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Beber café como en el México antiguo

Café Río es uno de los negocios tradicionales que perdura en el Centro. Desde los 60 este lugar cuenta parte de la vida en Donceles, atrae a los amantes del café y de la Historia. Por ahí han pasado personajes como Carlos Slim, José Emilio Pacheco y María Félix
Café Río
23/11/2019
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Texto: Nayeli Reyes
Diseño Web:
Miguel Ángel Garnica

En el Café Río las personas se beben el tiempo a sorbos pequeños, sin azúcar, lo acompañan con un pay de dátiles, una conversación o un libro. A veces sólo se sientan a la mesa con las ausencias de quienes alguna vez transitaron por la calle Donceles y se quedaron ahí para siempre.

“Chinito, ¿me das una americano ligerito?”, pide Gema Serna Hauayek. Esta historia no podría empezar de otra manera. Ella es la actual propietaria de Café Río, negocio que pertenece a su familia desde 1961, cuando su mamá, Lidia Nayer Hauayek, comenzó a hacerse cargo.
 

“Es un café muy conocido, vienen artistas, escritores, políticos, todo tipo de gente que le gusta el buen café”, dice Gema con una de sus tres tazas diarias en la mano, sin endulzar, como lo acostumbraba su mamá, quien falleció dos años atrás.

Este lugar no sólo destaca por su antigüedad y por ser un negocio familiar, explica el cronista Jorge Pedro Uribe Llamas, también representa un tipo de comercio que resiste en el Centro Histórico.

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Vista Donceles entre las calles República de Brasil y República de Argentina, frente al Antiguo Colegio de Cristo, hoy Museo de la Caricatura, 1968. Unos metros atrás está el Café Río. Foto: Archivo/EL UNIVERSAL.

“Los negocios tradicionales o históricos del Centro están desapareciendo a gran velocidad, gracias al turismo masivo, la especulación inmobiliaria, el aburguesamiento, el derecho de piso y otros problemones que las autoridades locales no han sabido o no han querido atender”, detalla el cronista.

En el Café Río, el mural de los cafetales ya olvidó la firma de su autor, pero aún muestra esos campos frescos. La máquina para tostar café sigue en la entrada, aunque ya no se usa invita a los paseantes a entrar y construir nuevas historias desde un escenario del pasado.

Gema cuenta que en las mesas del Café Río uno podía encontrar al periodista Jacobo Zabludovsky o al empresario Carlos Slim, quienes tomaban café expreso; el escritor José Emilio Pacheco pedía americano; el poeta Vicente Quirarte bebe capuchino cuando va, al igual que la cronista Ángeles González Gamio y el historiador Guillermo Tovar y de Teresa.   

Son clientes Damián Alcázar, a quien le encanta el postre “dedos de novia” y el actor Jesús Ochoa, fanático del pay de dátiles.

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En una de las paredes de Café Río se mantiene una fotografía de la visita de Carlos Slim a Café Río, en la imagen aparecen la señora Lidia Nayer Hauayek y su hija Thelma.

También la actriz María Félix frecuentaba este sitio, no consumía nada, sólo se sentaba en la última mesa a esperar a que abriera el local de antigüedades que estaba en el piso de arriba.

Ángeles González Gamio relata en Los encantos de una calle que el Café Río era el favorito de los abogados que asistían a los tribunales, antes ubicados en el antiguo convento de La Enseñanza.

“También eran asiduos concurrentes los preparatorianos de San Ildefonso; eran los años sesenta del siglo XX, época en que los estudiantes descubrían a Sartre y las jóvenes se fascinaban con las ideas feministas de Simone de Beauvoir”, escribe la cronista.

Mientras la bebida se enfriaba, las charlas se calentaban con cualquier tema, como las películas del cine Río, que, según González Gamio, en ese entonces se consideraban pornográficas y hoy serían cosa de niños.
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Una toma de la Escuela Nacional Preparatoria Número 2, que en los años 60 se ubicaba en el actual Palacio de la Autonomía. Foto: Colección Villasana-Torres.

Los estudiantes también iban en busca de la señora Lidia, “era una persona muy callada, que si tú le decías algo, ella no lo pregonaba, entonces si tú tenías un problema ella te aconsejaba para bien…unos le decían mamá”, recuerda Gema. 

José Joaquín Blanco describió en Los mexicanos se pintan solos: “en los restos del barrio universitario (detrás de catedral) cafecitos como el Café Río, en Donceles, donde todos los poetas de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso discutimos de rimas y de — ¡oooooooh!— la Vida.”

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Gema dice que los granos no deben quemarse, “la gente que viene aquí es porque le gusta el buen café…es un café fuerte”.


Tradición chilanga-libanesa

“Mi abuelita era muy valiente”, cuenta Gema, ya con la taza de café a medias. Después de perder a su mamá, a los 16 años, ella salió de Zgharta, una ciudad de Líbano, rumbo a Venezuela, donde vivía su hermano mayor.

En el camino, el barco donde su abuela viajaba se descompuso en Veracruz y aquí se quedó, como si el destino la hubiera atraído al café de Coatepec, que hoy sirven en el negocio familiar de Donceles.

“Ella sin el idioma, jovencita, temerosa, busca a sus amigas que tenía aquí en México… una amiga la rescata y se la lleva a vivir a Pachuca”. Luego, se casó en el estado de los pastes. Así comenzó la historia de la familia Hauayek en México.

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La señora Lidia Nayer Hauayek en el Café Río, el negocio al que dedicó su vida/Cortesía.

Tiempo después, ya en la Ciudad de México, su hija Lidia dedicó su vida al café. En esos días, en el Centro aún era fuerte la presencia de personas provenientes del Líbano, así como de judíos y españoles, de acuerdo con la periodista Patricia Ruvalcaba.

Todas las hijas de la señora Lidia aprendieron a preparar bebidas desde los siete años, cuando aún necesitaban un banco para alcanzar las palancas de la máquina cafetera. Después de 17 años de trabajar en una distribuidora de telas, Gema renunció para dedicarse de lleno al negocio.

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Algunos negocios de fotografía en Donceles. Hoy una parte de la calle se especializa en ese rubro, por lo que muchos de los clientes de Café Río son fotógrafos. Años 60. Foto: Colección Villasana-Torres.

Ella es chilanga, pero en su sazón mantiene la tradición libanesa. En el Café Río todos los miércoles prepara, con la precisión que sólo logra su mano, las recetas transmitidas de generación en generación. Los sabores gustan tanto que dos horas bastan para dejar vacías las cazuelas.

Arturo Villegas escribió sobre este lugar en La panza al centro: “Es como ir de visita a casa de tus tías: tras recibir un efusivo y sincero abrazo seguido de una fresca mentada de madre, como reclamo por tenerlas abandonadas, Gema y su hermana Thelma te ofrecerán asiento”.

En los espejos de la pared se asoman los recuerdos y el reflejo de Gema, quien casi nunca se sienta.  

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Comida libanesa en el Café Río. Foto: Nayeli Reyes/ EL UNIVERSAL.


Los cafés: lugares de posibilidades

Con cada trago de café las palabras se afilan, las manos vuelan sobre los teclados de las computadoras, las historias toman forma, las decisiones se ven más claras, las posibilidades desbordan las tazas.  

¿Por qué todo esto pasa en torno al café? La investigadora Victoria Aupart dice que esta bebida es una de las drogas mejor aceptadas, tiene propiedades estimulantes: la cafeína altera los nervios y provoca  “una lucidez inusitada que otras bebidas no contienen”.

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Comensales en el Café Río de los años 90. Cortesía.

“El café por sí mismo ostenta una característica muy específica: el invitar a hacerlo todo y a no hacer nada, no es un espacio que se defina específicamente por las actividades que se realizan al interior, sino por la múltiple gama de actividades que uno puede llegar a hacer”, explica Aupart.

En el Café Río, las personas han elegido formar una comunidad. Hay clientes añejos que saludan con cariño a Gema y ella casi les adivina el pedido. Un grupo de profesores jubilados se reúnen dos veces por semana desde hace cerca de medio siglo en ese lugar.

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“Antes el tráfico era para allá, ya ve que antes pasaba el tranvía…allá en el templo mayor había muchos billares, las cantinas, restaurant, ahí andaba yo, todos ahí me conocían, pues sí se extraña todo eso, pero pues ya”, cuenta el señor Jesús.

Otros, como Jesús Castro, casi son parte del lugar. Mientras descansa en una de las mesas, cuenta que él recorre el Centro con su escoba desde joven, a diario ayudaba a la señora Lidia a levantar la cortina y ella le decía que el café no le quitaba el sueño: “No, güero, yo me levanto a la una, a las dos, cuando no puedo dormir y me hago mi taza de café y me duermo”.

Desde esas mesas don Jesús vio desaparecer el tranvía, cambiar la circulación de los carros, “estaba sabroso antes…ahora donde quiera quieren plazas”, dice el hombre de 71 años. 

“Venían muchos comerciantes, se han ido del Centro, unos se han muerto, pues va cambiando la vida, yo era joven, ahora ya no”, dice Gema con una carcajada. Sin embargo, nuevas generaciones también se han dejado seducir por este lugar.

En Donceles 86, la cafetera de los años 60 sigue despertando al barrio, permanece incansable, despachando una taza tras otra con sabores del México antiguo.

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“El café cuando es bueno no le hace daño, cuando viene revuelto con garbanzo, mala calidad, o con cáscaras sí le hace daño”, dice Gema. Foto: Nayeli Reyes/EL UNIVERSAL.

La foto principal es una vista general del Café Río, en la calle de Donceles, en el Centro Histórico de Nayeli Reyes de EL UNIVERSAL. La imagen comparativa antigua es la mamá de Gema Serna Hauayek, la señora Lidia Nayer Hauayek, quien se hizo cargo del café en 1961. La fotografía es cortesía de la entrevistada Gema Serna H.

Fuentes:

  • Entrevistas a: Gema Magali Serna Hauayek, propietaria del Café Río; Jesús Castro, cliente del Café Río; Jorge Pedro Uribe Llamas, cronista de la Ciudad de México; Victoria Aupart, maestra en historia internacional, especialista en cafés del siglo XIX.
  • Los mexicanos se pintan solos: crónicas, paisajes, personajes de la Ciudad de México, de José Joaquín Blanco.
  • Los encantos de una calle, de Ángeles González Gamio.
  • La panza al Centro. Guía gastronómica del Centro Histórico De la Ciudad de México, de Arturo Villegas.
  • Siluetas del Centro Histórico