Las campañas y la legalidad

Miguel Carbonell

Una vez que han dado inicio las campañas electorales es un buen momento para recordar lo obvio: el resultado de los comicios estará determinado por todos y cada uno de nuestros votos. Cada ciudadano tiene el enorme poder de fijar el rumbo del país, ya sea a nivel de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, en las entidades federativas, en los municipios o en las alcaldías de la CDMX.

Nuestra responsabilidad es ejercer ese poder y no dejar que otros decidan por nosotros. Lo debemos hacer partiendo de la idea de que el sistema electoral mexicano es confiable y transparente: son los ciudadanos los que reciben los votos y quienes los cuentan. La legislación aplicable contiene tantos candados y salvaguardas que es literalmente imposible organizar un fraude de gran escala, lo cual no quiere decir que no existan actores dispuestos a intentarlo con tal de mantenerse en el poder. Pero la institucionalidad electoral es fuerte y está equilibrada entre la parte administrativa (INE e institutos electorales locales) y jurisdiccional (tribunales electorales locales y Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación).

Por lo tanto, las condiciones están dadas para que los comicios se lleven a cabo de forma regular y con apego a la normatividad existente. Los árbitros electorales tienen amplias facultades constitucionales y legales para marcar los incumplimientos y sancionar a los tramposos, que nunca faltan en nuestro mediocre panorama partidista.

Ahora bien, lo interesante será ver el comportamiento de los aspirantes a convertirse en servidores públicos (o a seguirlo siendo, en el caso de quienes van a intentar la reelección). En particular, habrá que ver si los candidatos optan por un discurso de descalificación, insultos y denuestos, o si bien se concentran en hacer propuestas y defender un programa político que entienda y atienda los problemas del país.

En el caso de que no sigan el mal ejemplo de los políticos que solamente descalifican a los demás, habrá que ver si las propuestas que realicen son viables o si solamente van a presentar promesas imposibles de cumplir o de signo claramente populista. Hace poco en una importante carretera del país vi un anuncio en el que un partido político proponía subir un 100% el salario mínimo, pero no decía si ese aumento tan espectacular debe ir relacionado con un aumento en la productividad o si tendría un efecto económico adverso. El mismo partido, de orientación claramente demagógica, proponía duplicar el salario de todo el personal médico del país; desde luego que a los profesionales de la medicina hay que pagarles bien, pero esa propuesta formulada así en bruto, sin ningún tipo de matiz, no tiene sustento alguno. Cualquier ciudadano podría preguntar, ¿hay que duplicar el salario de quienes ejercen la medicina en hospitales privados y se dedican a las cirugías estéticas? ¿cómo va a repercutir ese aumento en las finanzas del IMSS o del ISSSTE? ¿de qué manera los usuarios de las clínicas y hospitales privados se verán afectados por la absorción de ese aumento? Obviamente, los populistas no son tan sofisticados para responder esas preguntas tan elementales. Lo suyo es proponer insensateces y confundir a los electores. Es lo mismo que hizo durante años un partido que en cada proceso electoral proponía implantar la pena de muerte para un variado conjunto de delitos. Era pura demagogia, como se los hicimos ver varios abogados a lo largo del tiempo. Pero ahí sigue ese partido, siempre cambiando de alianzas y siempre viviendo del dinero de nuestros impuestos, sin haber aportado nada real al país.

Los ciudadanos debemos ser exigentes con los candidatos. Los problemas de inseguridad, precariedad económica y desde luego los de salud, son enormes. No podemos darnos el lujo de elegir a personas que van a nadar de muertito durante tres o seis años, como si fueran simples becarios. Necesitamos personas que dejen a un lado las excusas y sean capaces de resolver los problemas que tenemos. Ya no se trata de que “si no pueden, renuncien”. Ahora es: “Si no pueden, mejor que no lleguen”.

No sería improbable que en el futuro cercano tengamos que enfrentar otra pandemia. Hay científicos que han alertado sobre dicha posibilidad. Ante la boleta electoral, cada ciudadano debe pensar qué tipo de gobernantes desearíamos que le hicieran frente: los que tienen mil excusas y ninguna solución, o los que al menos están preparados para hacerlo. Ese es el dilema que estamos llamados a resolver el primer domingo de junio.  

Investigador del IIJ-UNAM.
@MiguelCarbonell

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