Los Estados Unidos e Israel están llevando a cabo una guerra no provocada por una amenaza inminente, y mal planeada, con objetivos confusos y cambiantes para los Estados Unidos, aunque más claros para Israel. Hasta en las torpes declaraciones del Secretario de Defensa Pete Hegseth[1] se advierte la falta de planeación estratégica. De paso, Trump rompió su promesa de campaña de no iniciar nuevas guerras en el Medio Oriente, con esa absurda aspiración de buscar un Premio Nóbel de paz.
Es muy probable que el presidente norteamericano no haya tomado en cuenta los análisis de su propio Departamento de Estado ni de su comunidad de inteligencia. Los EE. UU. actúan de forma soberbia, como un superpoder solamente aliado con Israel, y han sido claramente afectados por la respuesta iraní de provocar el alza de los precios del petróleo y el gas, y de paso, los fertilizantes, que se fabrican con gas en distintos países.
El otro costo tal vez inesperado de la guerra han sido los ataques de Irán con misiles y drones a los países árabes del Golfo, no sólo contra bases militares norteamericanas. De inmediato, el conflicto se amplió al Líbano por la movilización de milicias de Hezbolá patrocinadas -- y ahora tal vez directamente dirigidas-- por militares iraníes. Los ataques de Hezbolá han sido calificados por la prensa del Medio Oriente como un “suicidio provocado” para el Líbano, cuyo gobierno quisiera detener al grupo chiita, pero no tiene los elementos para hacerlo. Se calcula que ya hay en el Líbano un millón de personas desplazadas por la guerra, y el panorama se puede agravar si Israel lleva a cabo una invasión militar masiva que probablemente no se detendría aunque se acordara un alto al fuego con Irán.
A nivel regional, los ataques contra los países del Golfo no tienen precedente y se pueden extender en el corto plazo a refinerías y depósitos de energéticos: sus fuerzas militares no son ofensivas, sino defensivas. También es difícil de prever qué relaciones tendrán con Teherán si el régimen teocrático sobrevive a esta guerra, aunque sea herido y debilitado.
¿Y los gobiernos de Europa? Desde el inicio de su gobierno, Trump ha maltratado a sus antiguos aliados europeos, les ha impuesto aranceles una y otra vez, los ha insultado diciendo que están en decadencia, ha dicho que iba a tomar Groenlandia, territorio controlado por Dinamarca, y ahora ha amenazado a la OTAN con futuras repercusiones por no ayudarlo a reabrir el estrecho de Ormuz. Con todo, no hay forma de que los europeos se metan en una guerra iniciada sin consultarlos.
Hasta ahora, Irán ha resistido. Hay que tomar en cuenta que sus capacidades militares son más amplias que las que tenía el Irak de Saddam Husein en la guerra de 2003, y conviene recordar que en ese conflicto, los Estados Unidos estaban aliados en su aventura con Gran Bretaña, Australia y Polonia, y además apoyado por los dos partidos políticos en el Congreso, nada de lo cual existe ahora.
En esta ocasión Trump actuó como si no entendiera que Ormuz iba a ser bloqueado, ni previó que el descabezamiento del gobierno de los Ayatolas llevaría a nombrar a otro clérigo tan radical o más que el anterior, como ha ocurrido. Más aún, fuentes iraníes de Christiane Amanpour (CNN) han declarado que los asesinatos de distintos líderes iraníes han fortalecido a la IRGC, la Guardia Islámica Revolucionaria, y ha unificado a sus bases para resistir los ataques.
Encontré un mapa que muestra la relevancia económica del estrecho de Ormuz:[2]

En todo caso, expertos calculan que si sobrevive el régimen iraní, esta guerra les ha dado el pretexto para construir finalmente una bomba atómica, para lo cual tienen guardados 400 kilos de uranio en algún subterráneo. Por cierto, se cree que esta material no tiene aún el grado de enriquecimiento necesario para fabricar un arma nuclear.
La construcción de un arma nuclear se ha venido posponiendo durante años, notablemente en 2015, cuando el presidente Obama negoció con Irán la adopción un programa de uso pacífico de energía nuclear con una supervisión internacional, a cambio de posponer los intentos de fabricar una bomba. No era un acuerdo perfecto, pero es el único que se ha logrado entre los dos países en casi medio siglo. Pero Trump no cree en la diplomacia, Al asumir en 2017 a la presidencia, de inmediato canceló el acuerdo logrado por Obama para iniciar una política de “máxima presión” contra Irán, coordinado con Israel, política que en febrero de 2026 lleva directamente a esta guerra. Conviene subrayar que Netanyahu estuvo en contra del acuerdo de Obama de forma decidida y cabildeó directamente ante Trump y el Congreso de Estados Unidos para eliminarlo.
Si la guerra no se detiene pronto, la lógica militar llevaría a escalar las operaciones, por ejemplo intentando tomar la isla de Kharg,el principal centro exportador de Irán, con miles de soldados norteamericanos. Este sería ciertamente un escenario catastrófico para los países del Golfo productores de petróleo y gas –que ahora consume Europa, después de dejar de adquirir gas ruso por la invasión contra Ucrania-- y para la economía mundial. En los Estados Unidos una invasión militar de inmediato generaría caídas en las bolsas de valores, índices que Trump siempre vigila y atiende.
El otro ganador del conflicto es la Rusia de Vladimir Putin. Al elevarse los precios de su principales productos, y eliminarse temporalmente las sanciones para sus exportaciones. Con ingresos más elevados, de inmediato Putin reforzará sus criminales ataques contra civiles y continuará atacando la infraestructura del país invadido.
El Economist del 21 de marzo ha resaltado que aunque Trump ha declarado varias veces que su país ya ganó esta guerra, el conflicto aún puede adquirir vida propia. El barril de petróleo Brent, considerado como un índice global del energético, está oscilando en torno de los $100 dólares. Mientras más dure el conflicto, peor para la popularidad del Sr. Trump dentro de su país, y se eleva la posibilidad de que su partido pierda la mayoría en una o en las dos cámaras legislativas en noviembre de este año.
También gana Benjamin Netanyahu, que en algún momento declaró que llevaba 40 años esperando que los EE. UU. iniciaran una guerra contra el régimen iraní. Netanyahu ha sido el principal promotor del objetivo de sustituir el régimen político de Irán, y por ello presionará a los norteamericanos para no llegar pronto a un acuerdo que detenga las hostilidades.
Poco a poco el presidente de los Estado Unidos ha venido haciendo de lado la idea de derrocar a los ayatolas, para proponer otros objetivos más viables: la reapertura del estrecho de Ormuz, detener los apoyos a las milicias en otros países y (lo más complejo) la entrega a los Estados Unidos del uranio escondido. Trump necesita un acuerdo que le permita declarar la victoria y retirar sus tropas y buques. Se ha dicho que negociadores favoritos de Trump están ya en contacto con mediadores de Egipto, Turquía y especialmente Pakistán, pero hasta ahora el gobierno iraní no ha confirmado el inicio de pláticas. En esas estamos a un mes del inicio de la guerra.
En todo caso, el Economist ha advertido que aún si la guerra terminara mañana, pasarán cerca de dos meses para restaurar los flujos normales de petróleo.
Al complicarse el conflicto en Irán, Trump ha mostrado una tendencia a buscar un triunfo en otro lado del planeta, probablemente Cuba. Sin embargo, el gobierno cubano podrá aceptar algunas reformas para liberalizar su economía, como lo ha hecho en el pasado, pero difícilmente aceptará cambiar su sistema político. Veremos.
[1] Conviene recordar que antes de ser Secretario, Hegseth fue comentarista político de Fox News, y también director ejecutivo de Vets for Freedom y Concerned Veterans for America.
[2] Fuente Anadolu Agency (AA) de Turquía. El mapa duplica por error las exportaciones hacia los EE. UU.

