Así operaba “El Barba Azul” mexicano

Mochilazo en el tiempo

Este joven asesino cortaba con un cuchillo la arteria femoral de sus amantes. Al menos dos casos los cometió en la vía pública y en la misma calle de la colonia La Bolsa, hoy colonia Morelos, de la capital; aquí esta historia de los años 20

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El Anillo de Circunvalación a finales de los años cuarenta visto hacia el sur desde el cruce con la calle de Ramón Corona. En esta zona operaba el llamado “Barba Azul” mexicano. Hoy esta avenida es parte del Eje 1 Oriente; a la izquierda está en construcción el Mercado Ampudia, y del lado derecho, el hotel del mismo nombre que  aún existe. Crédito: Col. David Guerrero/Cortesía.

Texto: Ma. Angélica Navarrete R.

Antonio Hernández o Juan Barrera Zúñiga era un joven atractivo de 20 años, vigoroso y atlético a quien en la cárcel  le apodaron el “Barba Azul” mexicano, aunque nada tenía que ver con el físico del personaje del cuento, descrito como un viejo decrépito.

El apodo tiene su origen en un cuento del mismo nombre, recopilado por Charles Perrault en su libro Cuentos de Antaño, de 1697. Barba Azul cuenta la historia de un hombre muy rico, pero poco agraciado para las mujeres de su pueblo a causa de su fea barba azul.

De las mujeres que se relacionaban con él no se sabía nada y pasado el tiempo se descubrió una sangrienta habitación donde guardaba los cadáveres.

Según una nota de este diario del 31 de julio de 1920, Juan o Antonio Hernández era carpintero y su nombre se hizo famoso por los ataques a Catalina Ramírez y Soledad Cervera, quienes fueron sus amantes y meses después de conocerlas hirió con un cuchillo en la arteria femoral provocándoles una gran hemorragia; sin embargo, Soledad sobrevivió, pero Catalina no tuvo la misma suerte.

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“Será sensacional el próximo jurado de Barba Azul” era el encabezado de la nota del caso publicada en EL UNIVERSAL el 31 de julio de 1920. En ella se leen detalles del modo de operar del joven asesino de 20 años de oficio carpintero. Hemeroteca EL UNIVERSAL.

Después de herirlas y al llegar la policía, Antonio fingía ser un “esposo atribulado” que preguntaba a su mujer agonizante quién la había herido para vengar su muerte “dime quién te lesionó” repetía, frente a los gendarmes, el joven asesino. El “dolido esposo” convencía a los policías, luego desaparecía a la primera oportunidad.

Los casos coincidían en mucho: las dos fueron atacadas de la misma forma y en la misma calle de Peluqueros en “la fatídica colonia de la Bolsa” (hoy la zona de la colonia Morelos), se lee en la nota; las dos mujeres eran oriundas de Guanajuato y Antonio actuó igual en ambos casos. La policía no dudó en detenerlo.

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La estatua de José María Morelos ubicada en la Avenida del Trabajo y Caridad, colonia Morelos, alrededor de 1930. Esta escultura es obra de Antonio Piatti y, en los años veinte, llegó al sitio en que la vemos en la fotografía, donde permanece hasta hoy. Fue en esta zona que operaba el joven asesino en los años 20. Crédito: "La Ciudad de los Palacios: Crónicas de un patrimonio perdido".

El juicio fue abrumador y las pruebas contundentes

Según otra nota de este diario, publicada el 12 de agosto de 1920, EL UNIVERSAL fue el único en dar seguimiento a este caso. Se describe que durante el juicio, que se libró en el Juzgado séptimo penal de esta capital, el asesino permanecía con una “mirada feroz” y “como león enjaulado” al responder las preguntas.

Soledad creyó que Juan, nombre con el que ella lo conoció, estaba lejos de México, pero meses después de ser atacada se enteró del caso de Catalina, quien sufrió lo mismo y en la misma calle, lo cual la hizo recapacitar en que Antonio Hernández, amante de Catalina, era Juan en persona.

Él siempre afirmó que Catalina se había cortado la arteria para suicidarse y así perjudicarlo, pero el Agente del Ministerio Público, Oscar Menéndez, quien conocía los hechos desde el inicio le aplicó un “abrumador interrogatorio”.

Antonio hasta negó conocer a Soledad y dijo que Catalina había resultado lesionada, por casualidad, de la misma forma que Soledad, a quien siempre afirmó desconocer. Sin embargo, las declaraciones de los médicos legistas “pulverizaron las coartadas del famoso “Barba Azul”.

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El templo del Carmen, situado en la actual calle de República de Nicaragua, alrededor de 1920. Al frente se aprecia la antigua Plazuela del Carmen, que desapareció más tarde para construir la escuela Abraham Castellanos. Esta Iglesia se encuentra en la zona donde cometía sus asesinatos el “Barba Azul” mexicano. Crédito: Col. Carlos Villasana.

Al final, el jurado consideró responsable a Juan o Antonio Hernández, alias “Barba Azul”, de la muerte de Catalina Ramírez y de las lesiones ocasionadas a Soledad Cervera, por lo que se le dictó sentencia de 17 años y cuatro meses de prisión.

Aunque Antonio era señalado de haber privado de la vida a otras mujeres con las que también tuvo vida marital, solo se le pudo comprobar la muerte de Catalina.

Condenado a pena de muerte

El 17 de febrero de 1922 estando ya dentro de la penitenciaría purgando su condena, fue condenado a pasar el resto de su vida en prisión, pues la nota del día siguiente publicada en este diario afirma que a su condena de 17 años se le sumaron otros ocho con diez meses por haber escapado de la prisión.

Y es que casi un año antes, en mayo de 1921, había sido trasladado junto con otros presos a la cárcel de Belén, en donde aprovechó el mal estado de la construcción para escapar sin que nadie lo molestara.

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Fachada de la Cárcel de Belén, en la calle General Gabriel Hernández, a finales del siglo XIX. Hoy aquí vemos la escuela Revolución, en el cruce de Balderas y Chapultepec. De esta cárcel se escapó Antonio o Juan Hernández, alias el “Barba Azul” mexicano, en 1921. Colección Carlos Villasana.

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Pero meses después, un robo en una casa lo llevó a ser detenido y otra vez a los tribunales donde le sumaron años de prisión, sin contar que en varios juzgados se le acusaba por casos de lesiones y robo.

Al escuchar la sentencia “Barba Azul” “se encogió ligeramente de hombros marcándose en su rostro un gesto de desdén, tal vez estaba resignado a permanecer el resto de su vida en prisión”, se lee en la nota de aquel 18 de febrero de 1922.

  • Fuentes:
  • Hemeroteca EL UNIVERSAL

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