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Así era el asesino de Álvaro Obregón

José de León Toral mató a Álvaro Obregón y fue fusilado el 9 de febrero de hace 91 años. Practicaba deporte, daba clases de dibujo, pero la muerte de su amigo Humberto Pro y su afinidad católica lo motivaron al magnicidio. Aquí un retrato a tres piezas de este personaje
León Toral
08/02/2020
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Texto: Marco Salas
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica

Sus piernas tenían la fuerza de un futbolista

Es difícil imaginar a de León Toral con otros pantalones que no sean formales y de corte a la cintura, basta una mirada por encimita a sus fotografías para notar que era de las personas que usaban esos pantalones en regla, planchados, fajados y limpios, mismos que lo hacían lucir como un joven escrupuloso.

Su formación fue católica desde que nació en Matehuala, San Luis Potosí, el 23 de diciembre de 1900 y así continuó su entorno familiar incluso al mudarse a Santa María la Ribera en Ciudad de México cuando él tenía once años.

Existe un par de fotos que hacen fácil imaginar a José en otros escenarios, en el mundo del futbol, por ejemplo, con short junto a sus compañeros: Los Maristas de Alvarado. Este equipo lo absorbió el América en 1918 y hasta cambió su nombre a Centro Unión ­para que los nuevos se sintieran integrados.

 

Toral era dedicado, asistía a misa los domingos antes de jugar, pero pronto hubo discordias entre los maristas y el América y Toral, decepcionado, abandonó su posición de mediocampista y se integró a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, donde jugó junto a Humberto Pro, hermano de Roberto y de Miguel “el padre Pro”, cuyo martirio fue conocido por ser un caso de injusticia contra un inocente.

El 13 de noviembre de 1927, Segura Vilchis, miembro de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, pidió prestado el coche de los hermanos Pro y con sus habilidades de ingeniero hidráulico armó dos bombas que no explotaron cuando las lanzó al coche de Álvaro Obregón sobre Chapultepec.

El atentado salió en las noticias ese mismo día, así se enteraron los Pro sobre su vinculación como autores intelectuales del evento aunque se encontraban jugando futbol en casa. Diez días después los fusilaron sin juicio.

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Retrato de los gestos de José de León Toral. Fotografías tomadas entre 1928 y 1929. Archivo/EL UNIVERSAL

A Roberto Pro lo exiliaron a Cuba por ser menor de edad. León le envió dos cartas, la primera el 11 de enero y la otra el 8 de marzo:

Sr. Roberto Pro
Habana, Cuba
Bastante querido amigo:
Tal ves te acuerdes de mí, tal ves no; probablemente sí. Desde la última ves que te vi, ya no te he vuelto a ver y palabra que lo siento mucho. Otra cosa que sentí mucho más (en serio) fue que no hayas hecho, o mejor dicho no hayas sido llamado a la acción que consumaron tus hermanos: uno centró, el otro remató; tú (en esta ocasión goal-keeper) imposible que marcaras también tu goal. Pero ¿cuántas veces un portero es el héroe del partido? Ya paraste mucho, te falta todavía más; sólo Dios sabe si te cambiarán de delantero.

Y en la segunda carta decía:

Nuestro Señor tuvo que morir para salvarnos. La sangre de los mártires es semilla de buenos cristianos. Yo necesité que murieran tus santos hermanos para decidirme a moverme. Ahora estoy trabajando con empeño.

José de León se hizo de una idea motivado por el dolor. “Estuve mucho rato viendo el cadáver de Humberto y juré, con lágrimas en los ojos, vengar su muerte matando a Obregón, el auténtico causante de que mi amigo tan querido hubiera perdido la vida”.

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En la fotografía De León Toral tenía un cuaderno de dibujo y un tintero en su celda de Lecumberri, 1928-1929. Archivo/UNIVERSAL.

Sus manos dibujaban, también las usó para matar

El conflicto de la Guerra Cristera de los años 20 escaló al punto de dar pie a una cacería de religiosos que se oponían a la Ley Calles y veían a Obregón, el presidente reelegido, como el heredero del terror, el principal enemigo.

 Manuel Trejo era católico y vivía escondido para no morir, tenía una pistola en casa para defenderse del gobierno, se la prestó a José porque él le dijo que quería practicar sus tiros, pero en realidad era el arma que utilizaría para matar a Obregón.

La Madre Conchita, monja con la que José pasaba algunas tardes rezando, también fue importante en esta decisión, pues una vez dijo frente a él “las cosas se arreglan sólo si mueren Calles y Obregón.”

José intentó matar al caudillo un día antes de lograrlo el lunes 17 de julio de 1928. Tenía vacaciones de la escuela en donde enseñaba dibujo y aprovechó. Salió de su casa temprano con una cámara fotográfica como pretexto para acercarse, rezó en la Parroquia del Espíritu Santo como cada domingo, desayunó en Tacuba y de ahí se trasladó a Sullivan. Esperó hasta medio día junto a una manifestación de obregonistas.

“Salió, pero como venía en camión que tenía el capacete bastante alto no le sobresalía más que una parte del pecho y la cara. Yo con mi falta de práctica para tirar, no me atreví, por más cerca que pudiera estar siempre había unos tres metros de distancia y no podría yo arriesgarme, no mi vida, que ya estaba dispuesta a darla, sino a fallar y herir a otra persona”, dijo José durante su juicio. La transcripción se encuentra en José de León Toral de Ramón Ruiz Pineda.

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La declaración de José durante su juicio, entre obregonistas, por el asesinato del caudillo entre 1928 y 1929. Archivo/EL UNIVERSAL.

José regresó a casa decepcionado a pasar la última tarde con su esposa, pero pronto recordó que el día del atentado de las bombas una persona señaló una casa de la Avenida Jalisco (hoy Álvaro Obregón) como la del caudillo, así que fue a verificar si era cierto. No la encontró, sólo dedujo cuál era y volvió al día siguiente con su pistola y un block de dibujo, su nuevo pretexto para acercarse.

Toral continuó narrando: “como a la una vi salir unos coches de la casa del señor Obregón en dirección a San Ángel. Yo pensé que seguramente no habían comido por la hora. Lo probable es que fueran a uno de esos banquetes que tienen los políticos. Así fue como pensé en ir a La Bombilla.”

De León tenía razón, encontró a Obregón en el restaurante (que después se convirtió en el Parque La Bombilla) y empezó a dibujarlo, cuando llamó la atención de los demás en la mesa se decidió. “Llegué por el lado derecho, él volteó la cara con bastante amabilidad a ver los dibujos. Entiendo que no llegó a ver ni el primero porque yo saqué la pistola y disparé el primer tiro en la cara y bajé la pistola sin saber cuántos tiros se dispararon.”

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José de León dibujó a otros personajes de la mesa antes de realizar este retrato de Álvaro Obregón y tener un pretexto para acercarse, 1928. Hemeroteca de EL UNIVERSAL.

Según el libro Álvaro Obregón: fuego y cenizas de la Revolución Mexicana de Pedro Castro, existe un misterio alrededor de la muerte de Obregón, se dice que el cuerpo tenía 13 heridas de bala y un documento de la primera necropsia realizada dicta que fueron 19. El documento fue redactado tan deficientemente que no menciona que al caudillo le faltaba un brazo, y eso que el doctor que lo escribió fue el mismo que le amputó el brazo tras una batalla en Guanajuato. La mano se conservó en formol hasta que en 1989 la incineraron para añadirlo a los restos.

La pistola que llevaba Toral tenía espacio para diez balas, aunque sólo disparó seis, y la narración colectiva de los presentes lo confirmó. Entonces, ¿cómo fue posible que Obregón tuviera más heridas de bala? ¿José fue el único que disparó ese día?

Lo que sí es que él fue el único que cayó en manos obregonistas para ser torturado, pues querían saber quién era. “Estaba en un sótano, llegaron agentes y me dijeron al mostrarme mi cuaderno de dibujo que yo ya llevaba hechos esos dibujos y que les dijera quién los había hecho. Entonces me hicieron repetir uno y ya se convencieron, pero siguieron insistiendo sobre cómo me llamaba”, se lee en el libro de Ruiz Pineda.

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Pistola automática Star calibre .32, propiedad de Manuel Trejo, utilizada por De León Toral para asesinar a Álvaro Obregón, 1928. Archivo/EL UNIVERSAL.

A José lo colgaron de manos y pies con una soga delgada. Lo mecían y a cada movimiento las cuerdas se le encajaban. Él no decía nada y fue porque no había preparado nada qué decir en caso de quedar vivo, creía que iba a morir junto a Obregón. Se repuso y lo amarraron de los pulgares, así todo el peso de su cuerpo quedaría en sus dedos. Se le zafó uno y todo el peso cayó sobre el otro.

“Me volvieron a asegurar el dedo y por segunda vez se me zafó. Me dejaron descansar, pero mientras estaba tirado, una persona me estuvo golpeando la cara con mucha saña con unas correas. Yo consideré que debían estar indignados, pero llegué a decirles que no fueran tan crueles. Después me amarraron de los testículos jalándome hasta levantarme. Después por debajo de las axilas, quizá fue lo más terrible, sentía asfixiarme.”

Después lo tuvieron en posición de firmes durante seis horas. Uno de los agentes se le acercó y le preguntó si era verdad que era caricaturista. “Soy dibujante”, contestó Toral. “A ver, si me haces una caricatura te dejo descansar”, le respondió el agente. José apenas podía sostener el lápiz, pero terminó el dibujo, se sentó y lo levantaron de nuevo. Cuando reclamó el trato se rieron de él.

A la mitad de su juicio expuso un papel, “aquí traigo un dibujo para que los vean los señores jurados y puedan darse cuenta de cómo estuvo (su tortura). ¿Me hacen un favor de irlo pasando?” El dibujo fue firmado como “Mi martirio”.

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Plana del 4 de noviembre de 1928 donde se observa su obra: “Mi martirio”, dibujos en los cuales denunció la tortura que recibió antes de ser procesado. Hemeroteca de EL UNIVERSAL.

Y su corazón… ¿dónde quedó?

José fue declarado culpable y sentenciado a muerte incluso después de que la defensa abogó por una condena menos severa, la Madre Conchita, quedó como la autora intelectual y condenada a 20 años de prisión. Cumplió 12 y fue exiliada.

José fue llevado a Lecumberri en donde tenía contacto con su familia y seres queridos. El 9 de enero de 1929 EL UNIVERSAL publicó algunas palabras de Toral. Al reportero de este diario se le negó el acceso, pero logró ingresar y escuchar al reo.

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De León Toral siendo entrevistado por un reportero fuera de su celda en Lecumberri y custodiado por dos guardias, 1928-1929. Archivo/EL UNIVERSAL.

De León Toral declaró que era muy doloroso recordar los hechos de La Bombilla “desde que alguien en la Penitenciaría me ha hablado con entusiasmo de las virtudes y bondades del general Obregón. La noche del día en que me relataron estas cosas no pude dormir y comí muy mal. Por eso ya no hago dibujos que representen al general. Me impresiono demasiado cuando trato de hacerlo.”

El día de su fusilamiento fue cubierto por los medios. EL UNIVERSAL publicó: “Hoy, a las doce del día, José de León Toral será pasado por las armas, ejecutándose la sentencia dictada”.

El último deseo de Toral fue un trago de coñac, lo bebió tan rápido y desesperadamente que se manchó un zapato y luego, con calma, limpió su calzado con un pañuelo. José repetía estando preso (y durante su juicio también) que estaba listo para morir, lo estaba desde el día en que mató a Obregón. Esperaba encontrar la muerte junto a él.

Lo colocaron contra el paredón de la penitenciaría de México, hoy Archivo Histórico de la Nación, le pidieron las últimas palabras y le dispararon antes de que pudiera terminar el lema cristero: “¡Viva Cristo Rey!”

Su cuerpo fue llevado a casa de sus padres, en donde un doctor le sanó las heridas y le sacó el corazón para dárselo a su familia, la cual lo colgó para venerarlo y después fue conservado en secreto durante años, según el libro de Ruiz Pineda y otras fuentes consultadas.

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En la fotografía se observa el féretro de De León Toral de camino al Panteón Español, 1929. Archivo/EL UNIVERSAL

Más de 150 mil personas asistieron al sepelio, seguían la carroza y la policía quiso evitarlo formando vallas de motociclistas, camiones y fuerza de seguridad. Los manifestantes se abrieron paso como pudieron y entre todo el caos hubo tres muertos y 23 heridos de gravedad.

El evento era de celebración, la época de caza de católicos había terminado gracias a que José había exterminado al principal enemigo de los cristeros, por fin podían salir a las calles sin temor a que los mataran.

“Ni un instante dejaron de orar. Los guardias no pudieron impedir el paso a los simpatizadores a pesar de los refuerzos que enviaba la Inspección General de Policía”, escribió Ruiz Rueda.

Esperanza de León, hija de Toral, inició un proyecto para canonizarlo. “Por su ideal de la fe, mi padre cambió su vida por la del señor Obregón y lo dejó todo: su esposa, sus hijos, sus padres, sus seres queridos… desde que tengo uso de razón empecé a ir a su tumba. Los primeros años estaba pintarrajeada, el pueblo le pedía favores por escrito. En la familia algunos se encomiendan a él”, pero la iniciativa no tuvo frutos, pues la Iglesia no canoniza asesinos. “¡No matarás!”, es uno de los mandamientos que José no cumplió.

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Retrato de José de León Toral. Fotografía tomada entre 1928 y 1929. Archivo/EL UNIVERSAL.

Fuentes:
Hemeroteca de EL UNIVERSAL
Barrón, Carlos, “León Toral jugó en el América en 1918.. y mató al presidente”, Excélsior, 2016.
Castro, Pedro, Álvaro Obregón: fuego y cenizas de la Revolución Mexicana, 2009
Ruiz Pineda, Ramón, José de León Toral, 1975
ENTREVISTA CON:
Raúl González Granados, profesor de Construcción Histórica de México en el Mundo, UNAM.