La industria de la inteligencia artificial (IA) está en una etapa de crecimiento acelerado, tanto por la construcción de gigantescos centros de datos como por la intensa generación de nuevos modelos de software de las compañías tecnológicas, que están compitiendo entre ellas por un mercado de reciente creación. Pero en el escenario internacional la carrera se está dando entre las dos principales economías del mundo: los EU y China, con una dinámica no sólo económica y tecnológica, sino geopolítica.

En los dos casos y por razones similares, los dos gobiernos apoyan de muchas formas a las empresas de IA.

En los Estados Unidos, el presidente Biden tomó las primeras decisiones de apoyar a las empresas tecnológicas, especialmente los fabricantes de semiconductores, para desarrollar nuevos chips y para fabricarlos principalmente en su país. Hay que recordar que Donald Trump en su toma de protesta estaba escoltado no por congresistas, sino por los principales empresarios tecnológicos del país: de inmediato firmó un decreto para iniciar un estímulo multianual de $100 mil millones de dólares (mmd) anuales bautizado como Stargate, para construir los nuevos centros de datos en los que van a vivir los modelos de IA, y donde se van a entrenar los futuros modelos informáticos. También ofreció contratos en materia de defensa a las compañías: de 200 millones cada uno a OpenAI, xAI, Anthropic, y Google.

De forma paralela, a diferencia del enfoque que han adoptado los principales países europeos, Trump y su gobierno están contra cualquier legislación que contenga medidas regulatorias del funcionamiento de IA, argumentando que estorbarían la innovación tecnológica, como están contra las medidas de protección del medio ambiente. En este ambiente, representantes de las compañías tecnológicas gestionan ante el Congreso las regulaciones más leves y amistosas posibles, y financiando campañas políticas de diputados y senadores republicanos con posiciones anti-regulación. Desde el gobierno el Departamento de Energía y otras agencias gubernamentales están comprometidos a controlar lo menos posible la construcción de centros de datos y centrales eléctricas en todo el país. Pero este proceso ha generado ya protestas de las poblaciones cercanas por la contaminación y por el futuro acaparamiento de energía eléctrica.

La cosa va tan en serio que en la primera mitad de 2025, la inversión en inteligencia artificial podría haber representado hasta la mitad del crecimiento del PIB de Estados Unidos.

En China, el desarrollo tecnológico y la generación de IA son objetivos prioritarios del Partido Comunista. Desde 2017, el presidente Xi Jinping presentó un plan nacional para convertir a su país en el líder global de IA para 2030. Hace un año, en enero de 2025, China presentó un modelo de IA llamado DeepSeek, integrado con procesadores occidentales, pero generado y entrenado a costos mucho más reducidos que los occidentales. El modelo es especialmente eficiente en la generación de respuestas en el idioma chino, pero se ofrece al mundo en distintos idiomas.

Además, se generó como un sistema abierto, como lo es el otro gran modelo chino, Qwen (de la empresa AliBaba), lo que significa que lo que se llama su “arquitectura” es accesible a personas, empresas, investigadores, que pueden revisar y alterar sus componentes, o adaptarlos para otros proyectos. También es de uso gratuito. ¿Quién resulta favorecido con este tipo de modelos? Las llamadas empresas startups (empresas privadas especializadas) y comunidades académicas que buscan rendimiento a bajo costo y libertad para modificar sus sistemas.

Es lógico que China, que no fue el principal país en que se desarrollaron los primeros sistemas de IA, proponga modelos abiertos. Lo es además, porque, más allá de una necesaria rentabilidad económica, todo lo que hace China tiene una dimensión política. Sus modelos de IA formarán parte de sus iniciativas internacionales de inversión y apoyo a otros países, especialmente la llamada Belt and Road Iniciativa (BRI), a veces llamada “La nueva ruta de la seda”, lanzada por Xi Jinping en 2013. Su idea básica de “negociar, construir y compartir juntos” implica compartir modelos de inteligencia artificial.

La empresa china Alibaba ha anunciado planes para invertir $53 mmd en IA durante los tres años siguientes, y el gobierno presentó una iniciativa llamada AI+, orientada a que el uso de inteligencia artificial sea aplicado en el 90% de las empresas y centros educativos del país en 2030. Si alguien dudaba de que la IA cambiará a nivel mundial las formas de producir, de educar, de divertirse, de generar textos, fotos y videos, he aquí la prueba.

China tiene ventajas para generar IA, como las capacidades para almacenar datos y cantidades suficientes de energía eléctrica que por ahora no existen en Occidente, cuenta con técnicos especializados y capacidades de investigación, pero su principal rezago es que aún no produce los microprocesadores de primer nivel que se requieren para el funcionamiento de los centros de datos más avanzados. El riesgo es que el país se podría enfrentar en los años siguientes a una escasez de los chips más avanzados.

Por lo pronto, los rubros en los que China parece tener el liderazgo en la generación de IA incluyen la automatización de fábricas a gran escala y la robótica, así como el desarrollo de drones ý taxis autónomos. Planean construir centros de datos en regiones remotas como el Tíbet, donde existen cantidades suficientes de energía solar, eólica y capacidad hidroeléctrica. No sería extraño que en los años siguientes puedan reducir la brecha tecnológica con los Estados Unidos.

Actualmente, las mejores chips norteamericanas son cinco veces más poderosas que las mejores de China. La primera reacción del gobierno chino fue generar cantidades elevadas de chips que pudieran sustituir la calidad con la calidad. Esto aparentemente no llegó muy lejos, salvo por la generación de DeepSeek.

Una mejor respuesta del gobierno es un plan para producir chips de mejor calidad por parte de gigante Huawei, el principal productor de semiconductores de su país, que empezó fabricando chips para sus propios celulares, y que ha anunciado la producción de una serie llamada SuperPod, y otros llamados Ascend en 2026. Está por verse si se logran la calidad y la cantidad necesarias de estos productos anunciados.

Tanto el presidente Biden como Trump en su primer mandato prohibieron las exportaciones de las chips más avanzadas a China, producidas por Nvidia, en nombre de salvaguardar la seguridad nacional y económica de Estados Unidos. Pero recientemente Trump y Jensen Huang anunciaron que se exportarán a China chips de calidad intermedia llamadas H200, con el objetivo de mantener la dependencia de China de las chips occidentales. Para el Council on Foreign Relations, este camino tiene sus riesgos, porque si China adquiere la cantidad necesaria de chips norteamericanas, podría elevar su capacidad de cómputo.

La estrategia del gobierno norteamericano es producir más chips en su país, no sólo en Taiwán, por la empresa TSMC, que trabaja con en Taiwán con diseños de Nvidia y de Intel, sino por AMD, Google y Amazon. Intel ya ha anunciado la producción de chips de nueva generación en su país.

Me interesa concluir estas notas con el reconocimiento de que apenas he esbozado los elementos generales de la competencia tecnológica entre las dos potencias. El tema cambia rápidamente y además no es sólo tecnológico, sino político y, con mala suerte, militar. Lo seguiré abordando en otros artículos.

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