, al norte del Centro. Este espacio sustituyó al antiguo Mercado de la Lagunilla ubicado en lo que fue la Plaza Comonfort. En la época en que fue tomada esta imagen,el deportivo no contaba con barda perimetral. Crédito: DDF y Google Maps.

Un fenómeno que creció con la inseguridad

Poco a poco esa ciudad se fue amurallando: aparecieron bardas altas de diversos materiales como concreto o piedra volcánica; las rejas se empezaron a hacer comunes en los espacios públicos y algunas calles se convirtieron en “cerradas” al colocar rejas, macetones, vallas eléctricas o casetas de vigilancia para que nadie ajeno pudiera transitar sobre ella.

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En el caso de esta casona, la del Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca, la barda prácticamente sigue igual, pero la rodearon de árboles y no se nota el castillo. Colección Carlos Villasana y Google Maps.

De acuerdo con Esaúl, este fenómeno creció a partir de la década de los años 80 debido a la inseguridad y el descuido de la ciudad; por lo que se promovió la construcción de muros, rejas y barandales cada vez más sofisticados, alcanzando su punto más alto en los años 90 y en los 2000, sumado a una planificación urbana que tenía al automóvil como principal beneficiario.

El desarrollo de viviendas empezó a contemplar fraccionamientos cerrados para brindar seguridad a quien comprara una propiedad, alimentando de esta forma la “falsa idea que si hay más policías, cámaras y muros altos se soluciona el problema de la inseguridad”, comentó Esaúl.

Este hecho llevó a la pérdida de espacio público ya que después de ser enrejado, algunas plazas se convirtieron en estacionamientos o sitios de acceso limitado —ciertos deportivos— o, en el caso de las estaciones del Metro, el levantamiento de rejas derivó al establecimiento de comercios informales.

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Una de las irreconocibles entradas a la entonces recién inaugurada estación Taxqueña del Sistema de Transporte Colectivo Metro. En el interior se alcanza a distinguir una caseta de expendio de boletos. Colección Carlos Villasana y actual Google Maps.

Uno de los casos más recientes de enrejamiento que le sorprendió fue cuando autoridades de Ciudad Universitaria tomaron la decisión de cercar todos los espacios de la zona deportiva, consecuencia del aumento de la inseguridad y presencia de narcomenudistas.

A pesar del rechazo por parte de la comunidad universitaria, plazas, frontones y jardines pasaron de ser zonas de descanso a sitios con un solo acceso y, por las noches, un sitio peligroso ya que algunos sitios quedaron “sin salida”.

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Los frontones de la Ciudad Universitaria en una fotografía de mediados de los años cincuenta. Este espacio deportivo fue planeado por el arquitecto Alberto T. Arai. Colección Carlos Villasana.

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Autoridades universitarias informaron que instalan alrededor de un kilómetro y medio de malla metálica de seguridad en distintos puntos de CU, entre ellos Los Frontones y Los Bigotes. EL UNIVERSAL.

Si bien algunas bardas funcionan para evitar accidentes al interior de vías rápidas, su existencia termina por beneficiar al automóvil y complica tanto la movilidad del peatón o del quien utilice en sistema de transporte no motorizado como la convivencia entre colonias.

Las ventajas de la colocación de vallas a nivel de calle, podría calificarse como cuestionable: “en Avenida Circunvalación en el Centro Histórico, se colocaron 2 km de vallas para que las personas no se cruzaran a media avenida. Meses después, algunos elementos fueron desprendidos y la gente camina sobre el arroyo vehicular ya que la banqueta no da abasto o no es práctica”.

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Estas son las vallas que se encuentran sobre Avenida Circunvalación, entre la Merced y el Centro Histórico. EL UNIVERSAL.

De acuerdo con Esaúl, la inseguridad es la causa principal por la que los muros siguen siendo relevantes al momento de habitar un lugar: “los ciudadanos nos hemos tenido que adaptar a una ciudad cada vez más cerrada, privada y con mayor contraste entre clases sociales, sin interactuar entre nosotros o mirar por un bien común”.

Lo que para generaciones anteriores fue una plaza pública, para las actuales se han convertido en sitios desconocidos a los que no tienen acceso y algunos parques o zonas de juego se construyen bajo puentes vehiculares rodeados de bardas para protección de quienes los utilizan ya que suelen estar entre avenidas.

Para Esaúl, el impacto de las bardas o enrejados no sólo es visual, sino también en la calidad de vida, ya que cuando habitas un espacio con espacios cerrados se siente un ambiente cerrado u hostil, en contraste, en zonas donde las viviendas cuentan con espacios públicos abiertos y áreas verdes bien cuidadas, la percepción es de que se puede cohabitar ese lugar, con dinámicas amigables: “al comparar estos espacios con la ciudad de los muros el contraste y la diferencia es evidente”.

Imaginar una urbe “libre de muros” a corto plazo es muy difícil; sin embargo, Esaúl invita a la sociedad a pensar cómo se podría crear una ciudad más segura e integral y a participar de manera activa con los gobiernos que estén en turno:  “estamos en una nueva década en donde la pandemia, la tecnología y las nuevas formas de trabajo e interacción social han transformado todo. Aprovechémoslo.”

La fotografía principal muestra los cambios en la zona de la garita de San Lázaro, desde los años 60 al día de hoy que luce con rejas. Colección Carlos Villasana / Google Maps.

Fuente:

  • Esaúl Francisco Hernández Rodríguez, arquitecto e investigador.
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